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El que avisa puede traicionar: el libertario recomendó salir del peso y se encendió el blue. Un mecanismo en marcha. Costos de la transición. El rol de Massa y Bullrich.

Conforme se acerca la elección del domingo 22 y la sensación de un favoritismo de Javier Milei no cede, los agentes económicos se anticipan a la arriesgada aplicación de una dolarización sin dólares, ante lo cual aceleran sus movimientos, desarman plazos fijos y pasan sus carteras a la divisa estadounidense.

El resultado es un empinamiento preocupante de los tipos de cambio paralelos –en especial del blue, el que queda más lejos del alcance de las paticortas intervenciones oficiales–, primera fase de una transición política y económica potencialmente dramática hasta que el próximo gobierno asuma y revele sus intenciones.

Así las cosas, el primer paso de la dolarización que se gesta en el vientre de la ultraderecha ya está dado: todos seremos día a día más pobres, inflación mediante, en el camino al paraíso paleolibertario. Para peor, el propio Milei avivó el fuego con declaraciones que solo cabe considerar o bien irresponsables o bien producto de la mala fe.

Según Clarín, ya hay indicios de demoras en ciertas cadenas de abastecimiento, nuevas remarcaciones y «algunos faltantes de productos en supermercados, almacenes y kioscos». La inflación de octubre, que el INDEC debería dar a conocer justo antes de un eventual ballotageamenaza con sobrepasar los dos dígitos cortos de agosto y septiembre.

Dicen que el que avisa no traiciona y Milei avisó, pero lo que dijo se parece bastante una traición a la expectativa que una parte de la población, especialmente castigada, pone en su figura.

El mecanismo de Javier Milei

Milei ratificó en el último tiempo que la dolarización se va a hacer, aun cuando su propio equipo no se pone de acuerdo sobre la viabilidad del esquema y cuando el mundo, desde el Fondo Monetario Internacional (FMI) hasta el club de los grandes bancos globales –el Instituto de Finanzas Internacionales (IIF)– advierte que resultaría ruinosa para el país.

En segundo lugar, la trotskeó en el almuerzo que montó el jueves último en paralelo al Coloquio de IDEA en Mar del Plata. «Cuanto más alto esté (el dólar), es más fácil dolarizar», se confesó, incurriendo en un verdadero sincericidio.

Tercero, vaticinó repetidamente –incluso en el debate del último domingo– que «Argentina está a las puertas de la peor crisis de su historia», cosa que parece querer convertir en una profecía autorrealizada. Fue en línea con un informe reciente de Bull Market Brokers, empresa de la familia del candidato paleolibertario a jefe de Gobierno porteño Ramiro Marra, que vaticinó que la aplicación del plan Milei generaría «una hiperinflación por 45 a 60 días».

Finalmente, este lunes desató el escándalo: en Radio Mitre recomendó retirar los plazos fijos en pesos y pasarse a los dólares paralelos.

«Jamás en pesos, jamás en pesos. El peso es la moneda que emite el político argentino (y) por ende no puede valer ni excremento porque esas basuras no sirven ni para abono», postuló más como un asesor de inversiones que como un candidato presidencial interesado en que el país no explote y la gente no sufra de más. En verdad, prefiere que la explosión se produzca y que sea antes y no después del traspaso de mando.

Uno, dos, tres y cuatro, todo con varios días de diferencia: demasiada persistencia para pensar que un economista que se supone que sabe lo que dice no se detenga a pensar en el daño que puede causar con sus palabras, destinadas en los hechos a provocar una corrida bancaria y cambiaria y, con ello, una posible hiperinflación.

Más de una vez durante los últimos meses este medio dio cuenta de que la dolarización –encima anunciada– supondría una licuación progresiva y desordenada del valor del salario, los ahorros y el capital de trabajo de cualquier negocio, lo que haría que los pocos dólares disponibles alcancen más fácilmente para reemplazar los pesos. Mirar hacia atrás, recordar lo dicho y constatar lo poco que ha servido para evitar lo que empieza a ocurrir causa frustración…

El mecanismo de la dolarización ya está en marcha.

La City y la política, al rojo vivo

Ante la tendencia al retiro de depósitos en pesos, el Banco Central salió a aclarar que «Argentina mantiene un sistema financiero líquido y solvente», cosa que es cierta, pero cuya enunciación hace ruido.

Claro, a la autoridad monetaria no le quedaba otra que señalar eso en medio de una rueda en la que el blue volaba hasta los 945 pesos, con una suba de casi el 7% que estiró la brecha con el tipo de cambio oficial a un explosivo 170% –la de los paralelos legales oscila entre 140 y 150%–. La barrera psicológica de los 1.000 pesos, que representaría una catástrofe para el Gobierno y para la candidatura presidencial de Sergio Massa, ya está al alcance de la mano.

El ministro candidato zamarreó a Milei varias veces durante la jornada:

  • «No vale todo por un voto, no se puede poner en riesgo los ahorros por un voto. Es gravísimo tratar de poner en riesgo al sistema financiero, en un país que ya vivió hechos como los del 2001″.
  • «Agitar, decirle a la gente ‘saquen los depósitos’ de manera irresponsable… Cuando veo candidatos que por un voto son capaces de prender fuego una casa, la verdad es que me preocupo. Esa irresponsabilidad no me hace daño a mí, no le hace daño al Gobierno; le hace daño a millones de argentinos«.

Massa, claro, no puede dejar pasar ese juego sucio. Sin embargo, como no está en cuestión solo su sueño presidencial, sino –con mayor probabilidad– el modo en que termine su gestión en el Palacio de Hacienda, cabe preguntarse si hace bien al evocar los fantasmas de 2001, del corralito y, como le ha atribuido otras veces al minarquista, de un «plan Bonex». ¿Todo eso no equivale a balearse los pies? Si Milei se convirtiera en presidente en la noche del domingo 22 o saliera del escrutinio como amplio favorito para serlo el 19 de noviembre, ¿quién podría atajar al dólar y su impacto sobre la inflación en la segunda etapa de la transición, el martirio que se le abriría al Gobierno hasta el 10 de diciembre?

El miedo no es zonzo y por eso los bancos líderes se están haciendo de dólares en previsión de ese escenario, de modo de poder enfrentar una posible corrida de los depósitos en esa moneda justamente debido al temor de que una dolarización suponga –eso fue el «Bonex»– una confiscación de ahorros.

No sólo el Gobierno cruzó al paleolibertario. También lo hicieron referentes valorados por el mercado, como Carlos Melconian –que hasta buscó redención tras haber asegurado hace poco que «el dólar paralelo está barato»– y, sobre todo, Miguel Kiguel, quien resumió mejor el sentimiento prevaleciente al denunciar que «Milei está buscando generar el caos económico». «Está claro y lo viene haciendo constantemente porque piensa que lo favorece (…). Viene primero en las encuestas, mucha gente piensa que tiene muchas chances de ganar y cada cosa que dice tiene impacto en la economía, pero es irresponsable tratar de generar una hiperinflación en la Argentina«, agregó.

Y sin embargo…

Milei está jugando fuera del reglamento, al punto que cabría preguntarse si Massa sería el único damnificado electoral de un desmadre fatal de la economía. ¿En serio nadie va a pasarle la factura al ultraderechista por estar empujando un estallido que podría ser no solo económico, sino también social?

Ante eso, Juntos por el Cambio tiene una oportunidad doble para el repunte: sobre el hombre de Unión por la Patria (UP) si las cosas se ponen realmente feas y sobre el de LLA por contribuir alevosamente a ello. ¿Encontrará Patricia Bullrich la sintonía fina de la que ha carecido clamorosamente hasta el momento? La tiene –otra vez– servida en bandeja: de hecho la semana pasada ya le había advertido a Milei que «no todo vale para defender la dolarización».

Todo lo dicho pide a gritos un complemento. Milei echa nafta sobre un incendio que ya existe y cuya responsabilidad es de la actual administración peronista, más allá de los atenuantes del hiperendeudamiento, la pandemia, y la sequía. El minarquista salió a defenderse: ¿A mí por qué me miran?

Ese fuego está hecho de tensiones electorales y de propuestas dolarizadoras –Milei– y cuasidolarizadoras –Bullrich-Melconian–, pero en la base de desequilibrios macro insostenibles a esta altura.

Desequilibrios que, campaña mediante, el ministro-candidato –o viceversa– amplificó con un paquete de desgravaciones impositivas que, por justas que sean, agrandaron el déficit fiscal el alrededor de 1,3% del producto bruto interno (PBI).

Según dijo el consultor Gustavo Córdoba, esas medidas –eliminación de Ganancias sobre el salario; reintegros del IVA; alivios impositivos para autónomos, monotributistas y pymes, y refuerzos en jubilaciones y pensiones– le aportaron a Massa, como mucho «un punto o un punto y medio» en las encuestas de intención de voto.

Curioso: cada punto de déficit fiscal parece generar un punto de sufragios. Los números tienen vericuetos encantadores.

(Nota publicada en Letra P).