El Foro mostró las diferencias en el matrimonio desigual. El populista permitido. La imposibilidad de pensar el Estado y el mundo. Maquiavelo no murió.
Javier Milei deambula por el mundo y por el mercado financiero aferrado a la mano de Donald Trump, expresión de una fusión ampliamente funcional a ambos, pero con afinidades ideológicas limitadas. Son las dos gotas de agua más disímiles que se podría imaginar. Una extraña pareja suelta en Davos.
Lo que comparten está a la vista: una sensibilidad política de extrema derecha, socialmente darwinista, prorrico, macartista, antifeminista, adversa a la preservación de los derechos de las minorías de todo tipo y, sobre todo, indiferente a las virtudes republicanas de la división de poderes y la limitación del Ejecutivo.
Además, coinciden en sus rasgos de autocelebración, grandilocuencia y cierto narcisismo y, una anécdota, en la sed por el Premio Nobel: el argentino por el de Economía; el estadounidense por el de la Paz.
El sudamericano suma la fascinación de las derechas criollas de los siglos XX y XXI por el American way of life, algo así como lo que respondería un niño cuando se le preguntara qué querría ser cuando fuera grande.
Lo que los separa, en tanto, parte de lo evidente y de lo más señalado, pero hunde sus raíces hondamente. Identificar esto, que emergió este miércoles explícitamente de sus respectivos discursos ante el Foro Económico, ayuda a comprender mejor ese matrimonio por conveniencia.
Javier Milei, de lo obvio a lo repetido
Milei leyó durante 29 minutos; Trump improvisó durante 72. Los dos fueron claros a su manera.
La primera diferencia entre ambos es la obvia: la abismal desproporción del poder que manejan.
Otra, la más frecuentemente mencionada, no es necesariamente concluyente: mientras el jefe de la Casa Rosada abre lo más rápidamente que puede la economía nacional a las importaciones, el de la Casa Blanca cierra la estadounidense a fuerza de aranceles.
Esto es importante, pero en un sentido también es discutible: los dos mandatarios pueden haber llegado, incluso con buenas razones, a la conclusión de que la economía argentina estaba demasiado cerrada y la norteamericana, demasiado abierta.
La discrepancia más medular pasa por sus concepciones sobre el poder, el mercado y el Estado. Y el mundo, claro.
Javier Milei y una necesidad sorprendente
En su discurso ante la flor y nata del capitalismo global, Milei comenzó, solemne, señalando algo que nadie podría refutarle. «Estoy aquí, frente a ustedes, para decirles de modo categórico que Maquiavelo ha muerto», anunció. Es cierto: ocurrió el 21 de junio de 1527.
Lo que siguió resultó más discutible, para empezar por su uso del fundador del estudio sistemático de la política moderna para fundamentar que «la oposición entre las dimensiones de eficiencia y justicia es falsa y errónea». No se sabe qué leyó o qué entendió de El Príncipe o de Los discursos sobre la primera década de Tito Livio.

Nicolás Maquiavelo, que «ha muerto», según anunció Javier Milei en Davos.
Con todo, ese inicio marcó el tono de un discurso que buscó justificar filosóficamente su visión anarcocapitalista. Llama la atención la necesidad de Milei de afirmar una y otra vez que su peculiar cosmovisión es superior a otras y de adornar ese dogma con citas de autoridad.
Igual, aunque anodino, lo de este miércoles fue bienvenido: al menos evitó equiparar homosexualidad y pederastia.
El juego de las diferencias entre Javier Milei y Donald Trump
Más pragmático, Trump contó que le está «pidiendo al Congreso que limite las tasas de interés de las tarjetas de crédito al 10% durante un año». Al respecto, se quejó en términos que el argentino jamás usaría: los bancos «les cobran a los estadounidenses tasas de interés del 28%, 30%, 31%, 32% (anual)». «¿Qué pasó con la usura?», peguntó.
Siempre en la suya, el mandatario argentino afirmó que «la omnipotencia del Estado y las regulaciones destruyen el derecho de propiedad y eso mata los rendimientos crecientes y, por ende, el crecimiento es menor».
«Tal como señala el profesor Jesús Huerta de Soto, (…), la eficiencia no es compatible con diversos esquemas de equidad o justicia, sino que surge única y exclusivamente de uno de ellos, el cual se basa en el respeto de la propiedad privada y la función empresarial», añadió.
Otro contrapunto: su referente norteamericano siguió defendiendo sus últimas iniciativas, tachadas de «populistas» por el mercado financiero, pero que buscan restablecer una noción de justicia social –la «aberración»– para recuperar la confianza de un electorado que empieza a ponerle mala cara.

«Las casas se construyen para las personas, no para las corporaciones, y Estados Unidos no se convertirá en una nación de inquilinos. Es por eso que firmé un decreto que prohíbe a los grandes inversores institucionales comprar viviendas unifamiliares», dijo.
Milei insistió con su baguala, que siempre termina en el apotegma del «prócer» Alberto Benegas Lynch. Los derechos vinculados a la propiedad «se complementan con el principio de no agresión, el cual establece que ningún ser humano tiene derecho a ejercer agresión de ningún tipo contra otro ser humano, lo cual no sólo incluye la agresión física, sino también todo tipo de coacción, coerción y oposición bajo amenaza de uso de la fuerza», declamó.
El Estado y el mundo, dos entelequias
Es difícil conciliar los principios esgrimidos por el jefe de Estado «anarcocapitalista» con tanto uso desmedido de la fuerza por parte de sus efectivos policiales, por sólo citar un ejemplo, cada miércoles contra los jubilados.
Es claro que el Presidente habla de las relaciones entre «individuos libres e iguales», una estilización teórica del liberalismo fundacional –una hipótesis de trabajo– que se toma demasiado a pecho y le resulta cómoda para no tener que pensar en diferencias de poder vinculadas al género, lo laboral y la riqueza, generadoras de conflictos que dirime sin asco con el poder coercitivo del Estado del que abjura en los discursos.
Si hubiese que tomarse en serio sus palabras –no hay por qué no hacerlo–, sería fácil detectarle una dificultad aguda para pensar la propia naturaleza del Estado.
El paleolibertarismo que cultiva Milei –de ahí sus permanentes citas a Murray Rothbard– es un matrimonio entre el libre mercado y el conservadurismo valórico. Las formas de organización social que aprueba ese pensamiento son las «espontáneas» (la familia, la iglesia, la empresa y el mercado) y las que censura son las «coercitivas», con el Estado a la cabeza.
Además de conservador, ese pensamiento es profundamente autoritario, lo que se vincula con una rareza del discurso del Presidente en Davos: la reivindicación del derecho romano ya no como una fuente de la legalidad contemporánea, sino como un corpus al que hay que «abrazar» in totum.

Ese plexo normativo, fraguado desde la república y codificado en el imperio, consagraba un orden social jerárquico, se correspondía con una sociedad oligárquico-aristocrática, incorporaba la esclavitud, desconocía el principio de igualdad ante la ley y resultaba ajeno a cualquier noción de división del poder que fuera más allá de lo funcional y llegara a mecanismos de control y limitación recíprocos. Todo se aclara.
Dado que el derecho romano terminó su largo proceso de codificación en el siglo VI, se puede afirmar que la idea de legalidad del Presidente atrasa 1500 años.
Urbi et orbi
Si Milei no sabe pensar el Estado –no, al menos, uno democrático contemporáneo–, es muy difícil que conciba un mundo aún organizado en buena medida en tales entidades. Es como si su pensamiento se congelara en ese punto y le facilitara la salida sencilla del sometimiento a un Leviatán ajeno.
El mandatario puede denunciar, como lo hizo este miércoles, «los continuos desastres causados por el socialismo» y poner como ejemplo lo ocurrido con el chavismo en Venezuela, «no sólo por una caída del 80% de su PBI, sino, mucho peor aun, por el establecimiento de una narcodictadura sangrienta, cuyos tentáculos terroristas se expandieron por todo nuestro continente americano».
Sin embargo, hay un salto argumental notable entre el pacifismo del «anarcocapitalista» que lee discursos y la Doctrina Donroe que sirve para que Estados Unidos se apropie de América Latina, bombardee un país y secuestre a su presidente –más allá de su carácter dictatorial– y le imponga la tutela indefinida de un deus ex machina.
Lo mismo cabe decir sobre Groenlandia, cuya apropiación por parte de Washington se supone que el argentino respalda, más allá de la inexistencia de títulos, derechos ni legitimidad que justifiquen tal pretensión.
Mal que le pese al Presidente, Trump prueba que Maquiavelo está más vivo que nunca.
