Los resultados de este domingo ratifican a los oficialismos. ¿Y la bronca dónde está? La carta política que juega Massa, el ministro asediado por la economía que comanda.

Las elecciones realizadas en Salta, La Pampa, Tierra del Fuego y, parcialmente, en San Juan le dieron al Frente de Todos un rayo de esperanza. Los triunfos propios y de aliados le darán la oportunidad a Alberto Fernándezde salir de road show –hoy en Santa Rosa, el jueves en Salta y el viernes en Ushuaia– para sacarse fotos y argumentar que, pese a todo, el peronismo vive.

Por relevancia demográfica –algo más de 3% del padrón nacional–, resalta el triunfo de Gustavo Sáenz en Salta con 47,5% de los votos y marcando una distancia sideral respecto de Miguel Nanni –Juntos por el Cambio– y de Emiliano Estrada, a quien había apostado Eduardo “Wado” de Pedro.

En La Pampa, Sergio Ziliotto resultó reelecto, pero el muy buen desempeño de Juntos por el Cambio demostró que el invicto peronista no debería darse por descontado en lo sucesivo.

En tanto, en Tierra del Fuego, el gobernador Gustavo Melella, otro aliado del oficialismo, le pasó por arriba frente al pequeño reto del PRO, que no lograba ni siquiera pelearle el segundo puesto al voto en blanco.

Por último, San Juan renovó todos sus cargos locales salvo el de gobernador y vice debido al veto in extremis de la Corte Suprema. El peronismo se adjudicaba la victoria en 15 de los 19 departamentos, pero Susana Laciar se impuso en la capital provincial, resultado del que se apropió velozmente Patricia Bullrich.

Tucumán, claro, espera nueva fecha, probablemente para darle otra alegría al peronismo.

¿Y la bronca dónde está?

Los comicios de este domingo ratificaron el trazo grueso de lo ocurrido antes en Río Negro, Jujuy, La Rioja y Misiones, esto es la primacía de los oficialismos locales. Hasta Neuquén, un asterisco en la tendencia, podría ser interpretado como un caso en el que si bien el triunfo no fue para el siempre hegemónico Movimiento Popular Neuquino (MPN), le correspondió a una alianza nucleada en torno a Rolando Figueroa, un hombre de ese partido que, acaso, no hizo más que dirimir una interna en una elección abierta.

¿Dónde está, entonces, la bronca de la que tanto se habla, el voto castigo de una sociedad harta de vivir cada vez peor y que no recibe soluciones de la dirigencia?

La abstención del orden del 20% en Tierra del Fuego –punto máximo de una tendencia que se ha notado en la comparación con 2019 en todos los distritos mencionados– enciende una luz de alerta en ese sentido. Pese a eso, el gran dato de lo que va de las elecciones provinciales es la revalidación de los oficialismos.

No por nada esos distritos optaron por desdoblar sus citas, despegarlas todo lo posible de los temas nacionales, que consideran contaminantes. No es que la insatisfacción no exista, sino que, al menos por lo que parece, los electorados convocados hasta ahora han sabido deslindar responsabilidades.

Algo que esta sociedad teme –o debería temer– es que los programas para reducir la inflación de parte de los candidatos y las candidatas más importantes comprometen verdaderamente la gobernabilidad. Así, como una hipótesis arriesgada, podría indicarse que la sensación de que, al menos en lo socioeconómico, la realidad parece desmoronarse podría tener como subproducto la ratificación de las autoridades locales como reaseguros de estabilidad.

El colchón del peronismo

Si el ciclo agosto-noviembre de elecciones para cargos nacionales –presidencia y vicepresidencia, senadurías y diputaciones– no tuviera guardadas sorpresas enormes que invitaran a quemar todas las bibliotecas, el peronismo gobernante debería prepararse para caminar cuesta arriba, descalzo y entre piedras. Con todo, el Frente de Todos –o el nombre de fantasía que vaya a reemplazar esa marca devaluada– se está asegurando refugios en algunas provincias en medio de tantos pronósticos apocalípticos. Por ahora, en territorios de peso demográfico limitado, claro.

Falta mucho por disputar en ese sentido y será fundamental lo que ocurra en Buenos Aires y en provincias grandes como Santa Fe, Córdoba –siempre tan peculiar– y otras para saber si el peronismo, aun en caso de un mal desempeño nacional, podrá refugiarse en el interior del país a la espera de tiempos de revancha. Eso es lo que Axel Kicillof pretende ofrecerle a Cristina Fernández de Kirchner para dispersar definitivamente cualquier posibilidad de corrimiento de su nombre al escenario nacional.

El miedo, claro, no es zonzo, y de hecho fueron las reacciones airadas las que evitaron que el INDEC cometiera la torpeza de diferir para hoy la difusión del Índice de Precios al Consumidor (IPC) de abril. Pese a lo ominoso de dicho guarismo –el 8,4% promedio, el terrorífico 10,1 de alimentos–, el dato no influyó en las urnas.

Agosto-noviembre sería otro cantar.

¿Dónde está el antiperonismo?

Entre lo votado hasta el momento, el peronismo ganó en La Rioja y La Pampa, mientras que fuerzas provinciales que no tienen drama en negociar con los oficialismos nacionales de turno lo hicieron en Salta, Neuquén, Río Negro, Misiones y Tierra del Fuego. Lo que aparece poco es Juntos por el Cambio.

JxC se impuso con contundencia en Jujuy y ayer obtuvo un desempeño muy meritorio en La Pampa, pero en ambos casos se da la peculiaridad de que la marca tuvo fuerte impronta radical. El PRO… poquito. Sin embargo, nuevamente, las esperanzas del partido amarillo se centran en otros distritos, sobre todo en la Ciudad de Buenos Aires.

El detalle es que en la capital del país su interna es un drama en pleno desarrollo. No vaya a ser que Martín Lousteau logre pescar en el río revuelto de las peleas entre Mauricio –y Jorge– Macri y Horacio Rodríguez Larreta.

El maullido del león

Lo que rotundamente no ha despuntado es la bronca libertaria, un fenómeno arraigado en eso indefinible que podríamos denominar “el clima”, en las encuestas y en el nerviosismo del liderazgo de JxC. ¿También en la zona metropolitana?

La gran alianza opositora busca y busca referentes pluscuamliberales para morderle votos a Javier Milei. Primero fue Ricardo López Murphy; ahora José Luis Espert. A Juntos eso podría servirle, aunque hay que ver si la cercanía con lo que esos mismos referentes tantas veces descalificaron como “kirchnerismo de buenos modales” no terminará dejándole al minarquista el monopolio –divirtámonos con la paradoja– de la franquicia ultra.

Si ocurriera lo primero, que los mencionados acercaran a JxC votos de Milei, el negocio podría resultar pésimo para Patricia Bullrich, a quien no dejan de inventarle competidores en su ecosistema. Solo las fragilidades propias de Rodríguez Larreta le impiden, a esta altura de los acontecimientos, sentirse verdaderamente favorito en esa interna.

Milei, siempre dado a los excesos, reaccionó a esas alquimias con exabruptos –“traidor” y “delincuente”– que primero parecieron dirigidos a Espert, pero que, según aclaró él mismo, fueron para López Murphy.

Por ahora, el león no aparece. Otra vez: agosto sería otra cosa.

El festejo de Massa

Si el panperonismo celebró, dentro de él el que lo hizo en mayor medida fue Sergio Massa.

En efecto, los armados políticos le están dando a este las satisfacciones que la realidad económica le retacea. Eso ha sido así con los triunfos de hombres cercanos en Río Negro, Misiones, Neuquén y, fundamentalmente, en Salta.

El tuit con el que el ministro de Economía se congratuló por el éxito de Sáenz es elocuente de ello en varios sentidos.

Por un lado, por la familiaridad del trato, lo que demuestra la cercanía personal y política con Sáenz, que data de la primera experiencia del salteño, cuando fue candidato a intendente de la capital provincial, y que se prolongó en la fórmula nacional que compartieron en 2015.

La referencia a que el gobernador reelecto canta mal remite a los festejos de Fin de Año que suelen compartir junto a sus respectivas familias.

Ahora bien, ¿para qué le serviría a Massa que aliados como Sáenz u otros ganen en sus provincias a cinco meses de la primera vuelta presidencial? ¿Cómo se traduciría eso en poder?

El jefe del Palacio de Hacienda quiere ser candidato presidencial, aun cuando la inflación amenaza severamente esos planes. Así, su carta es la política, su posibilidad de proyectarse como el hombre de consenso que quiere ser, pedido por jefes territoriales y por referencias del Círculo Rojo empresarial que temen el salto al vacío que representa Milei y que no ven en Juntos la promesa de orden que desean.

El talón de Sergio

Hay que recordarlo otra vez: el problema, muy grande, de Massa es la economía, algo que hace dudar a CFK de entronizarlo por el riesgo de que, a mitad de la campaña, variables clave como la inflación y el dólar jueguen todavía más malas pasadas y ya no exista tiempo para correcciones.

Para evitar esos extremos y acercarse a la bendición que necesita, si no para ser candidato de consenso, al menos para ser el más relevante en una PASO a medida, Massa se puso manos a la obra.

Necesita imperiosamente ponerle un techo a la inflación, esto es que el 6,6% de febrero, el 7,7% de marzo y el 8,4% de abril no se conviertan en 9 o 10 en mayo o junio. A eso, y a que la actividad no se caiga demasiado, apunta la batería de medidas que anunció el fin de semana: suba de tasas de interés, crédito más barato para el consumo, planes de pago de deudas impositivas, más intervención sobre los tipos de cambio paralelos y hasta la posibilidad de que el Mercado Central importe alimentos cuyos precios se desboquen por movidas especulativas.

Si el Banco Central tuviera dólares, la amenaza importadora también sería útil en indumentaria y calzado. A propósito, ¿el ultrarremarcador rubro de Restaurantes y hoteles sigue necesitando y mereciendo estímulos fiscalmente caros como el Previaje?

Nada de lo anunciado puede ser considerado, en rigor, un plan antiinflacionario: este gobierno ya no tiene recursos de poder, consenso interno ni contexto político para intentar algo así. Es apenas un kit de supervivencia.

(Nota publicada en Letra P).