Cuando se habla de Hugo Chávez suele olvidarse convenientemente qué lo engendró: la ceguera homicida y suicida de una élite política y económica absolutamente indiferente a las necesidades más acuciantes de su pueblo. Y una corrupción inconcebible que fue de la mano de ese proceso, que hizo de Venezuela uno de los países más saqueados del mundo.
El impresionante boom petrolero de los años 60 y, sobre todo, 70 se dilapidó por completo. La década perdida de los 80 también fue ley allí, y los índices de pobreza cercanos al 70%, mezclados con la lógica del ajuste, derivaron en la olla a presión que explotó en el Caracazo en 1989. Chávez es hijo de ese proceso.
Su formación política juvenil fue ecléctica, y, aunque incluyó nociones de marxismo, nunca fue más allá del nacionalismo de izquierda. Éso centró su larga actividad conspirativa en los cuarteles y sus inicios políticos. No el socialismo.
Tuve oportunidad de entrevistarlo en 1992 (aún conservo su tarjeta personal), cuando llegó a Buenos Aires invitado por el Grupo Albatros y los carapintadas. Su discurso era popular, pero sobre todo anticorrupción, y nada evidenciaba un sesgo socialista.
La transformación se produjo después del golpe de 2002. Un tiempo después, en 2004 para ser precisos, aparece la prédica socialista en su discurso, que en estos días se expresa en una ola nacionalizadota que insólitamente escandalizó al establishment argentino (¿será que también nuestros empresarios se han sensibilizado con la causa de la Patria Grande y que las heridas de los hermanos ahora les duelen también a ellos?).
Chávez llevó la salud y la alfabetización adonde nunca habían llegado, reivindicó lo popular y le dio voz por primera vez en la historia de su país, construyó infraestructura. El chavismo es (Randazzo dixit) peronismo a la venezolana.
Pero también es cierto que tiene rasgos autoritarios (amplificados hasta la náusea por sus enemigos), que ha dilapidado mucho dinero (y una nueva chance de desarrollo a largo plazo para su país) y que suele cometer torpezas. Demorar absurdamente en el aeropuerto de Caracas a los Vargas Llosa, dar pie a que se hable de disparates como detenciones y censura, terminó por darle al foro opositor de estos días una entidad que no tenía ni podía tener.
Otra torpeza: lo inoportuno, por tiempo y por forma, del caso Techint. Con él, sin prestar atención al calendario electoral argentino, dañó políticamente en un momento clave a un gobierno amigo como el de Cristina. Y no es un dato menor.
Argentina y Brasil, la pertenencia al Mercosur en definitiva, son el mejor y acaso único reaseguro internacional que el bolivariano tiene contra una nueva y eventual intentona golpista. Bush se fue, pero a Chávez no le sobran amigos que puedan hacer la diferencia entre su permanencia o una salida abrupta del poder. Una alternativa que, ante la evidencia de las elecciones perdidas en cadena, los más poderosos sueñan sin pausa en Venezuela.