Foto: Noticias Argentinas.
Elecciones 2023 y una transición envenenada. El día después: inflación y pobreza. El ajuste inevitable sobre un cuerpo cansado y los pliegues de la ideología.
«El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder». (Jorge Luis Borges, «Las ruinas circulares», Ficciones, Emecé Editores, Buenos Aires, 50a. Edición, 1994, págs. 67 a 79).
Faltan cuatro semanas para que la ciudadanía vaya a votar y decida, como una única conciencia colectiva hecha de millones de voluntades, si dejará fijado el nombre del nuevo presidente o presidenta o si prolongará el suspenso hasta el 19 de noviembre. Mientras esa duda se desvela, cabe elevar la mirada hacia la Argentina poselectoral, no necesariamente la problemática que verá la luz el 10 de diciembre, sino incluso la previa, cruzada por una transición que también podría resultar compleja. El país se sueña en medio de sus ruinas circulares y se pregunta si logrará reconocerse al despertar.
Javier Milei, Sergio Massa y Patricia Bullrich son los nombres que guardan las claves de ese futuro de grieta 2.0, en estricto orden de votos de acuerdo con las PASO del 13-A y también de las encuestas que se conocen. Un pleito liquidado el mes que viene despejaría la incertidumbre inmediata, pero podría generar otras nuevas, acaso más acechantes.

Si ganara el paleolibertario, ¿qué pasaría con los tipos de cambio –paralelos e, incluso, oficial–, y con ellos con la inflación, ante la perspectiva de una dolarización de la economía?
Si lo hiciera la candidata de Juntos por el Cambio, ¿se daría un efecto similar en vistas de su plan de libre competencia de monedas?
Si, en cambio, Massa generara el cambio dentro de la continuidad, ¿qué certezas podría empezar a entregar sobre un 2024 que por ahora evita dibujar?
La opción a eso sería que un ballotage engendrara una transición más corta hasta el cambio de mando.
Lo que viene para la Argentina es acechante, aunque la mencionada conciencia colectiva no termine de advertirlo. Es natural que esto ocurra cuando corre como un reguero de pólvora la idea de que «peor no se puede estar». ¡Sí se puede! E incluso en el caso de que el próximo gobierno le encuentre velozmente el agujero al mate, el primer tramo del camino estará florecido de cardos pinchudos.
Cada presidenciable encarna en esta campaña unos pocos principios narrativos.
Milei es dolarización y motosierra, sin que quede claro con qué dólares aplicaría el primero de esos planes ni por dónde pasaría la máquina para recortar, como prometió, el imposible de 15 puntos porcentuales del PBI. Las personas que lo escuchan se dividen entre quienes le temen, quienes se autoengañan creyendo que semejante poda es posible tocando solo los intereses de «los políticos» y quienes piensan que «las fuerzas del cielo» no podrían llevar a cabo semejante tarea armadas políticamente con escarbadientes de punta redonda.
Massa, en tanto, es la promesa de racionalidad económica sin pérdida de derechos, alquimia que tampoco explicita, pero que resulta desafiada por el principal drama de la era: ¿cómo reduciría la inflación del ciento y pico largo?
Bullrich, por último, es orden y «erradicación del kirchnerismo», temas que prefiere plantear en clave política y no, como acaso correspondería, policial, dadas las reacciones sociales que esperables en el marco del déficit cero en un año que prepara Carlos Melconian.
Juan Schiaretti y Myriam Bregman, claro, conforman el elenco de reparto.
Lo que viene es un nuevo país, tan nuevo que, por buenas o malas razones, pronto será imposible de reconocer. Ojalá que sea para mejor.
El drama del momento es, desde ya, la inflación, agravada, para desvelo del ministro-candidato, en el tramo final de esta campaña. Ponerla en caja supondrá, en cualquier caso, una devaluación, aumentos de tarifas –reducción mayor de subsidios– y una mayor aceleración inicial de los precios. Luego se verá. Decir esto no implica, en lo más mínimo, sugerir que el camino sería igual con cualquiera de los mencionados, en primer lugar porque la eficacia de sus respectivas recetas es un asunto opinable y, segundo, porque se supone que la ideología definirá el reparto de las cargas entre los diversos sectores sociales.
En general, el ajuste que viene se cebará sobre un cuerpo social cansado después de cinco años de depresión de los ingresos, en el que, según la Evolución de la distribución del ingreso (EPH) al segundo trimestre, el 10% «más rico» se hace con más de 280.000 pesos –375 dólares– cada mes. Si esto –base preocupante de una eventual dolarización– es la medida de la riqueza…

Fuente: INDEC.
El panorama amplio, con todo, dista de ser el de esa gente «privilegiada». El ingreso medio en el país ascendió en ese período a 87.310 pesos…

Fuente: INDEC.
De acuerdo con un trabajo de Martín Rozada, director de la Maestría en Econometría de la Universidad Torcuato Di Tella, citado por Clarín, el índice de pobreza del primer semestre fue de 40,1%, una suba expresiva desde el 36,5% del mismo período del año pasado. El dato, conmocionante, sacudirá –decimal más o menos– la campaña de Unión por la Patria (UP) este miércoles con el anuncio oficial, ya que el mencionado deterioro se corresponde prácticamente en su totalidad con la gestión de Massa. La oposición no tendrá piedad ni se detendrá a examinar los argumentos de este respecto de la sequía que asoló al país.
Con ese dato en mano, de poco valdrá que el Gobierno siga esgrimiendo como un logro la reducción del desempleo al 6,2% en el segundo trimestre: en la Argentina de hoy, la de la incumplida promesa peronista, no tener trabajo implica ser pobre y tenerlo, probablemente también.
El desglose de la pobreza según trimestres, continúa el estudio, arroja 38,7% en el primero y 41,5% en el segundo, lo que dibuja una tendencia muy mala. Sobre todo si se tiene en cuenta que el mayor golpe a los ingresos se produjo tras la devaluación del 14 de agosto y el salto de los precios resultante.
Las chances de eludir un ajuste son nulas, tanto desde la racionalidad económica y la necesidad de alejar el fantasma de una hiperinflación, como por la tutela que seguirá ejerciendo el Fondo Monetario Internacional (FMI) y, severo, por encima de este, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, despachos en los que se sigue con preocupación el sendero preelectoral dadivoso que está pavimentando Massa. Kristalina Georgieva está encontrando dificultades para explicarle a Janet Yellen los deslices argentinos, que comenzaron mientras la tinta aún estaba fresca sobre el acuerdo que pateó para después del ciclo electoral la revisión de las metas.

desPertar, el newsletter de Letra P, llamó la atención el 14 de este messobre una definición del subsecretario para Asuntos Internacionales del Tesoro Jay Shambaugh. «El FMI debe estar dispuesto a retirarse si un país no toma las medidas necesarias», advirtió. No hay otro destinatario posible de esa frase que la Argentina.

Shambaugh había recibido al jefe del Palacio de Hacienda a fines de agosto en Washington para cerrar los detalles del nuevo acuerdo, y cabe pensar que a un eventual presidente Massa debería sobreactuar cumplimiento para que su palabra sea tenida en cuenta tras las exenciones impositivas recientes.
Por imposición del FMI, como él mismo admitió respecto de la devaluación, y por imperio de la realidad, va a hacer falta mucho más que el regreso de la lluvia sobre nuestros campos para que el IPC se empiece a acomodar en un lugar más razonable, condición indispensable para que los ingresos populares puedan, al menos, emparejar la carrera. Es inevitable, pero una hoja de ruta falta en la narrativa oficialista.
Entre el deseo y el peligro de decepción, lo que ocurra en el medio tendrá un nombre excluyente: gobernabilidad.
¿Saldrá la Argentina futura, como el soñador de las «ruinas circulares» de Borges, indemne del fuego que la aguarda?
