El presidente de Estados Unidos avanza a tientas, pero no quiere el caos. ¿A qué juega Delcy Rodríguez, la «presidenta encargada»? El peón argentino, ¡afuera!

Más que un cierre, el secuestro en Venezuela y el encarcelamiento en Estados Unidos de Nicolás Maduro supone el inicio de una etapa nueva o, mejor, de una transición enigmática para la que el gran protagonista, Donald Trump, no parece contar con una hoja de ruta clara.

En este proceso errático, un espectador que querría ser parte del proceso, Javier Milei, queda al margen y sólo puede ofrecerse como el celador encargado de poner en fila a los alumnos del nuevo orden regional.

Se trata de un orden peligroso por la incertidumbre que conlleva en el corto plazo y por el rumbo que anticipa en el largo.

El patio trasero que diseña Donald Trump

La intervención financiera del Tesoro estadounidense en la previa de las elecciones de mitad de mandato de la Argentina –una forma de «ocupación» menos cruenta que la militar, pero de efectos tal vez más duraderos– fue el primer paso de una estrategia destinada a ir poblando la región, de a poco y con métodos diversos, de gobiernos de derecha.

A ese experimento exitoso siguió la injerencia explícita y amenazante que logró que en Honduras resultara electo –por un margen exiguo y en un proceso muy discutido– Nasry «Tito» Asfura, protegido de Trump y heredero político de Juan Orlando Hernández, el narcotraficante condenado e indultado por el jefe de la Casa Blanca. Era Asfura o el acoso y la guerra, había avisado el republicano a los votantes.

Ahora, en principio con las armas, pero en el futuro tal vez con los votos, es el turno de Venezuela y el año que viene podría ser el de Colombia y Brasil, que celebrarán comicios presidenciales.

La mecha de la paciencia del norteamericano con Gustavo Petro, con todo, podría ser más corta: «Que se cuide el culo», le dijo cuando Maduro y su esposa Cilia Flores ya iban camino al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, conocido como «el infierno en la Tierra».

¿Están seguros, en tanto, Cuba y México frente a posibles actos hostiles u operaciones de desestabilización? Da la impresión de que los gobiernos latinoamericanos opuestos a la «doctrina Donroe» –el corolario Donald Trump de la doctrina Monroe– juegan al póker sin cartas en las manos.

Como sea, la cuestión por ahora es Venezuela y la salida del laberinto intrincado que se inauguró el sábado.

Delcy Rodríguez, la otra prisionera

Trump confió en que la vicepresidenta y ahora «presidenta encargada», Delcy Rodríguez, «hará lo que nosotros digamos», mientras que el secretario de Estado, Marco Rubio, candidato fuerte a suceder a Trump dentro del oficialismo, dijo que es demasiado pronto para hablar de elecciones.

Rodríguez y las alas más y menos radicales de lo que queda de la dirigencia chavista están en una situación imposible, propia del dilema del prisionero.

¿Puede la mujer hacer otra cosa que denunciar lo ocurrido, reivindicar la soberanía de su país, afirmar que Maduro sigue siendo «el único presidente», reclamar su restitución y negar en público cualquier contacto o negociación con Estados Unidos?

¿Puede seguir adelante sin asegurarse el respaldo del ala militar del régimen y, en concreto, de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB)?

Por último, ¿puede ignorar que Trump le advirtió que «si no hace lo correcto», esto es seguir sus directivas para gobernar Venezuela,«va a pagar un precio muy alto, probablemente más alto que el de Maduro»? Evidentemente no, por lo que, tras conocerse estos dichos, publicó un comunicado en Instagram en el que invitó «al gobierno de los Estados Unidos a trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación, orientada al desarrollo compartido, en el marco de la legalidad internacional». De la liberación de Maduro ya no dijo nada.

El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) la confirmó como «presidenta encargada» –interina– para «garantizar la continuidad administrativa y la defensa integral de la nación». Es interesante entender qué enfoque adoptó esa alta corte en base a la Constitución venezolana.

Obviamente, aunque no sea más que una decisión testimonial, evitó aplicar para la sucesión el artículo 233, que habla de habla de las «faltas absolutas del Presidente». Así, encuadró el futuro en el 234, que da cuenta de «faltas temporales». Delcy Rodríguez gobernará en principio por «90 días, prorrogables por decisión de la Asamblea Nacional por noventa días más».

«Si una falta temporal se prolonga por más de noventa días consecutivos, la Asamblea Nacional decidirá por mayoría de sus integrantes si debe considerarse que hay falta absoluta», continúa.

Semejante declaración será objeto de una evaluación política del legislativo unicameral, lo que podría no ocurrir nunca y que el chavismo siguiera reclamando el retorno de Maduro. Sin embargo, en caso de que se diera ese paso, se abriría la posibilidad de nuevas elecciones en el mes subsiguiente. Como en el Juego de la Oca, habría que volver entonces al artículo 233, el de la falta absoluta.

¿Anida allí un espacio para una transición negociada?

«Lo correcto» según Donald Trump

El chavismo sigue ocupando el Palacio de Miraflores y, al menos por ahora, la presidenta interina recibió el apoyo de la FANB, del ministro del Interior, el poderoso Diosdado Cabello –otro con pedido de captura en Estados Unidos–, y de un subordinado político del líder del ala militar, el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López.

Delcy Rodríguez flanqueda por el líder del ala militar chavista, Diosdado Cabello, y el ministro de Defensa, Padrino Rodríguez.

Delcy Rodríguez flanqueda por el líder del ala militar chavista, Diosdado Cabello, y el ministro de Defensa, Padrino Rodríguez.

¿Harán todos esos factores de poder «lo correcto» que reclama la Casa Blanca y le darán espacio a Rodríguez para buscar un atajo? No es seguro. Por lo pronto, Estados Unidos sostiene la presión de la flota que mantiene en el Caribe y la amenaza de un segundo ataque, presumiblemente contra instalaciones portuarias y aeroportuarias. Eso sería justamente una invitación al caos que no nadie quiere desatar.

El chavismo no es un gobierno; es un régimen. Basta reparar en la sigla de la Fuerza Armada Nacional, a la que Hugo Chávez le adosó en 2008 el término «Bolivariana».

Además, controla el TSJ, uno de los cinco poderes autónomos establecidos por la Constitución de 1999, junto a los tres tradicionales y al Ciudadano; 23 de las 24 gobernaciones y el 85% de los municipios. El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) es un partido de Estado. Claro, todo empieza y todo termina, desde el Imperio Romano a la Unión Soviética, pero casi nadie elige voluntariamente el caos.

¿Donald Trump improvisa sobre la marcha?

Si se le da una vuelta analítica más al lazo que une las intervenciones –diferentes, pero intervenciones al fin– de Estados Unidos en Argentina y en Venezuela, vienen a la memoria los dichos de Scott Bessent para justificar lo hecho en nuestro país y la presión que ya arreciaba sobre Caracas: Washington no quiere en su «patio trasero» Estados fallidos que lo compliquen con la formación de carteles y la emisión de migrantes. Quiere gobiernos que garanticen a sus intereses, se alejen de China y sean capaces de controlar los acontecimientos.

Así pensado, no sorprende que el secuestro del dictador venezolano sea seguido de una política sin salida predeterminada, con la que Trump y Rubio –uno de los inspiradores de la aventura– buscan, antes que un ascenso raudo del antichavismo, una transición desde dentro del régimen. En principio con Delcy Rodríguez, para lo que haría falta que la FANB ingresara en un estado deliberativo –sin fracturarse y provocar una guerra civil– que permitiera negociar, tal vez, ciertas impunidades a cambio de una transición vigilada.

El caos puede producirse por acción de los demonios que se han desatado, pero Estados Unidos no apuesta a él. Por eso Trump ninguneó a la lideresa de la oposición, María Corina Machado, y su pretensión de que asuma el poder el candidato derrotado con fraude en las elecciones de 2024, Edmundo González Urrutia, hoy exiliado.

Machado «es una mujer muy agradable, pero que no tiene el respeto en su país» como para gobernar, dijo el republicano el mismo sábado. «María Corina Machado es fantástica, la conozco desde hace años y ella es todo el movimiento, pero aquí estamos lidiando con una realidad: nosotros queremos una transición a la democracia, pero la mayoría de la oposición está en el exilio y tenemos que pensar en las próximas dos o tres semanas, dos o tres meses», ratificó Rubio. No puede decirse que les falte razón.

Javier Milei y la virtud de la prudencia

Milei salió el sábado, raudo y excitado, a peinarse para una foto a la que nadie lo invitó. Habría quedado menos expuesto si hubiese sido más comedido.

En su primer posteo tras el secuestro de Maduro, dijo que «la Argentina está lista para ayudar en la transición a una Venezuela libre, democrática y próspera». Sin embargo, Trump tenía otros planes. «Nosotros vamos a dirigir a Venezuela en la transición, con la gente que está parada detrás mío», aclaró en su conferencia de prensa sin siquiera saber qué había dicho su peón del Cono Sur. Sin ayudas.

Para peor, tanto el jefe de Estado como el incontinente canciller Pablo Quirno repostearon la carta abierta en la que Machado dijo que el antichavismo estaba listo para gobernar.

El segundo hasta se dio tiempo para lanzar un comunicado oficial que expresó que «el Gobierno argentino espera y apoya que esta nueva situación haga posible que las autoridades legítimamente elegidas por el pueblo venezolano en las elecciones celebradas en 2024, incluido el presidente electo Edmundo González Urrutia, puedan finalmente ejercer su mandato constitucional». Y sobre llovido, mojado otra vez: el Presidente dio luz verde a un comunicado en el mismo sentido. Seguro que después de escuchar a Trump y a Rubio vio la luz.

Milei, todo el tiempo a contramano, habla de libertad cuando su homólogo estadounidense menta narcoterrorismo y petróleo, y –con las diferencias del caso– reedita Tiempos recios, el libro de 2019 en el que Mario Vargas Llosa cuenta el derribo de Jacobo Árbenz en la Guatemala de 1954 a cuenta de la United Fruit Company.

La realidad estalla: el argentino estuvo siempre al margen de lo que Trump decidió para el futuro de Venezuela, no tiene idea de sus planes y, desde ya, no tiene voz en ellos. Fenómeno barrial.

Así, se limita a lo que puede ofrecer y darle cierto lustre: organizar, bajo las órdenes superiores de Washington, el alineamiento que se gesta en la región.

Para eso confronta con Luiz Inácio Lula da Silva sin elegancia, como fue el caso del video que publicó reiterando su discurso en la última cumbre del Mercosur, en el que apoyó «la presión de Estados Unidos y de Donald Trump para liberar al pueblo venezolano». La edición muestra todo el tiempo al brasileño contrariado, «domado» y, al final, abrazado con el tirano.

Presa de un renovado frenesí macartista, anuncia también la organización de una reunión de diez mandatarios de derecha en Buenos Aires, una suerte de liga regional reaccionaria.

Acaso ese rol, el de organizador de la comparsa, le caiga como anillo al dedo.

(Nota publicada en Letra P).