El Presidente crea una oposición gigante, pero que no encuentra rumbo. El minué del peronismo y el radicalismo, líneas rojas y la unidad imposible. ¿Hay futuro?
Impedido por ahora de modificar la Constitución y las leyes que le estorban, Javier Milei actúa como si esos obstáculos no existieran. Desde afuera, Cristina Fernández de Kirchner, Axel Kicillof, Martín Lousteau, Facundo Manes y otros trinan y prometen alianzas opositoras que se les hace imposible concretar. ¿Habrá vida después de la ultraderecha?
Las advertencias sobre una deriva autoritaria del Gobierno se hacen ya generalizadas y hasta referentes de la academia hablan –contra ciertos cánones– del peligro de gestación de alguna forma de posfascismo.
La idea del «cerco sanitario» contra las derechas radicales o extremas, vigente en países como Alemania y Francia, poco a poco gana terreno en el país. Esta no sería ni aplicable ni tal vez deseable para las elecciones legislativas de este año, que en teoría podrían permitir la formación de un bloque opositor fuerte posterior a un juego en el que cada sector le hable a su propio electorado. Cuando se conversa con referentes de los diferentes sectores involucrados, la idea de la unidad apunta a 2027, que es cuando el destino de la Argentina se jugará de verdad.
Javier Milei divide y reina
El desdén por las reglas de juego se disemina sobre una diversidad de temas y prácticas.
La integración de la Corte Suprema con dos jueces a sola firma –y con amenaza de sostenerlos aun si el Senado rechazara sus pliegos–, la ilegal imposición de un incremento de la deuda con el FMI (Fondo Monetario Internacional) vía DNU, la bravata sobre una intervención de la provincia de Buenos Aires y el espectro de una crisis institucional son los capítulos más recientes de dicha docuserie.
A eso hay que sumar el Libragate, las negociaciones nunca explicadas con gobernadores afines cada vez que el Congreso pone las manos sobre materias sensibles, la llamativa borocotización de legisladores, la aparición de fenómenos como los del mochilero Edgardo Kueider y el nuevo «héroe» Eduardo Vischi, y hasta los aprietes en vivo y en directo de Santiago Caputo.
La praxis del Gobierno genera velozmente una nueva oposición, pero si el creciente número de los elementos de esta supone un peligro para la ultraderecha gobernante –hasta Clarín cayó en esa bolsa–, su fragmentación y la dificultad de encadenar eslabones representa una ventaja enorme.
Divide y reinarás.
La unidad, según CFK, Axel Kicillof y Juan Grabois
Los principales referentes de la oposición prometen unidad frente a un fenómeno político que los espanta.

Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner representan a los polos en pugna del peronismo.
Cuando se encaminaba a convertirse en presidenta del Partido Justicialista, CFK se ofreció para «enderezar lo que se torció» en el peronismo y, desde allí, «reagrupar a todas las fuerzas políticas y sociales«.
Hoy, el género que inauguró en las redes sociales –el «che, Milei»– no le alcanza ni siquiera para reagrupar al universo peronista. Su liderazgo está en discusión y, para peor, a tiro de ficha limpia y proscripción.
Enfrente –enfrentado a ella–, Kicillof hizo los palotes de un armado propio y también se propuso para articular «un frente inmenso» contra el mileiato. Sin embargo, en medio de enjuagues en pos de una tregua, el cristinismo le replica que si hay futuro, este será con Cristina. Además, su acercamiento a gobernadores como Maximiliano Pullaro no fructifica todavía en un diálogo que le permita abrir el cerco del sector del peronismo –básicamente bonaerense– que le responde.
Dentro del peronismo hay que mencionar la idea de Juan Grabois de «conformar este mismo año una alianza amplísima», con «todos los que estamos en contra de Milei adentro». Nadie piensa en eso. Como se dijo, la pelota se patea para 2027.
La unidad, según Martín Lousteau
Lo que manda es la fragmentación de referencias que no logran sintonizar con el humor sí unitariamente opositor de la media Argentina que, por ejemplo, salió a las calles en defensa de las minorías de género y de la educación universitaria.
Fuera del peronismo, el radicalismo más crítico del Gobierno, hay que mirar al presidente de la rota UCR, Martín Lousteau. El senador es la referencia de gobernadores como Pullaro y fue mencionado explícitamente por Grabois como posible miembro de una unidad opositora.

El senador Martín Lousteau piensa en una apertura hacia el peronismo, pero el kirchnerismo duro parece su límite.
Lousteau pareció dar un paso «al frente» en una entrevista con El Destape Radio –de por sí una definición de apertura–, en la que dijo estar dispuesto a una confluencia «con el peronismo» en caso de que el Gobierno profundice su deriva autoritaria.

Según supo Letra P, Lousteau piensa en ese escenario sólo para 2027; 2025 es una página abierta que aún no define cómo escribir.
Las legislativas lo encontrarán jugando –aún barrunta qué lugar se dará a sí mismo ya que vence su mandato como senador–, pero ve la próxima presidencial como el escenario para plantear una estrategia de apertura más profunda.
Sin embargo, según contó una fuente que lo frecuenta, plantea para eso «líneas rojas» que excluyen a los kirchneristas que «no son capaces de hacer autocrítica ni siquiera sobre los bolsos de (José) López«.
Con Kicillof por ahora no habla, acaso a la espera de que el gobernador defina qué nivel de –justamente– autocrítica implica en los hechos su enfrentamiento con CFK.
Facundo Manes, el outsider
Si se piensa en una alianza peronista-radical para 2027, aun más verde está lo que depende de Manes, el opositor destacado de la apertura de sesiones del Congreso.
El diputado es mucho más enfático que Lousteau en lo que hace a líneas rojas. Así, a cada mención contra lo que define como el autoritarismo oficial, intercala un latiguillo: «Milei es un kirchnerista de derecha».
Según un artículo del periodista Matías Moreno en La Nación, Manes asumió, tras su cruce con Santiago Caputo, «que debía pararse en la vereda de enfrente del gobierno libertario».

Facundo Manes decidió ponerse en el centro del ring tras sufrir un apriete de Santiago Caputo.
Su mandato también finaliza en diciembre e irá por la renovación, para lo cual, afirma la nota, busca sello. Su estrategia es no a reeditar una alianza de abandonados con Mauricio Macri, no al kirchnerismo, mostrarse tan outsider como Milei y convocar a figuras sociales a un espacio de defensa de la democracia. No a las estructuras tradicionales, en suma, salvo a peronistas sin cristinismo en sangre, como Juan Schiaretti. Otra vez «la avenida del medio». Otra vez sopa.
¿»Milei emperador»?
Acaso por encima de la desinflación, la confusión de las oposiciones es la mayor ventaja competitiva del dispositivo ultraderechista, que este año y en 2027 sorprendería con un nivel de financiamiento, organización y estrategias de campaña desatendido por sus antagonistas.
Manda la resaca de la grieta vieja, perimida sin que sus protagonistas lo adviertan. La conformación de una propuesta que supere el modelo de Milei sin desatender las demandas sociales realmente existentes queda postergada a la resolución, acaso imposible, de los rencores personales acumulados.
Planteado así el escenario, el diálogo por la unidad que los principales referentes proponen y ninguno logra consumar dependería de un empeoramiento drástico de la situación socioeconómica y de un deterioro grave de la gobernabilidad. Y, probablemente, de un paso al costado de Cristina Kirchner.
Dado lo esperable en las urnas en términos de peso de las referencias opositoras, esto sería una exigencia injusta. Sin embargo, parece difícil que ella pueda ser cabeza o incluso parte de un armado que junte a los sectores mencionados, a las abúlicas centrales sindicales y a los paralizados movimientos sociales, por no mencionar la pata mediática que podría aportar Clarín si el Presidente persistiera en declararle la guerra con un tuit fijado.

El archipiélago de las islas opositoras que flotan a la deriva no es suficiente para contener la fuerza vital de un proyecto ultra que insulta, censura y estigmatiza a lo diferente, que embiste con su batalla cultural, que discrimina a las minorías de género, que desestructura la salud y la educación públicas, que renuncia a la obra pública –sin saber cómo reemplazarla por privada– aunque el país quede a oscuras o se inunde, que amenaza a la industria –y a sus trabajadores– con la extinción y que recurre en el endeudamiento eterno con el Fondo.
Allí afuera, ¿hay alguien?
