El Frente Amplio va a las urnas y le muestra al peronismo un camino para ordenar su interna. La Cámpora, el kicillofismo e ideas que faltan. ¿Cómo deben convivir mayorías y minorías?

El Frente Amplio (FA) llega con ventaja a la elección de este domingo en Uruguay, un logro en un país con motivos históricos, culturales y hasta demográficos para no ser terreno fácil para la izquierda. Sin embargo, dada la pelea entre Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof por el alma del peronismo, ese caso constituye un ejemplo de alianza para una Argentina desgarrada por grietas superpuestas.

Cuando el presidenciable de la izquierda, Yamandú Orsi, definió a sus compatriotas como «argentinos sin la intensidad», la derecha de su país se alzó y le reprochó una supuesta pretensión de ningunear la identidad nacional. La frase, sin embargo, puede ser entendida desde esta orilla del Río de la Plata como un elogio a los suyos y una crítica certera a nosotros.


No importa que Orsi logre o no en el primer turno electoral la mayoría absoluta que le evite una segunda vuelta de pronóstico más difícil –el 24 de noviembre– contra quien se alce con el segundo puesto, sea el blanco lacallista Álvaro Delgado o el colorado conservador Andrés Ojeda. La vida interna del FA, sus métodos de selección de candidatos –siempre a través del voto–, la aceptación del resultado por parte de las minorías y la vocación de las mayorías de integrar y no expulsar a los vencidos deberían ser aquí elementos de humilde estudio.

El peronismo y el día después de  Javier Milei

La puja actual entre cristinistas y kicillofistas resulta de difícil lectura si se buscan, al menos por el momento, elementos programáticos dramáticamente diferenciadores. Eso es así porque ese debate está siempre postergado y no porque carezca de importancia o, incluso, porque no esté ya latente en función de qué tipo de armado sería el más eficaz para revertir en 2027 la herencia de Javier Milei. ¿Será uno anclado en la pureza ideológica de un núcleo duro o uno más plural y, por ende, de impronta más moderada?

En otras palabras, las oposiciones deberán, llegado el momento de plantear un posible posmileísmo, preguntarse no sólo qué quieren ofrecerle a la sociedad, sino sobre todo qué pide esta. ¿El restablecimiento de modos políticos que hagan posible la convivencia en democracia y salvaguarden la salud de esta? ¿La reparación de los daños que hayan sufrido los más pobres y una clase media apaleada? ¿Una reparación del tejido productivo? ¿Otras cosas? ¿Todo eso junto, de modo secuencial o jerárquicamente ponderado en base a algún criterio? De esas preguntas, más que de la voluntad de un sector, debería depender la respuesta.

La pelea peronista anticipa quién se hará con la lapicera que escriba las listas legislativas del año próximo, decisión que impactará en la conformación del Congreso no solo en el bienio final del presidente anarcocapitalista, sino también en el primero de un eventual segundo mandato de este o en el de un reemplazante.

La fuerza centrífuga del peronismo

El sorprendente adelantamiento, en definitiva, de la pugna por la oferta electoral de 2027 forma parte de un sentido común peronista moldeado por la sentencia de que «el que gana conduce y el que pierde acompaña». Decirla –o escribirla– no merece mayores objeciones a no ser que se la piense un poco: el rol de mero acompañante ofrece poca cosa al derrotado y, a falta de un liderazgo arrasador, es una invitación a la mitosis política permanente. Tal vez haya otros modelos de integración de minorías.

Basta con pensar en las figuras y sectores que se han ido desgajando del peronismo en la medida en que la jefatura de CFK fue sufriendo el inexorable efecto del paso del tiempo y, claro, de los errores políticos. Desde el sector de Sergio Massa–reincorporado en 2019 en calidad de aliado externo– hasta el grueso del peronismo de Córdoba, pasando por figuras individuales que tal vez significan poco en votos, pero no necesariamente en volumen político.

Esos dilemas no cruzan solamente al peronismo. Mientras ciertos provincialismos se limitan a seguir el ciclo del girasol y el PRO parece entender que no tiene destino más que atarse al carro de la de La Libertad Avanza (LLA), incluso una agrupación de modos políticos más tenues como la Unión Cívica Radical (UCR) encuentra grietas propicias para partirse una vez más.

El ejemplo uruguayo

El Frente Amplio uruguayo opera al revés. Yamandú Orsi encabeza una fórmula en la que lo acompaña Carolina Cosse, desenlace de la interna celebrada el 30 de junio.

En ella, el vencedor enfrentó a Cosse y a Andrés Lima, todos referentes de distintos sectores del FA. Orsi se quedó con el 60% de los votos, mientras que la segunda se llevó 35% y el tercero el resto.

Orsi, ex intendente –equivalente a gobernador– de Canelones, es hombre de Pepe Mujica y militante del Movimiento de Participación Popular (MPP), el de los extupamaros, que hace tiempo ya no representa el ala más izquierdista del frenteamplismo.

El sector más radical estuvo representado en la primaria justamente por Cosse, una comunista que fue intendenta de Montevideo y que era apoyada por su partido y por el Socialista.

Como se ve, no es que ese espacio carezca de diferencias ideológicas, incluso fuertes. Pese a eso, apenas se confirmó su triunfo interno, el mujiquista dijo habló de «una noche de alegría, compromiso y noticias«. La novedad era que la Mesa Política del FA le había pedido que la derrotada fuera su compañera de fórmula. «Es un honor para mí presentar a nuestra queridísima compañera Carolina Cosse», dijo en el escenario justo antes de abrazarla. El que pierde no solamente acompaña, sino que puede participar.

Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández: volvimos iguales

Alberto Fernández prometió en algún momento –cuando aún podía prometer cosas y existía quien lo escuchaba– darle a lo que entonces se llamaba Frente de Todos una vida orgánica similar a la del Frente Amplio o a la de la ex-Concertación chilena. Fue, claro, una de las cosas que no pudo, no supo o no quiso hacer.

Enfrente, Cristina y La Cámpora no lo ayudaron, y sus actitudes de boicot incluso a lineamientos de política económica elementales como la segmentación de los subsidios a los servicios de luz, gas, agua y transporte se tradujo en una verdadera guerra que terminó por hacer volar a Martín Guzmán del Ministerio de Economía y que dio inicio a una crisis que trajo al país a este punto.

Martín Guzmán encontró resistencias severas de Cristina Fernández de Kirchner durante su gestión en el Ministerio de Economía.

Luego, el acuerdo cerrado por este con el Fondo Monetario Internacional (FMI) fue la piedra de toque de una ruptura ampliamente consumada en los hechos, pero jamás blanqueada.

Más allá de la definición de la fórmula, quedó claro entonces que el Frente de Todos no tenía programa. No sólo eso, sino que sus dos principales referentes ni siquiera habían conversado informalmente sobre qué hacer con los dos problemas más evidentes de la economía nacional: los subsidios –el déficit fiscal y, con ello, la inflación– y la deuda. Hablar de impericia acaso sea poco.

A no ser que el desacuerdo tácito haya sido, por un lado, el de la confianza de CFK en imponer su programa a un presidente que sólo pensaba como un delegado carente de poder –para algo eligió entonces a Fernández y no a alguien con algún poder propio– y por el otro la desprolija, irresponsable suposición de este último de que iba a poder llevar las cosas en el día a día. 

Al final, Todos no tuvo programa, mesa de conducción ni mecanismo de resolución de controversias.

Unión por la Patria: ¿un Frente Amplio o la nada?


Hoy, mientras CFK y Kicillof cinchan, Massa mira y espera para determinar si Unión por la Patria (UP) tiene algún destino o si más le vale dejarse tentar con un enésimo intento de avenida del medio.

Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner volvieron a encontrarse a instancias de Estela de Carlotto, pero no dieron señales de distensión.


Una vez más, el peronismo busca recrear el recurso de la bolsa de gatos –el de la pelea que no es, sino el de la reproducción–, sin intentar una vía más institucional e inteligente.

Si se votan las autoridades del Partido Justicialista (PJ) nacional, ¿será para definir mayorías y minorías que convivan, aportando cada una en su justa medida, a un programa común? ¿O será, en cambio, para que la facción vencedora busque hacerse con todo el poder de decisión en lo que hace a listas, programas y discursos?

La Argentina vive desgarrada por grietas que, en lugar de reemplazarse sucesivamente, se superponen eternamente. La K-anti-K sigue sin resolverse, y a esa se suman la que propone la ultraderecha contra su peculiar idea de «casta» y las internas, hoy dada por cristinismo-kicillofismo.

Los argentinos somos como los uruguayos, pero excedidos en intensidad.

(Nota publicada en Letra P).