El milagro ya mutó a estaca filosa en el corazón del plan de Javier Milei y Toto Caputo. ¿El vaso está medio lleno o medio vacío? Monetarismo e inercias.
El índice de precios al consumidor (IPC) arrojó en noviembre un 2,5% y dejó un haz de preocupaciones: su continua aceleración desde mayo, la superación de las expectativas del mercado –llegaban al 2,3%–, el recalentamiento del rubro Alimentos y bebidas –determinante para la evolución de la pobreza, cuya canasta trepó un durísimo 3,6%–, el arrastre que deja para el siempre complicado diciembre y, sobre todo, la molestia de su permanencia de 14 meses –con alguna oscilación– en la meseta del “dos y pico” por ciento mensual, lo que redondea más del 30% interanual. El milagro se convirtió en una estaca clavada en el corazón del programa económico de Javier Milei y Toto Caputo.

No sorprendió que los servicios públicos –ya liberados de la relativa cautela preelectoral– y las incontenibles naftas lideraran la tendencia ni que la comida superara el promedio. Tampoco que la inflación núcleo, que señala la tendencia, registrara un 2,6% y tambalea excediera el índice general.
La pregunta que desvela se repite: ¿por qué?
La inflación, el vaso medio lleno y el vaso medio vacío
¿El IPC de noviembre es poco o es mucho? En términos internacionales sigue siendo una locura, pero de acuerdo con los raros parámetros criollos, depende.
Por lo pronto, mantiene la evolución de los precios algo por debajo del nivel previo al final del Frente de Todos, con Sergio Massa al frente del Ministerio de Economía, cuando le llegaba al país la factura del exceso de gasto público provocado por el Gran Confinamiento y en medio de una campaña electoral que lo tenía a él mismo como curioso protagonista y con un rival –Milei– que cebaba la hoguera al prometer una dolarización sin dólares y «a cotización de mercado».
Más allá de eso, la inflación actual insinúa una evolución más pareja y previsible para el cálculo de los agentes económicos que la de aquel entonces. A los sectores pobres de la sociedad, por su parte, por lo menos les «ordena» la escasez.
Más relevante que lo anterior es que la economía ratifica su inmersión en un régimen inflacionario del dos y pico mensual, lo que se revela como un piso muy difícil de perforar.
No por nada ese altiplano –una meseta elevada–, más allá de las excepciones de mayo y junio, cuando el IPC registró 1,5 y 1,6% respectivamente. Luego, en julio y agosto se estacionó a la orilla del 2%, para subir desde septiembre por encima de ese umbral y ya no bajar.

Una meseta insensible al desvelo de Javier Milei
Lo llamativo es que la inflación se rebele, indiferente a los esfuerzos del Gobierno, algunos de los cuales son remedios tóxicos y otros, simples artificios.
Lo primero es una economía que no es recesiva solamente por criterios estadísticos de medición –el INDEC viene de ajustar al alza su cálculo inicial del Estimador Mensual de Actividad Económica, EMAE– y por el aporte que hacen sectores con poco impacto en términos de empleo y sensación térmica: campo, hidrocarburos, minería e intermediación financiera. Lo demás –consumo, industria, comercio– permanece en una era de hielo sin final a la vista.

Entre los remedios con efectos secundarios adversos cabe mencionar también la severa apertura importadora, que destruye tejido empresarial y puestos de trabajo formales para que los bienes que ingresan incrementen la competencia y ayuden a mantener bajos los precios de los bienes localmente producidos.
Lo segundo, el artificio, es la polémica ancla cambiaria, resistida por el Fondo Monetario Internacional (FMI), cuyo Directorio y cuyo staff técnico ya no saben cómo hacer para que Milei y Caputo –y sus garantes, Donald Trump y Scott Bessent– entiendan que es necesario que el país acumule reservas aun cuando eso eleve la cotización del dólar y ralentice la desinflación.

El riesgo de no hacerlo, sostienen esos críticos «por derecha», es que la Argentina enfrente zozobras –como en estos días– cada vez que deba hacer frente al pago de vencimientos de deuda y que profundice sus fragilidades ante cualquier posible shock externo.
Si el Gobierno hace todo lo prudente y también lo contrario para que la inflación baje, ¿qué la mantiene amesetada?
De la unicausalidad…
Si leyera Letra P, el presidente monetarista abandonaría esta nota en este punto.

Eso, que si se lo piensa equivale a decir que el calor es un fenómeno térmico –las zonceras suelen ser verdades irrefutables–, lo lleva a explicar lo que ocurre en términos del rezago de los efectos de la política monetaria. Con todo, es interesante que el jefe de Estado «anarcocapitalista» –sic– vaya meloneando los plazos previstos de ese rezago.
El mercado parece coincidir con él. Según la última edición del Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM), la encuesta mensual que elabora el Banco Central en base a las proyecciones de las consultoras líderes, el IPC estaría a las puertas de una reducción que lo llevaría al 1,5% en mayo.

Sin embargo, eso no explica totalmente la meseta en medio de una cuasirrecesión y de una política deliberada de atraso cambiario, no acumulación de reservas, jubileo importador y bota aplicada sobre las paritarias salariales.
Sin sacar los pies del plato del dogma monetarista, las cuñas hoy críticas del viejo palo mileísta reprochan que la inflación mal podría bajar cuando la base monetaria creció más de 80% en términos reales –por encima de la inflación– en los últimos 18 meses. Para esos decepcionados, que no vinculan esa evolución con un sano aumento de la demanda de pesos, el mandatario no hace lo que dice.

Trabajo de Belén Maldonado y Julio Calzada para la Bolsa de Comercio de Rosario.
Quienes creen que el asunto «es más complejo» consideran el factor de la multicausalidad.
… a la multicausalidad
Los fines de año suelen ser calientes en materia de precios y este no es la excepción, sobre todo en carne y otros alimentos, que vienen trepando alrededor de 1% cada semana, según mediciones privadas. Con todo, la de noviembre no refleja esa tradición más que marginalmente. Todavía no circulan los aguinaldos y las compras navideñas no empezaron, si es que de verdad van a hacerlo.
Más relevante parece la inercia que el Gobierno no combate, sino que, al revés, fomenta.
Esto se expresa y, a la vez, forma expectativas en base al nivel de la inflación núcleo, que anticipa tendencia por excluir los precios estacionales y regulados.
La inercia se hace de las expectativas y comportamientos de los agentes, que reaccionan remarcando los precios que ofrecen en el mercado –de mercancías, servicios, salarios– para precaverse de lo que creen que viene.
¿Cómo podrían menguar esas expectativas, reflejos enraizados en el ser nacional por décadas de alta inflación, cuando las tarifas están indexadas –más allá del parate electoral– y empresas como las de medicina prepaga se limitan a mirar el IPC de cada mes para recargar sus cuotas sin que Toto Caputo vuelva a dar pataditas como las fugaces e inofensivas de 2024?
¿Cómo, cuando los combustibles suben hasta dos veces por mes, incluso ajenos a la inflación, al tipo de cambio y hasta al precio internacional del petróleo?
¿Cómo, por último, cuando otros contratos también se atan a la inflación pasada, proyectándola al futuro?
De la mano de la inercia viene el componente de la puja distributiva, que se expresa en el intento de las compañías formadoras de precios de recomponer márgenes de ganancia afectados por la caída del consumo y, en la medida en que es posible, de los sindicatos que intentan que los salarios recompongan al menos una parte de lo licuado y perdido en la mileinomía.
Lo claro es que los salarios atrasados y el consumo destrozado no tienen la culpa de lo que ocurre, por más que el Gobierno busque consolidar las malas remuneraciones en base al recurso silvestre de pisar las paritarias que le parecen «excesivas» y a la búsqueda de un trabajo estructuralmente precarizado que se expresa en el proyecto de reforma laboral.
La reacción conservadora usa al Estado para inclinar la cancha hacia el lado de la inversión, limando el reparto de la torta en perjuicio del salario. Sin embargo, se corre de su deber de intervenir ante cualquier abuso del mercado por entender, en clave anarcocapitalista, que los monopolios no son malos, sino productos necesarios de la realidad.
Los próximos meses demostrarán si, como dice Milei, su discutido apretón monetario termina de domar el potro nervioso de la inflación, aunque sea con las malas artes de la represión del consumo. Algo más del 40% del electorado aceptó esa receta en la última elección legislativa, probablemente por entender que no hay frente a esa ninguna narrativa plausible que preserve el camino a la estabilidad. ¿Se repetirá esa opción dolorosa en 2027?

En reunión con el economista Robert Merton antes de viajar a Oslo, al llegar a Oslo y al regreso de Oslo para firmar la reforma laboral: Javier Milei no se saca el mameluco de YPF. El presidente anarcocapitalista está enfervorizado con la petrolera controlada por el Estado, de cuyo desempeño exportador dependerá parte de su futuro político.
Por el contrario, si surgieran nuevos obstáculos o por mera sensatez dado lo que está costando este esquema de sustentabilidad dudosa, volvería una pregunta recurrente en la Argentina de la crisis permanente: ¿sería posible acabar con la inflación sin alguna suerte de acuerdo, aunque sea de mínimos, entre los diferentes sectores sociales y productivos?
Tantas veces prometido –no por Milei– como incumplido, el camino del pacto social parece tan difícil como imprescindible.
Cuando se presenta como un ejemplo el plan de estabilización aplicado por Israel de 1985, hay quienes suelen olvidar su impronta heterodoxa y todo lo que supuso en términos de negociación, dada la decisión del gobierno de ese país de que el esfuerzo fuera equitativo.
¿Un edificio fundado sobre el suelo arenoso de la injusticia podría superar la prueba del tiempo?
