El cese hoy, después de 47 años, de la edición de papel de Ámbito Financiero no podría tocarme de un modo más personal. Por eso dejo de lado la indecisión que siempre planea sobre lo que escribo y me entrego de lleno a la primera persona.

Pasé allí bastante más que la mitad de mi vida, desde noviembre de 1992, cuando yo era un joven deseoso de convertirme en periodista y el diario era manejado con mano de hierro por ese hombre difícil, pero enorme editor que era Julio Ramos. Su idea era por entonces incorporar profesionales que en muchos casos provenían de disciplinas no periodísticas, como las Ciencias Económicas o, en mi caso, la Ciencia Política. Y, con el trabajo del día a día, sacar de ese semillero algo parecido a un periodista.
Vos dirás si el resultado final de esa apuesta fue bueno o malo porque esto que leés cada mañana fue producto de la enseñanza de periodistas enormes, que me guiaron del mejor modo que pudieron. Mis jefes Martín Yriart, Gail Scriven, Roberto García, Daniel Fernández Canedo, Luis González, Guillermo Kohan; figuras como Chiche Gelblung, Carlos Pagni, e Ignacio Zuleta; guías como Claudio Panza, y tantos, pero tantos amigos –algunos que extrañamos– que, si me entregara a nombrarlos, me condenaría al pecado de la omisión. A todos, gracias mientras viva.
En desPertar, estoy seguro, vive algo de cada uno de esos maestros, con el debido pedido de disculpas. Cierta forma de escribir, de titular y hasta de usar las comas, el placer del comentario y la ironía… Hay hasta algo del estilo silvestre del propio Ramos, a quien recuerdo –ahora mismo, cuando me veo sentado frente al teclado– como casi cada día a eso de las 19, cuando bajaba del cuarto piso al segundo, preguntaba «¿Qué hay hoy? y se ponía a escribir sus «dos columnas» editoriales en tapa. ¿Cómo podía ese hombre sentarse y, simplemente, escribir? Creo que ahora lo entiendo.

¿31 años en Ámbito, 14 con Ramos? Sí, ese prodigio fue posible por haber empezado como redactor y cuatro años tiempo después haberme convertido en jefe de una sección «fría» como Internacionales, lo que disimulaba una distancia ideológica que siempre sentí y que, por momentos, me alienaba. Sin embargo, al no hacer política o economía –materia esta última que, allí adentro, hasta un ladrillo aprendía–, ese roce se reducía enormemente y permitía la convivencia, con ciertas tormentas fuertes, desde ya. En el camino, hice mi vida.
Esos 31 años, que terminaron el 31 de agosto del año pasado con un acuerdo de retiro voluntario con sus actuales accionistas, no siempre fueron fáciles. Algunos modos y la convivencia larga hicieron que mi relación con el diario fuera algunas veces de amor, otras de hastío y algunas más de decepción, pero siempre de intensidad. Pasa que todo termina y que un día encontré en Letra P un hogar nuevo, que me recibió con cariño y que me permitió volver a crecer. Finalmente pude escribir sobre mi país. Acá estamos.
Recibí mucho de Ámbito, pero también le dejé mucho. Como todos esos amigos que llevo en el corazón, me sentí parte –pequeña, sin duda– de uno de los mayores éxitos editoriales argentinos de las últimas cinco décadas. Dejé trabajo, esfuerzo, rutina e innumerables almuerzos familiares, días de la madre, del padre y cumpleaños… ¡y hasta partidos en la Bombonera!
Empecé a trabajar con máquina de escribir y a recibir cables por teletipo, y terminé –claro– con computadora e Internet. Arranqué en el pasaje Carabelas y la pandemia me hizo despedir en Paseo Colón, fin de una presencialidad que ya no retomé en su sede final de Olleros.

Bastante más de la mitad de todos los domingos de mi vida me gustaba llegar temprano, antes que nadie, a Paseo Colón 1196; ¿a dónde más? Sabía dónde estaba el tablero, encendía las luces de la redacción y me ponía a trabajar en silencio. Ese lugar vacío y oscuro siempre va a ser un refugio en la memoria.
¿»Oscuro» dije? No tanto; justo así, como se ve en la foto. Al rato nomás se encendía de voces y de pasión.
El tiempo, Internet, el avance tecnológico, la crisis del papel y la evolución de los hábitos de lectura le ponen fin a una parte de la aventura de Ámbito Financiero. Solo a una parte.
«Taller», «pliegos», «página par» o «impar» son palabras que quedarán perdidas en el tiempo. Es la vida, pero sus periodistas de hoy lo van a seguir haciendo grande. No importa en qué formato salga.
Por mi parte, solo te digo hasta siempre, querido diario.
