(Foto: Noticias Argentinas).
A mucha gente le dura la euforia por la obtención de la tercera Copa del Mundo, pero la política vuelve por lo suyo. Si el domingo todo era pura alegría futbolera, el lunes la política ya empezó a meter la cola con las versiones y la posterior oficialización del feriado nacional. Este martes, con el trasfondo de lo que se ha designado como la mayor movilización social de la historia, la politización del evento fue total y mostró al peronismo sintomáticamente desacoplado de un géiser de alegría popular sin precedentes. ¿Será esa desconexión entre el Frente de Todos y el sentimiento de las masas un rasgo de época justo cuando se avecina el proceso electoral?
Estaría bien que en esta oportunidad no hubiera foto de los campeones con el presidente de turno –como ocurrió en 1978 y, en un clima diametralmente opuesto, en 1986– tanto porque los jugadores como el poder político hayan renunciado a reeditar una relación que siempre hace ruido. El detalle es que no es eso lo que pasó, al menos del lado de Alberto Fernández, que hizo grandes esfuerzos para que la Scaloneta saludara desde el balcón de la Casa Rosada. No hubo caso: el mandatario –a quien casi todo siempre le resulta adverso– no logró ni aquello de Raúl Alfonsín ni lo que Carlos Menem y Cristina Kirchner consiguieron con los subcampeones de 1990 y 2014.
Por primera vez, el fútbol festejó de espaldas al Estado y a la política nacional en pleno, desairando tanto al oficialismo como a la oposición. El gobernador de Santa Fe, Omar Perotti, es, al menos al cierre de esta nota, la excepción notable.
La presencia de Emmanuel Macron en la final del domingo ya ponía el foco sobre la ausencia de Fernández, quien inicialmente pareció ceder a las críticas domésticas que lo acusaban, ex ante, de liviandad en un momento económico tan malo. La verdad, acaso, surja de lo que se conoce ahora, esto es la hostilidad del dueño de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), Claudio Tapia, quien salió tan fortalecido por haber sostenido en soledad el ciclo que terminó en éxito que los hinchas –burlones– aseguran en las redes sociales que desde ahora harán la vista gorda a cualquier penal insólito que le cobren a su Barracas Central.
Cabe recordar las idas y vueltas de la portavoz presidencial, Gabriela Cerruti, sobre un eventual viaje del Presidente para la final y hasta las gestiones para que fuera, cuando menos, un ministro, al estilo de lo ocurrido en el 86 en el Estadio Azteca con Conrado Storani. Y eso que en el gobierno de Alfonsín hubo quien quiso destituir a Carlos Bilardo poco antes del Mundial de México…
La restauración de la grieta
La pelea Gobierno-oposición, con sus correlatos mediáticos, se instaló ni bien los festejos dejaron lugar a algo más. La piedra del escándalo, claro, fue el feriado nacional decretado para el martes, que demostró, una vez más, la incapacidad del gobierno de Fernández de reaccionar en tiempo y forma a estímulos esperables, acaso más atento a las críticas que de cualquier modo recibirá que a su propia idea de lo que corresponde hacer. Conviene recordar el funeral de Diego Maradona.
Ya el domingo se sabía que los campeones viajarían pocas horas después del partido y que llegarían al país en la madrugada del martes. El día del encuentro con la gente iba a ser, justamente, el día que finalmente fue, con lo cual la decisión de si iba a ser feriado debería haber llegado mucho antes que en la tarde del lunes. Para entonces, ya era imposible reprogramar numerosas actividades, algunas incluso muy serias, como las vinculadas a estudios y procedimientos médicos. Por otro lado, referentes de la oposiciíon, como Mauricio Macri, y hasta peronistas acertaron al señalar la incoherencia de un feriado de alcance nacional cuando la actividad de los festejos se iba a acotar al AMBA.
El problema con el expresidente –quien estuvo en la final, pero de modo notable tampoco apareció en la foto de los campeones– es otro: su tendencia a flotar a diez centímetros del suelo. Después de haber pasado todo el mes en Qatar como titular de la Fundación FIFA –una actividad que debe haber sido más satisfactoria que extenuante–, al parecer se prepara para pasar 40 días de vacaciones en Villa La Angostura. Después de eso, saldría a la cancha en febrero para ver si tiene que usar tapones altos o bajos y, recién en marzo, decidir si juega el partido electoral.
Más allá de las exasperantes demoras de Fernández y de la tendencia de Macri al descanso, la grieta consabida se instaló en torno al feriado en los términos en los que el peronismo y el antiperonismo trataron de darle sentido al triunfo mundialista: contenido popular versus «lo que podemos hacer los argentinos con sacrificio y trabajo en equipo». Nada nuevo bajo el sol radiante de estos días.
Esa polémica por el feriado se disipó velozmente: al menos en el AMBA, lo que ocurrió en las calles demostró en qué medida el martes iba a ser una jornada no laborable o un engorro para quien trabajara, con o sin decreto.
Ahora, bien, si la demora en decidir y anunciar el feriado expresa un conocido defecto del Gobierno, otro quedó expuesto con la organización del festejo.
De cualquier forma, seamos justos: no hay manera de encauzar prolijamente una manifestación de –dicen– cinco millones de personas.
Seamos justos una vez más: tras lo ocurrido, parece claro que lo mejor habría sido simplemente que se montara de un gran palco y que la multitud celebrara frente a él. ¿Dónde? ¿En Plaza de Mayo? ¿En el Obelisco? ¿En Ezeiza? A cualquiera de esos lugares los jugadores habrían podido llegar a través de algún corredor controlable o, incluso, en helicóptero, como finalmente debieron ser evacuados. No fue así.
Off-side de VAR para La Cámpora
Si la grieta grande ya se había expresado, faltó que lo hiciera la menor, la que cruza al Frente de Todos. Se supone que en representación de La Cámpora o de sí mismo, ya que al final es un precandidato presidencial, Eduardo de Pedro acudió al Aeropuerto de Ezeiza para recibir al plantel junto a la titular de Migraciones, Florencia Carignano –quien llevaba puesta la camiseta de la Selección–, el jefe de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), José Glinsky, y el director general de Aduanas, Guillermo Michel. Tapia –se supone que tiene buena relación con el ministro del Interior– interpuso su humanidad entre la delegación y el plantel, que los ignoró y siguió de largo. Los jugadores, es evidente, no querían saber nada con la política nacional, de ningún lado. Del lado del Gobierno, la explicación fue que la delegación oficial se presentó para allanar todo lo concerniente al arribo. Si fuera cierto, sería una buena excusa.
Y se produjo el enroque. Los medios oficiales y oficialistas comenzaron a ponerle gesto torvo a los campeones, mientras que los filomacristas comenzaron a imbuirse de un gozoso amor por la Selección y la respuesta popular. Fue la revancha del #MacriMufa que tanto dolió.

Como cuenta Letra P en extenso, aun cuando hubo gestiones hasta último momento, los players rechazaron el balcón de Juan Perón. La explicación predominante para eso es la mala relación entre Tapia y Alberto Fernández, según la cual el primero no le perdona al segundo la apuesta inicial por Marcelo Tinelli y una vieja movida destituyente atribuida a los presidentes de Defensores de Belgrano y Argentinos Juniors, afines al jefe de Estado.
El mandamás de la AFA no se privó de ponderar a sus amigos y de señalar a sus enemigos. Agradeció en Twitter el acompañamiento de Sergio Berni y, con un emoji enojado que parece en verdad una foto carné de sí mismo, cuestionó a los organismos de la Ciudad y de la Nación por no dejarlos «llegar a saludar a toda la gente que estaba en el Obelisco». Vamos, Chiqui: ese micro ya no tenía cómo avanzar y todo se terminó cuando dos muchachos se lanzaron desde un puente sobre el micro descapotable.
Mientras, desnudando una vez más las internas impresentables del Frente de Todos, Aníbal Fernández, a quien se sumaron Cerruti y el propio Presidente dando RT, se ufanó de haber puesto helicópteros federales para que un grupo de campeones volara sobre la multitud. ¿Fue un mensaje para dar cuenta de que no solo Berni estuvo a la altura o para dejar más expuesta a la Policía de la Ciudad?
Más allá los desplantes del empoderado Tapia, los jugadores tampoco mostraron ningún deseo de ir a la Casa Rosada; es más, le escaparon a “la política” como a la peste. ¿Será ese otro rasgo de época? Es posible que hayan hecho causa común con un hombre al que abrazaron con afecto genuino en los festejos, pero también lo es que en su mayoría no sientan afinidad con el Gobierno o que –coherentemente con los ídolos populares en que se han convertido– simplemente hayan querido evitar los manoseos. Estaban en su derecho.

Ironía final de un proceso deportivo al que se le quiso encontrar cuanto paralelo fuera posible con el de 1986, la apoteosis del 20-D de los campeones coincidirá para siempre con un recuerdo de lúgubre memoria de 21 años atrás. Esta vez también hubo gente en las calles y helicóptero, aunque con sentidos opuestos: alegría y vida.
Más allá de los disturbios del final en la zona del Obelisco, lo que hubo fue festejo, pero también un recordatorio que la política no deja de temer: las multitudes siempre son un enigma.
