La primera foto de Nicolás Maduro detenido fue difundida por Donald Trump.

Estados Unidos aplica su ley sin ley contra los aliados de China. El aplauso de Javier Milei, la condena de Lula da Silva. Una ruptura duradera con la región.

Los ataques militares registrados en ciudades de Venezuela como Caracas y La Guaira, así como en los estados de Aragua y Miranda, y las capturas de Nicolás Maduro y su esposa, la diputada Cilia Flores, consagran la ley de la selva en Latinoamérica, según la cual los Estados Unidos de Donald Trump se erigen en amos y depredadores máximos

Desde ahora, todos los presidentes de la región que no se allanen a las condiciones y demandas del republicano son potenciales objetos de caza, sin que medien declaraciones de guerra formales y ni siquiera razones valederas, salvo la de ser aliados de China.

Trump, un presidente que, en comparación con sus predecesores, no fue especialmente belicoso en su primer mandato (2017-2021), debuta así con la «doctrina de seguridad» a la que le puso su nombre, el Corolario Trump, el mes pasado.

La Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de Donald Trump le otorga a América Latina un lugar fundamental, mayor que en administraciones anteriores, y siempre en clave duramente intervencionista.

Donald Trump, doctrinas y corolarios para invadir

Donald Trump eligió como foto oficial al inicio de su segundo mandato una que lo muestra amenazante.

El Corolario Trump señala que «después de años de negligencia, Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y para proteger a nuestra patria y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Denegaremos a competidores no hemisféricos la posibilidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, así como de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio», señala en clara referencia a China.

El corolario, como se dijo, es la reedición –apenas más que un copy and paste– del establecido por el presidente Theodore Roosevelt en 1904, por el que Washington se arrogaba el derecho a intervenir militarmente en la región en función de intereses diversos y de modo discrecional. Fue la especificación de su época, cuando la competencia se disputaba con potencias extrarregionales europeas y no con China, de la mencionada Doctrina (James) Monroe de 1823, resumida en la premisa de «América para los americanos» y que apuntaba al fin del colonialismo y otras formas de intervención europeas en el continente.

Todas esas doctrinas y corolarios son un modo de decir, en definitiva, «América para los americanos… de Estados Unidos».

Donald Trump y la ilegalidad como nueva normalidad

El hombre que a fuerza de empuje, amenazas, insultos y votos se metió al Partido Republicano en el bolsillo, no es muy dado al cuidado de las formas, ni siquiera de las que rigen dentro de su propio país.

Lo concretado este sábado no contó siquiera con una declaración de guerra del Congreso, por no hablar de alguna resolución de la ONU. Se lo plantee como se lo plantee, eso resulta en una ilegalidad y un doble secuestro. Esta es la nueva normalidad.

El jefe de la Casa Blanca anunció el ataque a Venezuela y la captura de Maduro y Flores a través de un posteo en su red social Truth.

Es innecesario defender a Maduro, un dictador en toda la regla, para denunciar lo que Estados Unidos hace en Venezuela.

Es, en efecto, un tirano que se robó –al menos– los comicios de julio de 2024, que le dieron su última reelección. La presentación de las actas respectivas, reclamada hasta por referentes extranjeros más comprensivos como Cristina Fernández de Kirchner, nunca se produjo.

Maduro ganó simplemente porque él lo dijo, y envió al exilio a su entonces rival y presunto vencedor real, Edmundo González Urrutia, lo mismo que había hecho antes con numerosos dirigentes opositores, a quienes desactivó por esa vía o por la de la persecución judicial.

Además es un violador contumaz de los derechos humanos, un destructor de la vida económica de su país y el responsable del exilio de alrededor del 25% de la población.

Ahora será juzgado y quedará preso en Estados Unidos.

Nicolás Maduro.

Lo que importa, entonces, no es la defensa de ese hombre, sino el peligrosísimo precedente del poder que se vuelven a arrogar los Estados Unidos para sacar del poder a mandatarios que no le gustan, violando flagrantemente los principios de derecho internacional de no injerencia y resolución pacífica de controversias. Principios tradicionalmente defendidos por la diplomacia Argentina. Ya no.

Los servicios del amigo Javier Milei

Sobre Maduro no pesaba una orden de captura internacional y, si hubiese existido, nadie habría esperado que se efectivizara a través del expediente de los bombardeos. Sólo existía una investigación por presuntos delitos de lesa humanidad en la Corte Penal Internacional (CPI).

La Argentina de Javier Milei había insistido el mes pasado en que la CPI fuera más allá. Al fin y al cabo, para eso son los amigos que reciben cheques del Tesoro norteamericano con fines más electorales y partidarios que nacionales.

A tal fin, en septiembre de 2024, la Cámara Federal porteña ordenó la captura internacional de Maduro y del líder del ala militar del chavismo, Diosdado Cabello, por crímenes contra la humanidad. Esto, previo incluso al arresto en Venezuela del gendarme argentino Nahuel Agustín Gallo el 8 de diciembre de ese año, derivó en la emisión de alertas rojas de Interpol que limitaron la movilidad internacional de los mencionados.

La otra pinza, claro, fue la recompensa de 50 millones de dólares ofrecida por el Departamento de Estado –elevada respecto de los 15 millones que regían desde 2020– por información que llevara a la captura del dictador. Los cargos, narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y posesión de armas.

Narcoterrorismo, el nuevo fetiche 

Narcoterrorismo es el concepto de moda, el que la Casa Blanca esgrime para gatillar –literalmente– el Corolario Trump.

Estados Unidos le achaca a Maduro ser el capo del «Cartel de los Soles», entidad que, según la prensa de calidad estadounidense, sólo existe en las justificaciones del complejo de inteligencia de ese país.

Eso no significa que no haya exportación de drogas desde Venezuela, pero parece difícil hablar de un cartel a la usanza de los colombianos o los mexicanos, y la referencia a los «soles» apunta a la forma de los galones de los militares venezolanos. En parte de la oficialidad anidaría el corazón de ese negocio.

Lo curioso es que mientras Trump se preparaba para secuestrar a un presidente –un dictador, sí–, indultaba al exmandatario de Honduras Juan Orlando Hernández (2014-2022), condenado en los propios Estados Unidos a 45 años de prisión por conspiración para haber introducido 400 toneladas de cocaína. ¿La excusa? Que la condena había sido una operación de Joe Biden, el chivo expiatorio que el actual presidente usa para casi todo.

Más: Hernández, extraditado en 2022 y condenado en 2024, fue el titular del Partido Nacional hondureño, representado en las últimas elecciones por el candidato que apoyó Trump y que se impuso en un escrutinio cuestionado, Nasry «Tito» Asfura. El doble patrón aúlla.

Hay, respecto del madurismo y el narcotráfico, un antecedente más viejo: el de los «narcosobrinos».

Estos –Efraín Antonio Campo Flores y Franqui Francisco Flores de Freitas–, sobrinos en verdad de Cilia Flores, fueron arrestados por la Drug Enforcement Administration (DEA) en Haití en noviembre de 2015 mientras arreglaban el despacho de 800 kilos de cocaína hacia los Estados Unidos.

Fueron juzgados en Nueva York, donde se ventilaron las facilidades que les daban para su negocio las vinculaciones con el poder venezolano, lo que derivó en una condena, emitida en 2017, a 18 años de cárcel. Finalmente, en octubre de 2022 fueron liberados por Biden como parte de un canje por siete estadounidenses detenidos en Venezuela.

Antecedentes de un giro histórico

En los últimos días, Trump había añadido otro supuesto casus belli: el «robo» de petróleo «de las compañías estadounidenses» que supuso la nacionalización de la cuenca de la Faja del Orinoco en mayo de 2007, decidida por Hugo Chávez. Eso, más que una denuncia con sentido es un anticipo del modo en que el republicano espera cobrarse los servicios prestados a la oposición venezolana que responde a la premio Nobel de la paz María Corina Machado.

El tradicional argumento de «llevar la democracia» a los pueblos oprimidos eta vez, si se lo esgrime, es de modo apenas marginal.

Lo ocurrido en Venezuela recuerda la invasión a Panamá de diciembre de 1989 ordenada por George Bush (padre) y la captura de Manuel Noriega en enero de 1990. La fundamentación fue, también en ese caso, el narcotráfico, emprendimiento del general que nunca había molestado mientras había servido lealmente a la CIA y no había comenzado a mostrar veleidades nacionalistas.

Tiene, como antecedente inmediato, los ataques del Comando Sur a las llamadas «narcolanchas» en el Caribe y en el Pacífico, que ya han dado cuenta de más de cien muertes motivadas más que en hechos probados en las meras sospechas de quienes deciden lanzar los misiles.

El caso, constitutivo de verdaderos crímenes de guerra, motivó el mes pasado la salida del anterior jefe del Comando Sur, almirante Alvin Holsey, quien al parecer no quería terminar perseguido por la Justicia. Su reemplazante, el teniente general del cuerpo de Marines Francis L. Donovan, está debidamente alineado y no teme esas consecuencias.

El nuevo-viejo rostro de Estados Unidos

Lo de ayer fue espectacular, aunque en lo militar tiene por ahora una escala limitada.

Los ataques a narcolanchas y las amenazas de invasión proferidas durante semanas y hasta meses habían buscado abrir una brecha en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) que limitara los costos militares, económicos y reputacionales de los Estados Unidos desatando a una rebelión interna que sacara a Maduro y propiciara un cambio desde dentro del régimen.

No ocurrió, entre otras cosas, porque la FANB ha sido cuidadosamente purgada durante varios lustros, con asesoramiento de otros especialistas en supervivencia: los servicios cubanos.

¿La escala de este sábado sería capaz de servir a aquel mismo fin? Lo cierto es que a Trump no le basta con la captura de Maduro. Su doctrina dice claramente que irá contra todo gobierno que le abra la puerta a China. Así, le hace falta más: un cambio de régimen.

Se verá si esto desata una confrontación militar y civil en Venezuela, donde el chavismo activó de inmediato todos sus resortes bajo el mando de Diosdado Cabello y la continuidad que representa la vicepresidenta Delcy Rodríguez.

Si no se diera una transición pactada, habrá que ver si Trump está realmente decidido a convertir a ese país en un Irak sudamericano.

Javier Milei aplaude, la región se divorcia

Estos episodios constituirán, a no dudarlo, un antes y un después en la relación entre los Estados Unidos y América Latina. Esta se dividirá, igual que ahora pero con mayor pasión, entre peones de Washington y líderes temerosos de sus objetivos y métodos, que retroceden a lo peor y más descarnado de los siglos XIX y XX.

El extremista de derecha Milei, endeudado con el norteamericano personal, política y financieramente, y que en la última cumbre del Mercosur defendió en soledad lo que definió como «la presión» de Trump sobre Maduro, ahora fue más allá y directamente apoyó los bombardeos y los secuestros.

Previsiblemente, China y Rusia deploraron lo ocurrido, mientras que, en lo regional, Cuba y la Colombia de Gustavo Petro hicieron lo propio.

Brasil, que tiene un presidente como Luiz Inácio Lula da Silva que, entre muchas otras cosas, entiende los peligros del intervencionismo, denunció que estos episodios «cruzan una línea inaceptable. Esos actos representan una afrenta gravísima a la soberanía de Venezuela y un precedente extremadamente peligroso para toda la comunidad internacional».

A futuro, más allá de las adhesiones caninas de la coyuntura, el daño para la relación de Estados Unidos con América Latina –donde los gobiernos de izquierda de México y hasta de Brasil tienen ahora motivos para temer agresiones y acciones desestabilizadoras de diferente tipo– será inmenso.

Entre los principales líderes europeos primó, de inicio, la cautela. Entendible: las forzadas negociaciones para ponerle fin a la invasión rusa a Ucrania oscilan entre el daño al país agredido y el abandono de la OTAN por parte de la hiperpotencia, así como una amenaza de dejar que Vladímir Putin simplemente consume su obra.

Sin embargo, no es seguro que esa prudencia se sostenga en momentos en que Trump no deja de amenazar con capturar Groenlandia, un territorio administrado por Dinamarca –miembro de la Unión Europea y de la OTAN– por «necesidades de seguridad nacional».

El mundo entero ahora sabe que Trump no sólo ladra. También muerde.

(Nota publicada en Letra P).