Toda Sudamérica, con la obvia excepción de Colombia, rechaza la instalación y libre circulación de 800 soldados y 600 “contratistas” estadounidenses (personal de inteligencia, en buen romance) a través de siete bases militares en ese país. Los recelos son conocidos: Brasil teme que los norteamericanos se hagan con una plataforma desde la que podrían alcanzar la Amazonia y los nuevos yacimientos petroleros del Atlántico; Venezuela y Ecuador, directamente sospechan que el nuevo esquema supone una amenaza ampliada de invasión directa. El resto de los países, con la salvedad ambigua del peruano Alan García, se solidarizan con los países mencionados y tampoco desean estar sujetos al posible espionaje de los aviones y equipos estadounidenses, cuyos aviones espías podrían interceptar todas las telecomunicaciones del continente y cuyas tropas serían capaces de llegar rápidamente desde Colombia, en caso de conflicto, a cualquier punto de Sudamérica.
El acceso a largo plazo a las fuentes de provisión de energía y su rápido alcance en todo el mundo son parte esencial de las hipótesis de conflicto del Pentágono (con George W. Bush, con Barack Obama o con quien sea). De allí la necesidad de contar con bases en el exterior.
Justificando su alianza con Estados Unidos, Colombia argumenta que no tiene de sus vecinos la colaboración necesaria en la lucha contra las FARC. Más allá de lo amenazante de la presencia norteamericana y de las muchas cosas que hay para reprocharle, tiene razón en un punto: no se entiende porqué Argentina, Brasil, Venezuela, Ecuador, Bolivia y compañía se niegan a calificar a las FARC de grupo terrorista. Seamos serios: ese grupo dejó hace tiempo de encarnar un proyecto político revolucionario, el impuesto a los narcotraficantes para financiarse ha pasado a ser una unidad de negocios propia y no hay lucha política que justifique las matanzas ni la toma masiva de rehenes civiles, algo que ha quedado expuestos, con sus detalles más macabros, a la mirada del mundo.
Álvaro Uribe (foto) sostiene también que hay un intenso trasiego de armas desde Venezuela hacia las FARC, sobre lo que no ha presentado pruebas concluyentes ni Hugo Chávez no ha entregado desmentidas comprobables. Segundo, las denuncias de aportes de las FARC a la campaña de Rafael Correa y de que Ecuador ofrece en el área fronteriza es un santuario para los rebeldes. Esto último, se recordará, motivó el 1 de marzo del año pasado una incursión colombiana (con denunciado apoyo norteamericano) en territorio ecuatoriano, hecho que derivó en la muerte del entonces número dos de las FARC, Raúl Reyes, y que puso a la región al borde de un conflicto armado.
Pero este asunto tiene un trasfondo: la carrera armamentista en la región.
Según datos del prestigioso Instituto de Investigación para la Paz Internacional de Estocolmo, el SIPRI, el gasto militar en Sudamérica totalizó en 2008 u$s 50.000 millones, muy por encima de los 39.961 millones de 2007 y el doble de los 25.000 millones de 2003. Un disparate en una región tan atravesada por la pobreza.
El año pasado, siempre según el SIPRI, los países de la región que más incrementaron su gasto militar fueron Brasil (32%),
Venezuela (29%, cuyas compras se dirigieron básicamente a Rusia, a quien Chávez hasta le ofreció bases en territorio y puertos de su país, y en segundo lugar a China), Bolivia (24%) y Chile (22%, gracias al presupuesto que las FF.AA. conservan desde el pinochetismo como parte de las ganancias del negocio del cobre, controlado por el Estado, todo un dato de política interna). Colombia “sólo” lo hizo en un 13%, por debajo incluso de la Argentina, cuyo gasto creció 18%.
Pero esas cifras no cuantifican el aporte de Estados Unidos al poder bélico colombiano, ni que si se consideran esos gastos en función del PBI de cada país, Colombia sube al segundo lugar del ránking.
En efecto, según ese parámetro, el líder en la carrera armamentista en 2008 fue Chile, que destinó a ese fin un impactante 3,73% de su Producto. Lo siguieron Colombia (3,34%), Ecuador (2,01%) y Brasil (1,70%). Por detrás de Uruguay (1,56%) y Paraguay y Bolivia (1,55% en ambos casos), aparecen Venezuela (1%) y Argentina (0,87%). Así se redondea un panorama bien diferente.
¿Por qué Venezuela, y en menor medida Ecuador, también se arman?, se pregunta el gobierno de Colombia. Más allá de la psicología de Chávez, éste esgrime que convive con una fortaleza militar que es, además, una sucursal del “imperio”, a la que ve como una plataforma gigantesca para una eventual invasión contra sus yacimientos petroleros o incluso contra su gobierno.
Así, en base a este tipo de recelos, se construyen las carreras armamentistas y hasta las guerras. Ojalá que la bomba de tiempo aún se pueda desactivar.
El acceso a largo plazo a las fuentes de provisión de energía y su rápido alcance en todo el mundo son parte esencial de las hipótesis de conflicto del Pentágono (con George W. Bush, con Barack Obama o con quien sea). De allí la necesidad de contar con bases en el exterior.
Justificando su alianza con Estados Unidos, Colombia argumenta que no tiene de sus vecinos la colaboración necesaria en la lucha contra las FARC. Más allá de lo amenazante de la presencia norteamericana y de las muchas cosas que hay para reprocharle, tiene razón en un punto: no se entiende porqué Argentina, Brasil, Venezuela, Ecuador, Bolivia y compañía se niegan a calificar a las FARC de grupo terrorista. Seamos serios: ese grupo dejó hace tiempo de encarnar un proyecto político revolucionario, el impuesto a los narcotraficantes para financiarse ha pasado a ser una unidad de negocios propia y no hay lucha política que justifique las matanzas ni la toma masiva de rehenes civiles, algo que ha quedado expuestos, con sus detalles más macabros, a la mirada del mundo.
Álvaro Uribe (foto) sostiene también que hay un intenso trasiego de armas desde Venezuela hacia las FARC, sobre lo que no ha presentado pruebas concluyentes ni Hugo Chávez no ha entregado desmentidas comprobables. Segundo, las denuncias de aportes de las FARC a la campaña de Rafael Correa y de que Ecuador ofrece en el área fronteriza es un santuario para los rebeldes. Esto último, se recordará, motivó el 1 de marzo del año pasado una incursión colombiana (con denunciado apoyo norteamericano) en territorio ecuatoriano, hecho que derivó en la muerte del entonces número dos de las FARC, Raúl Reyes, y que puso a la región al borde de un conflicto armado.
Pero este asunto tiene un trasfondo: la carrera armamentista en la región.
Según datos del prestigioso Instituto de Investigación para la Paz Internacional de Estocolmo, el SIPRI, el gasto militar en Sudamérica totalizó en 2008 u$s 50.000 millones, muy por encima de los 39.961 millones de 2007 y el doble de los 25.000 millones de 2003. Un disparate en una región tan atravesada por la pobreza.
El año pasado, siempre según el SIPRI, los países de la región que más incrementaron su gasto militar fueron Brasil (32%),
Venezuela (29%, cuyas compras se dirigieron básicamente a Rusia, a quien Chávez hasta le ofreció bases en territorio y puertos de su país, y en segundo lugar a China), Bolivia (24%) y Chile (22%, gracias al presupuesto que las FF.AA. conservan desde el pinochetismo como parte de las ganancias del negocio del cobre, controlado por el Estado, todo un dato de política interna). Colombia “sólo” lo hizo en un 13%, por debajo incluso de la Argentina, cuyo gasto creció 18%.
Pero esas cifras no cuantifican el aporte de Estados Unidos al poder bélico colombiano, ni que si se consideran esos gastos en función del PBI de cada país, Colombia sube al segundo lugar del ránking.
En efecto, según ese parámetro, el líder en la carrera armamentista en 2008 fue Chile, que destinó a ese fin un impactante 3,73% de su Producto. Lo siguieron Colombia (3,34%), Ecuador (2,01%) y Brasil (1,70%). Por detrás de Uruguay (1,56%) y Paraguay y Bolivia (1,55% en ambos casos), aparecen Venezuela (1%) y Argentina (0,87%). Así se redondea un panorama bien diferente.
¿Por qué Venezuela, y en menor medida Ecuador, también se arman?, se pregunta el gobierno de Colombia. Más allá de la psicología de Chávez, éste esgrime que convive con una fortaleza militar que es, además, una sucursal del “imperio”, a la que ve como una plataforma gigantesca para una eventual invasión contra sus yacimientos petroleros o incluso contra su gobierno.
Así, en base a este tipo de recelos, se construyen las carreras armamentistas y hasta las guerras. Ojalá que la bomba de tiempo aún se pueda desactivar.


Buenas Marcelo,Algunos comentarios:1) El problema en declarar a las FARC como terroristas y cortarles todo tipo de víveres es que puede hacerlos flamear la bandera blanca, y con eso abrir la caja de Pandora.El gobierno colombiano actual es, en gran medida, un gobierno de coalición entre ex-paras y la elite conservadora. Hay muchos políticos (ex legisladores) en prisión por ese tema, entre ellos un familiar del presidente.Ese gobierno, que llegó con alto apoyo popular y que todavía lo tiene (gracias al desprestigio de las FARC), ha hecho del combate a las FARC su principal bandera, y los éxitos que ha logrado le ha permitido afianzar políticas neoliberales, menos populares, que son digeribles junto a la pastillita del éxito militar contrea la guerrilla.Si las FARC se rindiesen, el establishment y el gobierno se cebarán, y no encontrarán límite militar a sus ambiciones totalitarias. Volverán los asesinatos y atentados a candidatos de izquierda (como Galán y Navarro Wolff en los 90) y se intensificarán los asesinatos e intimidaciones a sindicalistas (200 asesinatos por año, aprox, que el mismo congreso de USA menciona como excusa para no firmar el TLC).Se volverá entonces una pseudodemocracia altamente opresiva, con ex-paras y sicarios como "guardia imperial" reprimiendo salvajemente todo tipo de cuestionamiento y resistencia al avance de la concentración de la economía en pocas manos.Actualmente, incluso como fuerza degenerada y delincuente, las FARC marcan un límite que las élites colombianas tienen que tener en cuenta para no pisar a fondo el acelerador y llevar a Colombia a un ordenamiento estilo Papa Doc Duvalier en Haití.Por eso las FARC deberían mantenerse en tanto y en cuanto no haya garantías de que los reclamos y protestas pacíficos vayan a respetarse.No es una casualidad que Colombia sea el único país sudamericano donde el gobierno siempre se mantuvo entre 2 fuerzas de centro y de derecha (liberal y conservador). No hubo la renovación política del resto del subcontinente, y la participación política de la sociedad civil se vio limitada por muchos factores.Lo ideal sería una retirada paulatina de las FARC, pero eso parece difícil porque a la tozudez de ambas partes se suma el negocio del narcotráfico.2) Las bases de USA servirían como monitoreo, pero del punto de vista logístico dudo que se pueda desplegar miles de soldados. Es un país mal comunicado (pocas rutas y medios de transporte fuera del eje cafetero y de los principales valles de los ríos Cauca y Magdalena). Me late que este tema de las bases es más una movida de ajedrez que una amenaza seria.3) Chavez aumentó el gasto militar, pero parte de ese aumento se debe a la negativa de USA y sus aliados de venderle repuestos para sus aviones, lo cual lo obligó a buscar alternativas en Rusia y China.Saludos,Andrés
Andrés: Veo que el tema lo manejás muy bien y estoy de acuerdo en algunas observaciones de diagnóstico, pero no coincido en el análisis ni en tus conclusiones.Lo que denominás "caja de Pandora" es altamente especulativo y, en gran medida, hace a asuntos internos de Colombia, como si se aplican políticas neoliberales o si gobiernan las élites de siempre. No creo que eso deba orientar, por caso, la política exterior argentina.A cuento de una entrada crítica reciente sobre unos dichos de Luis D'Elía, decía que no me gusta que mis "enemigos" (si el término se pudiera aplicar en este caso) me elijan a mis amigos. Las FARC son ya impresentables. No creo que la política exterior argentina deba conducirse por consideraciones sobre cómo se gobierna Colombia ni sobre quiénes la gobiernan. La tolerancia hacia un grupo terrorista, aunque sea fronteras afuera, sí me parece peligroso. Las FARC secuestran, arruinan vidas, cometen mil tropelías contra civiles. Eso es terrorismo y debe ser denunciado. Esa actitud, por otra parte, hará más legítima una condena, por caso al Estado colombiano, ante cualquier violación de los derechos humanos.Tu enfoque me parece interesante, más allá del debate (o por eso mismo). Gracias por haber dejado tu comentario y te espero más seguido en el blog.
Hola Marcelo, he leído tu artículo, como siempre interesante, pero te dejo algunos comentarios.1. ¿Es razonable exigir a Chávez "desmentidas comprobables" cuando no se han presentado "pruebas concluyentes" sobre la supuesta venta de armas a las FARC?2. La afirmación de que la supuesta financiación de las FARC a la campaña de Correa motivó la incursión colombiana a Ecuador es incorrecta. De hecho, las computadoras que contenían esa supuesta vinculación fueron encontradas durante esa incursión.¡Saludos!
Santi Monse: Gracias por tui comentario. Sobre lo primero, claro que no puede haber una desmentida tajante ante pruebas vaporosas. Lo de las armas de origen sueco en poder de las FARC no fue desmentido por Caracas, sino que se habló de algún tipo de robo. Y hasta Suecia protestó. Segundo, nunca dije que la financiación supuesta a Correa motivó la incursión de Colombia. Repasalo, no digo eso de ningún modo. Abrazo-
PD: para más claridad, lo que digo es que Colombia acusa a Ecuador de prestar su territorio como santuario. Ahora sí, salaudos.