La corrupción, invisible y transversal (Imagen generada con inteligencia artificial –Gemini–).
El escándalo de la ANDIS acorrala a la díada de Javier Milei y Karina Milei. Criptogobierno y poder permanente. La vulgata y el costo de la política invisible.
No sorprende que nombres como los de Javier Milei, Karina Milei, Lule Menem y Diego Spagnuolo, palabras como «medicamentos» y «fentanilo» y siglas como ANDIS o ANMAT aparezcan vinculados a nuevos escándalos. De potencial político y hasta institucional aún desconocido, el Karinagate recuerda el carácter sempiterno del fenómeno e impone una pregunta: ¿para qué sirve la corrupción?
Una expresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, cumple arresto domiciliario y otros funcionarios de sus gobiernos también pasaron por la cárcel o permanecen en prisión.
Antes, Carlos Menem estuvo recluido y sólo pudo terminar sus días en libertad gracias a los fueros que le aseguró su banca de senador. Mauricio Macri enfrentó numerosas denuncias, pero corrió mejor suerte. En Argentina y en todo el mundo, el fenómeno de la corrupción –o de las sospechas sobre su existencia– es transpartidario y transideológico, destinado a la consolidación de esquemas de poder. ¿Qué hay, entonces, detrás de ese flagelo transversal?
Es cómodo para algunos sectores instalar la idea de que se trata de un genoma exclusivamente peronista porque con eso consiguen dos objetivos: estigmatizar al rival –convertido en enemigo– y justificar tratamientos desiguales del Poder Judicial incomprensibles para la gente de a pie.
Pasan los gobiernos, quedan los «artistas».
La corrupción y su vulgata
La corrupción no les sirve a las sociedades, a las que envilece y empobrece, sino a quienes lucran con ella, principales interesados en que un segundo error de apreciación devenga sentido común. Si la primera percepción equivocada es que el fenómeno es patrimonio de ciertos sectores políticos, la segunda indica que sirve primordialmente para los enriquecimientos particulares.
Va de suyo que una parte del dinero que circula como un magma incandescente bajo la superficie termina en cuentas radicadas en paraísos fiscales; en yates, autos de alta gama, departamentos de lujo o condominios en el extranjero, propiedades inscriptas a nombres de sociedades offshore que, bajo la forma de inacabables mamushkas, terminan por resultar imposibles de rastrear; o en criptoactivos de destinos inciertos. La imaginación vuela y evoca nombres y situaciones.
Quienes aceptan jugar con las reglas de la política convencional no sólo deben remunerar a la voraz cadena burocrática que convierte dinero legal en ilegal, sino que también suelen requerir, en algún momento, grandes sumas de dinero para evitar las consecuencias judiciales de sus fechorías. La corrupción llama a más corrupción.
Sin embargo, esa es una primera cascarita de la llaga, cuya base responde al interés de que no se hable de lo que hay debajo: en todo tiempo y lugar, la corrupción es un fenómeno estrictamente vinculado a la financiación de la política. El «robo para la Corona».

Hasta María Eugenia Vidal, santa Mariu, se vio envuelta en sospechas de corrupción: en 2023, la Cámara Nacional Electoral confirmó que su campaña 2017 recibió aportes truchos.
Lula, Italia y las lecciones del mundo
Si algo demuestra la experiencia internacional es, justamente, que el enriquecimiento personal es sólo la punta –a veces– visible de un témpano profundo. En Brasil, el mensalão y el petrolão fueron, ante todo, esquemas que le permitieron a los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) comprar en el mercado político mayorías legislativas que las urnas nunca le dieron.
¿Y el tríplex que se le atribuyó, supuesto soborno, a Luiz Inácio Lula da Silva para llevarlo a la cárcel y sacarlo de la carrera electoral en 2018? Más allá de la irregularidad del proceso, que llevó a su anulación, la sola mención de la presunta recompensa resulta absurda en un esquema que llevó a la Petrobras manejada entonces por el propio PT a reconocer un faltante de dos mil millones de dólares.

Luiz Inácio Lula da Silva se entregó a la justicia en medio de una enorme reacción de sus bases. Fue preso 580 días, pero la Justicia lo exoneró por fallas procesales, lo rehabilitó y le permitió volver al poder.
En el país hermano, el voto electrónico y las boletas únicas, sin arrastre de sábanas de mala fama, han sido elementos cruciales para la fragmentación del voto y para la elección de presidentes de mayorías y legislativos extremadamente fragmentados. La política, así, se hace más y más cara.
Antes, la Italia de la operación Mani Pulite había comprobado lo mismo en los tempranos años 90. La Guerra Fría y el gobierno del «todos contra el Partido Comunista» llevaron a un verdadero loteo del aparato del Estado, destinado a financiar la perpetuación del sistema.

El fiscal Antonio Di Pietro fue el emblema de la operación Mani Pulite (Manos Limpias) contra la corrupción en Italia.
¿Puede decirse lo mismo en la Argentina del «kirchnerismo nunca más», del Libragate, del Karinagate y de todas las corruptelas anteriores y por venir? Sí, se puede.
Los usos de la corrupción en la política
Una vez más: ¿para qué sirve la corrupción? Que la imaginación vuele de nuevo y traiga más nombres e imágenes. Todo en clave hipotética, desde ya.
Haría falta dinero negro, desviado de la vista pública, si se quisiera aceitar voluntades políticas, escindir bancadas rivales o comprar el voto de legisladores, abstenciones o ausencias oportunas. En casos extremos sería posible que el autor de un proyecto de ley terminase votando contra su propia obra y que otro apareciera en un paso fronterizo –y fuera detectado– con efectivo imposible de justificar. También sería útil para llevar a cabo operaciones de inteligencia o la lubricación de grupos de choque que podrían, digamos, terminar involucrados en intentos de magnicidio.

El grupúsculo Revolución Federal agitó en las calles la previa del intento de asesinato de Cristina Fernández de Kirchner.
Asimismo, los valijeros pueden traer inversiones en vuelos privados o ayudar al financiamiento, la fundación o la compra de medios de comunicación, ya sea para la difusión de ideas afines a las de un gobierno cualquiera, la instalación de fake news o, por qué no, el «desenchufe» o desactivación de voces incómodas.
De igual modo, resultaría útil para hacer amistades elegidas con cálculo quirúrgico, llevar a cabo operaciones de prensa e instalar temas en la opinión pública. Esas relaciones, sin embargo, pueden resultar algo inestables.
Lo mismo se podría pensar en la dimensión de los streamings y las redes sociales, en los sistemas de troles, granjas de bots e interacciones fabricadas para intervenir los diálogos. Caricias significativas. Y de la compra de datos basados en las marcas que la gente deja en su vida virtual, materia prima del marketing segmentado.
Sin duda, también podrían elaborarse encuestas a medida, útiles para crear climas. También, para instalar opciones electorales incluso hostiles a un determinado oficialismo, pero útiles para dividir el voto opositor. De estas picardías a veces surgen verdaderos monstruos.
Desde ya, la plata desviada permite costear gastos de campaña que, sumados a aportes más o menos confesables, siempre exceden los límites legales, las fuentes de financiamiento autorizadas y las declaraciones formales ante la autoridades de control. El clientelismo también requiere fondos superiores a los que pueden registrarse.
Así realizada, la política es cara. Y ni hablar de si surge la conveniencia de aceitar mecanismos judiciales para el cierre de expedientes molestos o la profundización de otros, convenientes para quienes mandan y perjudiciales para quienes se oponen o protestan.
A cada modelo, su corrupción
El ultraliberalismo denuncia los entresijos de la intervención y discrecionalidad de los Estados como nidos de corrupción, mientras que el estatismo apunta a las desregulaciones motivadas por el poder de los lobbies, a las privatizaciones y a las concesiones licitadas a medida. Sin embargo, todo esquema ideológico puede tener su financiamiento espurio.
Javier Milei suele descalificar la obra pública como un mecanismo sólo útil a la corrupción, pero entre giros inexplicables de legisladores y denuncias de compra de lugares en las listas, y entre episodios como el Libragate y ahora el explosivo Karinagate, gobierna en base a aplausos del Círculo Rojo, desregulaciones a pedido, vaciamiento de las instancias de control, falta de Presupuesto por segundo año consecutivo, manejo discrecional de gastos, aumento de fondos reservados.

Diego Spagnuolo, Lule Menem, Karina Milei y Martín Menem, ejes del último escándalo de la extrema derecha.
El poder invisible contra la democracia
En su libro Democracia y secreto, el italiano Norberto Bobbio definió lo que denominaba «poder invisible», una suerte de «gobierno que opera en la penumbra».

Norberto Bobbio describe en Democracia y secreto los entresijos del «poder invisible».
Esa estructura, añadió, cuenta con dos niveles, «el llamado ‘subgobierno‘ (sottogoverno) y, aun más en la profundidad, un gobierno que actúa en la oscuridad más perfecta, que podríamos llamar ‘ criptogobierno‘».
El subgobierno está compuesto por el poder de las mafias, las logias secretas y el terrorismo; el criptogobierno tiene su máxima expresión en la actuación de los servicios de inteligencia y otros poderes autónomos.
Los esquemas de corrupción enquistados en el aparato del Estado a través de administraciones sucesivas y de partidos diferentes cabalgarían, podemos interpretar, a mitad de camino entre ambos conceptos: el posicionamiento en el aparato de gobierno de personas que responden a intereses ajenos a los de la sociedad abre la puerta a «negocios» que no salen publicados en los boletines oficiales. A veces, producen hombres bomba.
«El poder es opaco y la opacidad del poder es la negación de la democracia», escribió Bobbio.
