¿Está bien o está mal que les peguen a los agitadores libertarios? ¿A quién le sirve? ¿El Gobierno manda a pudrirla? La fábula de la rana en la olla.
Desde sus tiempos de panelista en la pantalla de América, Javier Milei ha derrochado violencia y desprecio por la convivencia democrática. Siempre lo hizo y, de modo poco sorprendente, esa agresividad comienza a bajar de la televisión y las redes sociales a la calle.
Ese problema se instaló con fuerza en los últimos días en medios de todas las tendencias y recibió definiciones diversas. ¿Está bien o está mal que un grupo de manifestantes pro universidades públicas haya corrido y golpeado al youtuber de ultraderecha Franco Antúnez, conocido como «Fran Fijap»?, se cuestionó por ejemplo.
Los malos entendidos muchas veces se producen porque las preguntas que motivan ciertas respuestas son erróneas o confusas. ¿Qué significa interrogar si la violencia «está bien o está mal»?
Depende.
Si es una réplica a una agresión física directa, su uso proporcional es correcto moral y jurídicamente. Se llama «legítima defensa». Claro, esto no es lo que pasó con el influencer.
Si la respuesta violenta repele una provocación verbal, deja de «estar bien», aunque el tenor de la incitación puede explicarla parcialmente o atenuar su incorrección. Tampoco es lo que ocurrió con Fran Fijap.
Agitando la calle en nombre de Javier Milei
Después de pasarse años vaticinando que «los zurdos van a correr» y que «la tienen adentro», entre otras sutilezas, el agitador acudió –teléfono en mano para subir «contenido» a sus redes– a una manifestación que le resultaba muy ajena y acompañado por guardaespaldas encargados de facilitarle la retirada que sabía inevitable de antemano.
Antes de él, había corrido una suerte similar su colega Mariano Pérez.
Entonces, ¿»bien o mal»? Otra vez: depende de la pregunta y de lo que cada uno considera justificable. Para quien escribe esta nota, está mal por dos motivos:
1) La agresión no es proporcional a la provocación que se intentó llevar a cabo.
2) Acaso más importante, porque la pregunta correcta no es si está «bien o mal», sino a quién le sirve el clima de violencia que baja a las calles.
La violencia es toda de Javier Milei
Las injurias, amenazas y acosos presidenciales –en otro contexto, causales de juicio político– se replican en las redes merced a la actividad de influencers y de una trolera enquistada en la propia Casa Rosada, políticamente conducida y financiada «con la tuya», como revelan artículos de Clarín, Noticias y La Política Online.

Ahora la violencia pasa de las redes y las pantallas a la calle y a las asambleas universitarias, como ocurrió con un grupo de militantes ultraderechistas que acudió, gas pimienta en mano, a pudrir una reunión de estudiantes en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), con la que, encima, no tenían vinculación alguna, según denunció la propia casa de estudios.

Infiltrados en la asamblea de la Universidad Nacional de Quilmes. ¿Los manda el gobierno de Javier Milei?
Violencia, mentiras y videos
Fran Fijap mintió y Milei reposteó que lo ocurrido en la UNQ fue «un intento de asesinato K» y que «están buscando muertos». Algún medio importante rebuznó algo similar.

La denuncia oficial es grave. Si el Gobierno efectivamente creyera que lo que está ocurriendo supone peligro de derramamiento de sangre, ¿debería instruir a sus elementos de choque a redoblar la apuesta o, en cambio, ordenarles que levantaran el pie del acelerador?
Manuel Adorni no sólo hizo agua al explicar que «había una razón» para que Malvinas haya desaparecido de un mapa oficial, «aunque no me (los) acuerdo»; también, sentó este martes al youtuber agredido en la Sala de Prensa de la Casa Rosada, el sitio que hace no demasiado tiempo pretendía «prestigiar» con la invitación sólo a profesionales «de excelencia».

El agitador libertario Fran Fijap, invitado por Manuel Adorni a su conferencia de prensa.
Antúnez «Fijap» merece toda la seguridad del mundo, pero el vocero concretó una impostura al justificar su presencia en el deseo oficial de solidarizarse con él en tanto víctima «como lo hacemos con cada episodio de violencia, independientemente del medio o la ideología».
Ni siquiera es lo más importante que el joven no es periodista. Lo relevante es que no hay registro de que Adorni haya invitado a los numerosos hombres y mujeres de prensa golpeados y gaseados por las policías bravas del Gobierno y su satélite porteño en cada una de las marchas llevadas a cabo en los diez meses que lleva la gestión.
Tampoco, a las nenas que se supone que ya llegan «gaseadas» a las manifestaciones y a quienes los efectivos, parece, sólo les echan desodorante. La irritación es una estrategia.
La rana en la olla de Javier Milei
La parte de la ciudadanía que permanece indolente ante el caldo gordo que se cocina, el periodismo que actúa frente al Gobierno como si no fuera algo más que una simple versión democrática de una derecha ajustadora y la dirigencia que no encuentra contradicciones entre sus antiguas falacias republicanas y su respaldo a Milei juegan con fuego.
La sociedad argentina parece la rana que descansa despreocupada en una olla puesta sobre una hornalla encendida, incapaz de registrar que la están cocinando en una sopa de autoritarismo.
De la boca del Presidente a las redes, de las pantallas a la calle y, ayer nomás, en la plaza pública con escraches violentos, horcas y hasta con un disparo fallido en la cabeza de Cristina Fernández de Kirchner, la ultraderecha nativa es rica en recursos inquietantes como pobre en reparos morales.
