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Incursión de milicianos de Hamás, asesinatos y secuestros de civiles y bombardeos de represalia a la Franja. Argentina, ante otro tembladeral geopolítico. 

La incursión sin precedentes de un número no determinado de milicianos del grupo terrorista Hamás desde la Franja de Gaza hacia territorio de Israel desató este sábado la quinta y más cruenta guerra entre las partes desde 2008, que al momento de la publicación de este artículo dejaba un saldo de al menos 100 israelíes y 232 palestinos muertos, centenares de heridos –muchos de gravedad– en ambos bandos, un número indeterminado de personas secuestradas e imágenes que provocaron espanto en las redes sociales por su extrema crueldad.

 En sintonía con Brasil, el Gobierno argentino expresó su «enérgica condena» a lo que definió como «ataques armados» y «brutal ataque terroristas» de Hamás, a la vez que realizó un llamamiento a un inmediato «fin a la violencia». Asimismo, Alberto Fernandez se comunicó con su homólogo de Israel, Isaac Herzog.

La ofensiva del Movimiento de Resistencia Islámica –cuyo acrónimo es Hamás, que también significa «furor» en árabe– y los bombardeos de represalia de Israel impactan de lleno en la política de nuestro país y motivaron también un repudio airado de las principales referencias de la oposición, panorama en el que hay que señalar el alineamiento que proyecta Javier Milei con Israel. Aunque las reacciones fueron similares en todo el arco político, el nuevo conflicto tiene potencial para derramar ácido sobre la política nacional.

Por un lado, este se desata cuando el mundo no encuentra la salida a la guerra en Ucrania, severamente disruptiva de la economía global y de los precios de la energía y de los alimentos, y al parecer en camino a devenir en una crisis geopolítica crónica con eje en Estados Unidos y Rusia. Por el otro, la conocida alianza Hamás y el régimen teocrático de Irán echa sal en la llaga que abrió el ingreso al grupo de potencias emergentes BRICS, en el que tanto la Argentina como la República Islámica convergerían a partir del próximo 1 de enero.

De hecho, Rahim Yahya Safavi, comandante de la Guardia Revolucionaria –el cuerpo de élite del aparato militar iraní– saludó «la orgullosa operación ‘Diluvio de Al Aqsa‘». En tanto, el vocero de la Cancillería de Teherán, Naser Kanani, afirmó que «la resistencia ha conseguido hasta el momento victorias espectaculares durante esta operación», que definió como «un momento brillante en la historia de la lucha» palestina contra la ocupación israelí.

El libanés «Partido de Dios» –Hizbulá–, una de las principales herramientas militares de la potencia chiita fuera de sus fronteras, felicitó a Hamás y, al declarar su disposición a la lucha, encendió temores a una escalada regional que será tema este domingo en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. No pasará mucho tiempo hasta que Estados Unidos aluda a una mano rusa e iraní detrás de la escalada.

El presidente iraní Ebrahim Raisi convocó a Teherán en junio último a líderes de Hamás y de la Yihad Islámica palestina. Así las cosas, ¿sería viable una convivencia argentino-iraní en el grupo BRICS, sobre todo en el contexto de las nunca juzgadas acusaciones al país persa por los atentados a la embajada de Israel y a la AMIA? 

La incursión de al menos varias decenas de combatientes de Hamás en el sur de Israel constituye un hecho de audacia sin precedentes por parte de esa organización islamista, que controla Gaza desde 2006.

La operación logró romper un bloqueo impuesto un año después por Israel, que limita al extremo el ingreso de mercancías a ese enclave, desde combustibles hasta caños y materiales de construcción debido al posible uso de las mismas para la fabricación de cohetes con los que Hamás ataca frecuentemente objetivos civiles.

Los blancos de los ataques de este sábado también fueron civiles, lo que justifica el calificativo de «terroristas» que les ha dado el grueso de la comunidad internacional. Sin embargo, su masividad inaugura una nueva modalidad en el conflicto, lo que hibrida dicho componente terrorista con uno militar más convencional.

Durante el gobierno del derechista Ariel Sharon, Israel desocupó la Franja de Gaza, de la que evacuó de manera forzada y traumática a 9.000 colonos de 21 asentamientos que vivían en medio de un territorio poblado entonces por un millón y medio de palestinos –la cifra supera los dos millones en la actualidad–. El hecho fue una decisión unilateral que no apuntó a generar un clima de paz, sino a sacarle a Israel un enorme foco de atención militar en un territorio por el que, a diferencia de Cisjordania, no tenía interés.

Gaza es una de las zonas más densamente pobladas y pobres del mundo, situación que el bloqueo israelí –apoyado mayormente por Egipto en el otro extremo de la franja– ha agravado a lo largo de los años.

El último antecedente en el que Hamás justifica su ofensiva es la penetración de colonos israelíes en la mezquita de Al Aqsa de Jerusalén, tercer sitio más sagrado para el islam –de ahí el nombre del operativo, «Diluvio de Al Aqsa»–. Dicho templo se alza frente al Domo de la Roca en lo que los musulmanes llaman Explanada de las Mezquitas y los judíos, Monte del Templo. Para los primeros, es allí a donde el Corán atribuye al profeta Mahoma haber realizado en 621 a lomos de un caballo alado el llamado «viaje nocturno» desde la Península Arábiga; para los segundos, el sitio es sagrado por haber sido el emplazamiento del Gran Templo destruido por los babilonios en el siglo VI antes de Cristo y por los romanos en el primero de la era cristiana.

Sin embargo, las bases del conflicto israelo-palestino van más allá de ese último episodio y descansan en el sostenimiento de la ocupación de vastas zonas de Cisjordania y de Jerusalén oriental, donde la Autoridad Palestina del presidente Mahmud Abás –del laico y negociador movimiento Al Fatah– pretende erigir la capital de un futuro Estado independiente.

El actual gobierno israelí del primer ministro Benjamín Netanyahu es el más ultraderechista de la historia de ese país e incluye a partidos que representan a los colonos de Cisjordania, los que buscan vencer las resistencias de Joe Biden y de la vasta mayoría de los países del mundo para anexar esas áreas ocupadas contra toda noción de legalidad internacional, lo que dejaría en manos palestinas manchones dispersos de territorio inviables como elementos constitutivos de un Estado.

Para Argentina, la implantación de población en territorios ocupados resulta inaceptable debido al precedente de lo hecho por el Reino Unido en Malvinas. 

Si bien Al Fatah ha reconocido a Israel y –en tiempos de Yaser Arafat, Isaac Rabin y Shimón Peres– inaugurado a comienzos de los 90 un proceso de negociación que encalló con el correr de los años, el islamista Hamás se mantiene totalmente refractario a cualquier forma de negociación. Alega que la ley islámica impide hace la paz con ocupantes de territorio islámico, con quienes apenas pueden negociarse treguas –»hudna»–, incluso extensas, pero nunca definitivas.

Las responsabilidades, con todo, son compartidas. El mantenimiento de la ocupación de Jerusalén este y de Cisjordania, la permanente violación de los derechos humanos y nacionales de la población palestina en esos territorios y, ante la resistencia armada de Gaza, el bloqueo a ese enclave son también elementos estructurales que bloquean cualquier camino hacia la paz.

Israel ha erigido a lo largo de todas sus fronteras con los territorios palestinos una barrera física –en algunos tramos, un muro; en otros una cerca tecnológicamente sofisticada– que ha reducido al máximo las incursiones de terroristas dispuestos a inmolarse. Eso le ha dado a la población un sentimiento de seguridad desconocido por décadas, que solo es interrumpido cada vez que Hamás y Yihad lanzan cohetes contra objetivos civiles –lo que ha provocado cinco guerras previas– y cuando civiles árabes realizan o bien ataques armados con cuchillos domésticos a soldados o simples transeúntes, o bien atropellamientos con vehículos.

La ofensiva de este sábado tiene una envergadura muy diferente, definida por los dos bandos como una «guerra» en toda la línea. De su pronta limitación depende que la misma no adquiera un carácter regional con más actores –Hizbulá, Irán…– y una dimensión capaz de sumar nuevas tensiones a una economía global aún fragilizada por la invasión rusa a Ucrania.

(Nota publicada en Letra P).