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El accionar de bandas vinculadas a carteles mexicanos irrumpió en la campaña con el ataque mortal a Fernando Villavicencio. Causas y consecuencias de un fenómeno que asusta. La dolarización y el lavado fácil. 

El asesinato del entonces candidato Fernando Villavicencio, a poco de las elecciones de ayer, expuso el costado más inquietante y recientemente descubierto de Ecuador, al menos en el resto del mundo: el accionar de bandas mafiosas que operan casi a cara descubierta y que convirtieron a un país tradicionalmente pacífico en uno de los más inseguros de América.

El nombre de Villavicencio figuraba ayer, por falta de tiempo para una reimpresión, en las boletas que finalmente capitalizó su sucesor, el también periodista Christian Zurita. Las imágenes que mostraron a este en la votación de ayer y en los últimos días de la campaña –protegido por una nube de uniformados y de escudos blindados, así como vistiendo chaleco antibalas y casco– resultaron un recordatorio poderoso de la violencia en boga. Más atento a las ventajas y desventajas de corto plazo que a los peligros de fondo, el correísmo lamentaba que el antecedente del magnicidio, la persistencia del nombre de Villavicencio en las listas y esa parafernalia activara un «voto duelo» a favor de Zurita.

Justo antes de ser asesinado, Villavicencio marchaba segundo en las encuestas de intención de voto, detrás de la correísta Luisa González.

Un video que mostró a encapuchados vestidos de negro reivindicó inicialmente ese asesinato a nombre de Los Lobos, uno de los «GDO» –grupos de delincuencia organizada– que operan en el país. Cabe señalar que las propias bandas se autodenominan de esa manera.

Esos hombres advertían que correrían igual suerte todos los candidatos que no honraran las promesas realizadas a cambio de «millones de dólares» recibidos de los GDO para la financiación de sus campañas.

La acusación –extraña por haber sido Villavicencio un cruzado contra ese accionar– quedó en un limbo después de que se conociera otro video, de hombres vestidos de blanco y a cara descubierta, que negaba la participación de los «verdaderos lobos».

¿Quiénes son?

Los Lobos, un desprendimiento del GDO más poderoso, Los Choneros –con el que disputan territorios, rutas de comercialización de drogas y el control de penales–, están asociados, según las autoridades, al cartel mexicano de las drogas Jalisco Nueva Generación. En contraste, Los Choneros son socios del Cartel de Sinaloa.

Respecto de lo anterior, vale una digresión: los motines carcelarios saltan frecuentemente a los medios internacionales, tanto por su frecuencia como por su ferocidad, que involucra el control de instalaciones desde las que se controlan negocios fuertes extramuros. Según datos oficiales, solo desde febrero de 2021 esas disputas han dejado 430 muertos.

El Gobierno de Guillermo Lasso dice que hay al menos 13 GDO de cierto porte, aunque la inteligencia militar ha detectado 26 bandas relacionadas con el negocio narco, en el que se asocian con mafias colombianas y hasta albanesas.

El fenómeno ha fraguado lentamente en Ecuador, pero es relativamente novedosa su irrupción con métodos de extrema crueldad y que convierten el asesinato en un espectáculo al estilo de los carteles mexicanos, que suelen colgar cadáveres de ejecutados de puentes.

Entre 2021 y el año pasado, la incidencia de los homicidios casi se duplicó en el país de algo más de 18 millones de habitantes, hasta alcanzar un nivel de 26 cada 100 mil, propia de países en guerra y una de las más escalofriantes de América Latina.

Causas y azares

Las causas de la penetración narco de esto son variadas.

En primer lugar, la geografía, que ubica a Ecuador en un lugar «ideal» del negocio narco, enclavado entre Colombia y otro país productor, como Perú.

Segundo, las carencias de una política de seguridad eficaz y la permeabilidad de las fuerzas de seguridad al poder corruptor de esas mafias. Según fuentes locales, los GDO rivalizan en número con los 60 mil efectivos de las fuerzas de seguridad y suelen superarlos en capacidad de fuego. 

Como suele darse en este tipo de casos, la corrupción dentro de las fuerzas que deben combatir el narcotráfico se traduce en un crecimiento grande de los decomisos –muchas veces intencionalmente dirigidos a ciertos segmentos–, pero en uno mucho mayor del trafico no detectado.

Tercero, la ubicación estratégica del puerto de Guayaquil, una ventana privilegiada al Pacífico. 

Cuarto, niveles de pobreza que, si bien cayeron en los albores de la dolarización de la economía aplicada en enero de 2001, se mantienen estables al menos desde 2010, en torno al 25%, cifra que parece moderada solo por los criterios con los que la mide el instituto oficial de estadísticas. Ese sostenimiento de la pobreza es paralelo a los problemas de una economía sobreendeudada para expandir su actividad justamente en base a una dolarización que funciona como un corsé rígido para el sistema productivo. Este sigue dependiendo de productos primarios como el petróleo, el banano, los camarones y las flores, así como de los vaivenes de sus cotizaciones internacionales.

Quinto y último, el carácter del dólar estadounidense como moneda de curso legal, sumado a la falta de controles, facilita el lavado de dinero de las mafias.

 Entre las víctimas del narcotráfico, Villavicencio pudo haber sido la de más alto perfil, pero también se cuentan profusamente políticos de rango menor –sobre todo a nivel municipal–, efectivos de seguridad, miembros de bandas y, sobre todo, simples civiles que quedan atrapados en una maraña oscura de intereses.  

El futuro de Ecuador inquieta.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).