Las elecciones empoderan a La Libertad Avanza y alientan el odio. Crescendo: el peronismo, enemigo y plaga. ¿Guion o impronta de un presidente irremplazable?

El ascenso de Javier Milei fue producto de dos tendencias concurrentes: desde abajo, un estado social de ira, potenciado por el Gran Confinamiento y la decepción con el último peronismo; desde arriba, un casting político que, literalmente, encontró en él al actor ideal para encarnarlo. ¿La rabia llegó para quedarse? ¿Tendría futuro después de Milei? 

El gobierno de extrema derecha incrementa su audacia y la siembra de una narrativa de odio en la medida en que sus logros políticos y, en su propia lógica, económicos consolidan el proyecto.

Hasta los desdoblamientos electorales en curso le brindan o bien avances, como en Salta y Jujuy, o bien victorias, como en la Ciudad de Buenos Aires. El movimiento informe que barrió impactó en el ballotage de 2023 se consolida ahora como partido, La Libertad Avanza (LLA). Hace dos años llegó al gobierno; ahora desembarca con claridad en el poder.

Adreferendum de lo que vaya pasando con una economía en modo electoral, el crescendo político no se detiene. La represión de Patricia Bullrich –y, por encima de ella, de Milei, desde ya– arrecia cada miércoles, cebándose en los jubilados que reclaman por un alivio a su miseria y, de modo cada vez más sistemático, en los hombres y mujeres de prensa que visibilizan esa violencia. «No odiamos lo suficiente a los periodistas», repiten el Presidente y sus allegados, que van de la zoncera del dress code a los palos y los gases. ¿Qué más hará falta para demostrarlo?

Javier Milei, a lo Perón: al enemigo ni justicia

A ese lado B de la motosierra se suma una narrativa cada vez más inquietante, que construye en el rival a un enemigo, lo deshumaniza y queda a un solo paso de justificar su remoción, como si fuera un tumor, del cuerpo social. La metáfora biológica no es casual.

El acostumbramiento a esa melodía monótona dificulta percibir el aumento del volumen. Tal vez eso explique que la entrevista de rutina que Milei le concedió el último martes a Luis Majul en La Nación + haya pasado inmerecidamente inadvertida.

En el minuto 57, ya en el tramo final, el comunicador le plantea al Presidente que «con menos puteadas podría tener incluso más votos o más comprensión». El mandatario se desahoga y despliega un punto de vista alarmante y, en alguna medida, novedoso.

Tras señalar que él no viene a ser «un político hipócrita», sino a «hacer lo que hay que hacer», explica que «del otro lado» no hay «gente normal», sino «orcos», contra quienes, se interpreta, sería lícito aplicar una violencia preventiva.

«Del otro lado tenemos a los orcos, tenemos a los kukas, tenemos a las cucarachas, tenemos a los que produjeron el peor daño cultural desde Perón. Y usted me dice que diga que sea suave con eso, no puedo ser suave. Y le voy a decir algo: los tibios son peores (…). Los otros son el enemigo y están identificados con el enemigo, y hacen cosas para el enemigo. Peores son los que dicen que están de este lado y lo único que hacen, en lugar de agarrar y mirar las cosas de manera positiva, no, se encargan de mirar lo que pasa en el vigésimo quinto lugar detrás de la coma», dijo ya elevando el tono.

Javier Milei y la política del odio

Todo lo que hace a una escalada está allí: la reivindicación de su autenticidad –validación de la agresividad–, las ideas de enemigo y amenaza, la deshumanización del rival, la admonición contra los neutrales y la decisión de polarizar agónicamente. Por un lado, populismo de manual, de extrema derecha en este caso. Por el otro, una carrera que se corre peligrosamente sobre la línea del autoritarismo.

La deshumanización de los enemigos, su equiparación con alimañas, es una constante de la historia que, en todo tiempo y lugar, anticipó tragedias. El señalamiento de este aspecto le provoca particular ira a Milei y se convierte en demandas por calumnias e injurias a los periodistas que hay que «odiar».

Entre sus palabras queda un intersticio: ¿las alimañas, las «kukarachas», son sólo miembros del Círculo Rojo de dirigentes y periodistas, o también gente del común?

El viernes, Milei visitó el radio Mitre a Gabriel Anello, con quien, según declaró, charlar le genera «gusto» y «placer», y a quien le llevó de regalo «la gorra de Las Fuerzas del Cielo». El mencionado, cabe recordar, viene de provocar un escándalo al insultar a Juan Román Riquelme y, más relevante, a millones de argentinos, al declarar que «a los negros se los llama negros, a los marrones se los llama marrones«.

Una guerra a media Argentina

En la entrevista, Milei profundizó lo dicho a Majul y al explicar que «del otro lado tenés termos, termos, termos impenetrables». «Los tipos ven a (José) López con los bolsos, con la carabina, y lo niegan. ¡Lo tienen adelante de los ojos y lo niegan! ¡Tienen a la gente contando guita en La Rosadita y la niegan! ¡Y vos te ponés a discutir!». El enemigo, que acaso se sorprenda tanto con esos ejemplos como con el Libragate, no es uno, son millones.

¿Estamos en presencia de un guion y de plan cuidadosamente elaborado, o de simple impronta personal?

Es significativo que tanto la entrevista con Majul como la brindada a Anello sean transcriptas de modo textual –sin edición de excesos, algo al menos honesto– y difundidas entre los periodistas por el equipo de comunicación de la Presidencia de la Nación. Eso denota plan.

El equipo de comunicación de Presidencia de la Nación difunde a la prensa la transcripción de cada una de las entrevistas que brinda Javier Milei. Llamativo: no edita ni suaviza sus mayores excesos.

De la mano de eso, el Ministerio del Odio baja línea, cuentas de referencia en las redes sociales la diseminan y otras miles con nombres de fantasía –normalmente una palabreja seguida de algunos números– la viralizan. Vaya palabra en la era de la política biológica…

Sin embargo, ningún guion es por sí mismo un éxito de taquilla. La película, además, requiere producción, un director y, sobre todo, alguien que dé perfectamente con el physique du rôle. Un protagonista carismático y convencido.

El casting de Santiago Caputo 

En su libro El Monje, Maia Jastreblansky y Manuel Jove cuentan que en 2020, Santiago Caputo –entonces joven miembro del equipo de Jaime Durán Barba,luego independizado– «le mencionó a (Mauricio) Macri que, según los estudios que había hecho Move Group, surgía otra demanda social: la llave para destrabar la próxima elección presidencial podía aparecer con la incorporación de un outsider. Un candidato ajeno al sistema y, por qué no, un candidato ‘antipolítico'». O sea, ni Horacio Rodríguez Larreta ni Bullrich debían ser considerados para suceder al crepuscular Alberto Fernández.

El Monje, el libro de Maia Jastreblansky y Manuel Jove, traza una semblanza de Santiago Caputo y relata la construcción del fenómeno de Javier Milei.

Ya lanzado a su propia aventura, surgida de una precisa medición de la rabia atizada por el Gran Confinamiento, Caputo tanteó a Marcelo Tinelli, Facundo Manes y Carlos Maslatón, pero no fue hasta que Ramiro Marra y Eugenio Casielles le presentaron a Milei que Caputo encontró al actor que buscaba.

«Move Group estaba genuinamente interesado en el economista ‘antisistema’. Habían encontrado en Milei al outsider que tanto buscaban. Y lograron penetrar en el mundo libertario», relatan.

Si algo duradero lograron Caputo, Milei y los coroneles del Ministerio del Odio fue convertir en sentimiento difuso de rabia en un electorado, una corriente de opinión y voto preponderante. Eso, al revés de lo que pretenden, no es hegemonía, pero es mucho.

Donald Trump, Jair Bolsonaro y el problema de la sucesión

Ese conjunto –ya no un sector de voluntades dispersas– ha llegado para quedarse en la política argentina, tal como lo demuestran el retorno de Donald Trump en Estados Unidos y, pese a la inhabilitación que pesa sobre él, Jair Bolsonaro en Brasil. El primero volvió de manera personal, mientras que el segundo lucha con el problema de la sucesión.

Milei tiene todavía más de dos años de mandato y la posibilidad de buscar la reelección en 2027, pero se puede elevar la mirada más allá. Si la rabia llegó para quedarse, ¿después de él, quién?

El Presidente desea que su heredero sea el panfletista de extrema derecha Agustín Laje, a quien puso al frente de la Fundación Faro para la batalla cultural, y a quien acercó a mecenas de lo más granado del Círculo Rojo empresarial. Sin embargo, eso, como toda pretensión, es una incógnita.

Milei, un hombre que no tiene problema en mostrar los aspectos dañados de su personalidad, ha sido y sigue siendo el vehículo ideal de la ira de un amplio sector social que se siente igualmente dañado. Esta parte de la argentinidad parece decantar como rasgo permanente.

Excepción hecha de oportunistas que desnudan que jamás fueron moderados, republicanos ni tolerantes, no será fácil para una oposición que no termina de renovar liderazgos, ideas ni narrativas, reconducir el país hacia estándares de convivencia democrática y pacífica, convencerlo de que no es aceptable vocear en público el degradé de colores que se detestan y de que comparar a personas con alimañas es el paso previo al llamado al fumigador.

(Nota publicada en Letra P).