El presidente de Estados Unidos y la interina de Venezuela gestionan la transición como un duelo de nervios. Petróleo y democracia: ¿sólo cuestión de tiempo?
Imagen generada con inteligencia artificial (ChatGPT).
Transcurridas casi dos semanas desde el secuestro de Nicolás Maduro por orden de Donald Trump y de la imposición de una severa tutela de Estados Unidos a Venezuela, la transición política en el país caribeño evoluciona en términos llamativamente suaves, indicador de un duelo que, tal vez, sólo está por comenzar y aún reserve episodios de alto voltaje.
La postal del momento luce contradictoria, para impaciencia de los núcleos más duros del chavismo y el antichavismo, que no saben si denunciar la inacción de los líderes que les quedan o hacer un enorme ejercicio de paciencia para entrever las estrategias que manejan unos y otros ante un poder militar y económico tan irresistible como el que acaba de instalarse.
Maduro y la «primera combatiente» Cilia Flores permanecen detenidos en Nueva York, a la espera de un juicio tan controvertido en cuanto a sus métodos y pruebas materiales como cantado en su final de condena durísima.
Donald Trump y Delcy Rodríguez: matrimonio por conveniencia
La presidenta interina Delcy Rodríguez intenta un precario día a día destinado a salvar lo que queda del régimen y a figuras poderosas también reclamadas en Estados Unidos por cargos de narcoterrorismo. Para eso combina gestos de apertura, como la excarcelación –una libertad limitada– de presos políticos, y otros de dureza, como la preservación del aparato de represión interna de la disidencia y sus prácticas.
En ese sentido, va espaciando sus alusiones al «presidente legítimo» Maduro y actúa como si lo suyo fuera, como en efecto lo es, mucho más que un interinato en espera del retorno del «rey ausente».
Figuras clave del chavismo como los abanderados del costado más represivo del régimen, los ministros de Interior –Diosdado Cabello– y de Defensa –Vladimir Padrino López–, bajaron cuatro cambios sus críticas al «imperio» y sostienen el apoyo público a Rodríguez. Wanted en Estados Unidos, saben que no hay fuerza en el mundo que los proteja de la que abdujo a Maduro y que su supervivencia, día a día, se juega en el equilibrio entre la identidad política y la obediencia silente a la potencia que lleva a cabo una ocupación virtual.
El mensaje de Nicolás Maduro
Los ayuda para eso un significativo mensaje enviado por Maduro desde su prisión de Nueva York a través de su equipo de abogados.
«Confíen en Delcy, en el equipo que está al frente y en nosotros. Ese fue el mensaje que nos enviaron», dijo el martes, durante una movilización oficialista en Caracas, el hijo del dictador depuesto y diputado «Nicolasito» Maduro Guerra. Otro «buscado» que se juega más cosas que la prolongación de un proyecto político de 25 años.
No obstante, los últimos mensajes públicos de la presidenta encargada, en los que se deshace en muestras de respeto a Trump, habla de «cooperación» y evita mencionar la locura del sábado 3, generan perplejidad entre los chavistas de a pie, acostumbrados a la obediencia a un liderazgo revolucionario que han dejado de decodificar.
El republicano devuelve todas las paredes. El malevaje extrañado mira sin comprender.

Donald Trump y el petróleo: la idea fija
Mientras, Trump no da señales de empezar a hablar de otra cosa que no sea petróleo, petróleo y petróleo. La intervención estadounidense de PDVSA ya concretó las primeras exportaciones de crudo por 500 millones de dólares. Será interesante saber, en los próximos días, qué se hace con ese dinero por ahora retenido.
¿Democracia? Eso ya no es ni siquiera una narrativa vacía, pretendidamente legitimadora, en la que la política internacional lleva a cabo un abandono de las palabras y de toda pretensión narrativa. La política internacional ha dejado de ser política.
Sin embargo, algún gesto hay que hacer a los impacientes, lo que explica la recepción este jueves de la líder antichavista María Corina Machado en la Casa Blanca.
De seguro Trump encontrará «una mujer fantástica», «una líder excepcional» y alguien que, con paciencia y patriotismo, comprenderá que la urgencia pasa por «evitar el caos» y la conversión definitiva de Venezuela en un Estado fallido. Su tiempo ya llegará, le prometerá quien deberá abandonar para siempre el poder el 20 de enero de 2029.

María Corina Machado visitó en el Vaticano al papa León XIV antes de su encuentro con Donald Trump.
Delcy Rodríguez vs. María Corina Machado
Entre Delcy Rodríguez y Machado –¿le ofrendará su Nobel de la Paz al estadounidense?; ese sería un espectáculo imperdible– se establece un duelo particular: dos mujeres tironeando del jefe de la Casa Blanca con horizontes temporales opuestos.
Las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre próximo marcarán el tono del gobierno republicano en lo sucesivo.
La renovación de las 435 bancas de la Cámara de Representantes y de un tercio del Senado podrían consagrar, al menos según indican las últimas encuestas, un renacimiento demócrata e imponerle a Trump un segundo tiempo que lo tenga más ocupado en evitar un juicio político que en llevarse al mundo por delante. Eso, con todo, es hoy sólo una especulación.

Un resumen de encuestas del sitio RealClearPolitics muestra un fuerte aumento del rechazo a Donald Trump y delinea, a priori, un escenario adverso para el Partido Republicano en los comicios legislativos de noviembre.
En virtud de ese hito, el tiempo vuela para Machado: ¿qué garantías tendría de la realización de elecciones realmente libres en Venezuela, así como de la persistencia de un respaldo armado de Estados Unidos, sin el cual podría ganar unos comicios, pero no desmantelar un régimen que controla todos los resortes políticos, legislativos, judiciales, territoriales y represivos de Venezuela?
Por su parte, ¿qué impacto tendrá el resultado sobre la evidente estrategia del chavismo residual de hacer el aguante para ver si es posible lidiar más adelante con un Trump debilitado?
Maduro, seguramente, está perdido para siempre, pero no necesariamente todo lo que dejó atrás.
