La comunista Jara defiende el legado de Gabriel Boric. Al ballottage con José Kast o con Johannes Kaiser, dos extremistas a la carta. El espejo argentino.
Casi 16 millones de ciudadanos acuden a las urnas este domingo en Chile y, con toda probabilidad, volverán a hacerlo el 16 de diciembre para definir en ballottage si sostienen el proyecto del progresismo gobernante o adhieren a la ola de ultraderecha que Javier Milei lidera en la región. Los ecos argentinos de estas elecciones aturden.
A tono con el clima de época que Donald Trump baja desde el norte, dirimirán el conflicto que enfrenta a un comunismo de nomenclatura, pero de contenido más bien imaginario, con un bloque ultraconservador al parecer mayoritario que comenzará a aglutinarse, con pronóstico favorable para el segundo turno, ni bien se terminen de contar los votos.
Jeannette Jara, militante del Partido Comunista, mujer en realidad de talante simplemente reformista y exministra de Trabajo de Gabriel Boric, llega como favorita, aunque lejos de la mayoría absoluta necesaria. La siguen el pinochetista José Antonio Kast y, como figura en ascenso y posible sorpresa, el extremista de derecha Johannes Kaiser. Un escalón más abajo figura la piñerista Evelyn Matthei.

Jeannette Jara, candidata presidencial por el oficialismo en Chile.
Lo dicho: la derecha parece en condiciones de sumar un bloque más potente. Sin embargo, la incertidumbre persiste dado que las encuestas dejaron de difundirse el 2 de noviembre y el debut del sistema de voto obligatorio impide anticipar cuál será el nivel de participación.
Se votará al próximo presidente, así como a la totalidad de la Cámara de Diputados de 155 miembros y a 23 de los 50 senadores.
Javier Milei, presente en la campaña de Chile
Prima en la contienda una agenda que muestra tanto un sentido común marcado a fuego como las limitaciones de un modelo económico exitoso, todo ello inaugurado por el dictador Augusto Pinochet –1973-1990– y reformado en gran medida en democracia, pero cuyos resultados sociales no se adecúan ya a las expectativas de las mayorías.
El «efecto Milei» se ha hecho sentir en la campaña, tanto por motivos obvios como por otros más oblicuos.
Los primeros tienen que ver con el rescate y hasta la emulación que Kaiser ha hecho de la figura del presidente argentino, de su ajuste draconiano, su modelo de mercado irrestricto, su vocación pronegocios, su alineamiento con Estados Unidos y hasta su «batalla cultural».

Johannes Kaiser se presenta en las elecciones de este domingo en Chile como un émulo de Javier Milei.
El candidato es hermano de Axel Kaiser, divulgador y autor del libro Parásitos mentales, cuya violenta descalificación de todo lo que sea «izquierda» ha influido con fuerza en los últimos meses en la narrativa del gobierno argentino.
Kast, quien falló en dos intentos previos, no es precisamente ajeno a ese imaginario.
También el perfil de Jara permite trazar un paralelo, más sutil, con la coyuntura argentina. Por un lado, por plantear un contramodelo a lo que impulsan Kast y Kaiser, pero además por presentar la pregunta sobre cuál es el mejor modo en que el progresismo puede plantarle cara a ese tipo de alternativas: ¿radicalizarse o virar al centro?
De Augusto Pinochet a Gabriel Boric
La búsqueda de avances sociales y laborales que moderaran la economía pinochetista se vio entorpecida, inicialmente, por los cepos institucionales que dejó el dictador y, más tarde, por el poder y la influencia de un Círculo Rojo que se enriqueció en base a su modelo de mercado irrestricto. Esa fragua fue erosionando la propuesta posibilista de la antigua Concertación y derivó en el estallido social de octubre de 2019, en tiempos de Sebastián Piñera.
Ese evento traumático llevó al surgimiento de una izquierda nueva y –se creía– más radical, representada por el entonces outsider Boric. Ahora surge con fuerza la posibilidad de una marcha atrás en el reloj de la historia.
Los principales problemas que la ciudadanía chilena desea resolver son la inseguridad –vinculada en el imaginario social con la inmigración–, un crecimiento económico que ha ido perdiendo vigor, un mercado laboral más frío e insuficiencias en materia de salud y educación públicas.
La inseguridad fue señalada como el principal problema de Chile por el 63% de los consultados el mes pasado por la encuestadora Ipsos, guarismo superior a los que se observan en México –59%– y en Colombia –45%–.
La extrañeza de ese dato se complementa con una tasa de homicidios de 6 por cada 100.000 habitantes, algo mayor que la argentina –3,8/100.000 en 2024–, pero en verdad moderada. Sin embargo, casi se duplicó en la última década y tiene impactos regionales diversos.
Además, la incidencia de los robos creció 25% en los últimos ocho años y se ha comenzado a registrar el accionar de bandas narcotraficantes, en algunos casos vinculadas con jefes extranjeros. Pese a esto, no existen datos concluyentes que vinculen la inseguridad en general con la inmigración.
La parábola de Gabriel Boric
Lo ocurrido tras la violenta pueblada de 2019-2020 resultó esclarecedor. Uno de los elementos con los que se la terminó por encauzar fue la promesa de un proceso de reforma constitucional, destinado, se suponía, a eliminar rezagos como el carácter eminentemente privado de la salud y la educación.
Un primer borrador, elaborado por una Convención ad hoc, fracasó en el plebiscito de septiembre de 2022, según se dijo, por resultar demasiado de izquierda para el sentido común promedio. Otro, negociado en un Consejo Constitucional de sesgo derechista, también fue rechazado por la ciudadanía. Resultado: un problema sin solución, más allá de las reformas en materia electoral y política introducidas por la vía legislativa ordinaria.
Boric, que llegó al poder en 2021 y se retira con una aprobación del orden de sólo el 32%, se quedó así sin su principal objetivo.
Por falta de cuadros y experiencia, se fue recostando cada vez más en el centroizquierda tradicional y, aunque se le reconoce haber incrementado notablemente la inversión en salud y educación, la percepción social no se condice con eso. Termina hoy por completar una parábola: llegó entre fuertes expectativas, pero se retira en medio de un desencanto.
La inversión en seguridad también fue fuerte, así como la agenda reformista en materia previsional y de derechos humanos. Por iniciativa oficial, Chile avanzó gradualmente en la reducción de la semana laboral de 45 a 40 horas.
La reforma tributaria que había prometido para financiar un mayor gasto social resultó frenada por la derecha, la misma que ahora se prepara, en diversas variantes de contenido ultra, para reemplazarlo.
Propuestas para un Chile nuevo (¿o viejo?)
Progresista pragmática antes que comunista de caricatura, Jara llama a lanzar una nueva ofensiva en pos de derechos que se sumen a los conquistados en 35 años de democracia y a evitar un retroceso.

José Antonio Kast, el candidato pinochetista, hace su tercer intento de llegar al poder en Chile.
De 59 años, candidato por tercera vez e hijo de un inmigrante alemán que fue afiliado nazi, Kast es, hasta donde se supo, el más probable rival de Jara en un ballottage.
Ha hablado de un «gobierno de emergencia»; cargado las tintas sobre la «agenda valórica»; prometido mano dura contra el crimen y deportación de inmigrantes sin papeles a lo Trump; propuesto más mercado y desregulación, y planteado un objetivo de ajuste draconiano: 6000 millones de dólares en un año y medio.
Kaiser, quien sueña con obtener el segundo lugar y disputar el poder el mes que viene, también promete motosierra, menos impuestos a las empresas y los ricos, lucha contra la inmigración regional –sobre todo desde Bolivia y Venezuela– y firmeza contra el delito. «Mano dura y economía libre», resumió.
Según él, el pinochetista Kast es un moderado de «centroderecha», por lo que se ha abocado a morderle electorado ultra.
En esa línea, prometió indultar a los carabineros condenados por violaciones de los derechos humanos en las protestas de octubre de 2019 a marzo de 2020, que dejaron 30 muertos y cuya marca fue el disparo a los ojos de manifestantes, 464 de los cuales quedaron con secuelas graves. También jura que sacará de la cárcel a los militares condenados por crímenes de lesa humanidad cometidos durante el pinochetismo. En uno de sus últimos actos de campaña, abrió el encuentro con una versión del himno que incluyó una estrofa que dejó de cantarse tras la caída de la dictadura.
Matthei, la cuarta en liza, ha jugado la carta de la moderación, esto es de una derecha tradicional.
Sin embargo, urgida por encuestas que no le han dado todo lo bien que esperaba, sorprendió en el debate del último lunes al subirse a la ola extremista, ofreciendo como receta contra «el Cartel de Aragua y el terrorismo (mapuche) en el sur» la opción de «cárcel o cementerio».
«Así de brutal», remató. No podría haberlo dicho mejor.
