«No puedo apretar un botón y reinstalar a Zelaya. Algunos de los que han criticado la injerencia de los Estados Unidos en América Latina, se quejen ahora de que no están interfiriendo lo suficiente». Con lógica cuestionable, Barack Obama salió a justificar la calculada tibieza de su gobierno para lidiar con el golpe de Estado en Honduras, un precedente peligroso que inquieta y mucho a varios gobiernos de la región. De este modo revierte lo que fue ampliamente considerado como una reacción inicial favorable, que consistió en condenar la asonada, reconocer la legitimidad de Manuel Zelaya (aunque éste fuera un aliado de Hugo Chávez) y articular una respuesta en el marco de la OEA.
Es atractivo el planteo de Obama, el de unos Estados Unidos restringiendo su intervencionismo tradicional y respetando los asuntos internos de los países latinoamericanos. Así, la Casa Blanca no está obligada a imponer sanciones económicas que serían letales para los neogolpistas hondureños, que parecen bien encaminados en su objetivo de imponer con éxito una nueva era de lo que podríamos denominar con el oxímoron de “golpismo institucional”.
Porque Obama miente. Si realmente estuviera decidido a dejar de lado el intervencionismo de su país, por ejemplo, levantaría sin más trámite el embargo contra Cuba. Por otro lado, resulta obsceno o directamente ridículo que hable de respeto y de no injerencia mientras prepara un desembarco (aun más) masivo del poder militar norteamericano en Colombia, para inquietud de Venezuela, Ecuador, Brasil y otros países.
Lo que hace Obama es, una vez más, equilibrio. En este caso, entre su conciencia y la presión cada vez más vacua del ala liberal del Partido Demócrata, por un lado, y el poder de veto republicano para la confirmación de Arturo Valenzuela como jefe de la diplomacia para América Latina y un par de embajadores de alto perfil, por el otro.
Su proclamado “cambio” es básicamente una cuestión de modos, de formas, que más temprano que tarde encontrará el límite de la realidad del interés nacional que Estados Unidos mira a través de su lupa imperial de siempre.
Su no intervencionismo es Honduras es un modo de “dejar hacer”. Cada día que pasa, el regreso de Zelaya al poder es más quimérico, dado que las elecciones están previstas para tan pronto como el 29 de noviembre. No se le pide a Obama que envíe tropas (lo que, por otro lado, hace en Colombia, sino que imite medidas tomadas por otros países democráticos del hemisferio, que han condenado, retirado embajadores y advertido que no reconocerán un gobierno surgido de un proceso electoral monitoreado por el gobierno de facto.
Pero no, señores, eso sería intervencionismo. Y, se sabe, los Estados Unidos nunca hacen eso.