Ayer colgué en este blog algunas de las frases que Pepe Mujica nos dedicó a los argentinos, un poco sorprendido, otro poco, lo confieso, casi divertido. Quería medir algunas reacciones, y hubo varias, algunas más que las que finalmente publiqué como comentarios. El tenor chauvinista de algunos, amparados en el anonimato, me molestó más que cualquier cosa que pueda haber dicho el candidato uruguayo y me llevó a no subirlas al blog.
Pasadas casi 24 horas, no logro enojarme con Mujica. El hombre, se sabe, es deslenguado, y será problema de los uruguayos definir si lo quieren o no como presidente.
No soy de los que dicen que, en definitiva, dijo la verdad sobre nosotros, pero sí creo que reprodujo lo que muchos argentinos opinan. Muchos radicales afirman que los peronistas son unos “patoteros” y “señores feudales”. Los peronistas, que los radicales son unos “nabos”. Los demás, que “Argentina no llegó al nivel de la democracia representativa” y que su “institucionalidad no vale un carajo”. Muchos que miran desde el llano podrían afirmar que tanto el gobierno como el campo “son unos burros”. Y (casi) todos (ahora, en 2009) opinamos mal de Menem y sabemos que somos “irracionales” y muchas veces tenemos “reacciones de histérico, de loco y de paranoico”. No seamos, además, hipócritas.
Una pregunta sería si un candidato de un país vecino tiene derecho a decir semejantes cosas, o a calificar de “patoteros” a los Kirchner, con quienes convivirá como Presidente si gana las elecciones y quienes lo han recibido con calidez repetidas veces. Creo que sí, que tiene derecho, aunque no guste lo que diga, así como la obligación de bancarse las críticas resultantes.
Decía en la entrada de ayer (y, siempre lo recuerdo, en la columna ubicada a la derecha) que no me importa demasiado quién dice las cosas sino si lo que dice es cierto. Sería fácil descalificar a quien denuncia como “patoteros” a personas que nunca quisieron imponer sus ideas a través de las armas, como él sí lo hizo. ¿Pero de qué serviría?
En cambio, quisiera reflexionar brevemente sobre algo: si Mujica expresa lo que muchos argentinos pensamos sobre nosotros mismos, uno podría preguntarse si esa visión es enteramente justa.
Pepe (nosotros, sin duda) afirma que los argentinos nos “despedazamos al pedo”. Está equivocado (lo estamos). El conflicto no es “al pedo”, responde a lo que pasa en una sociedad que no ha sabido zanjar sus diferencias de interés, que no ha logrado todavía articular política o, como él diría, una institucionalidad que valga más que “un carajo”. Institucionalidad significa reglas de juego, el tablero donde transcurre la partida de ajedrez, del que nadie saca los pies. Históricamente, eso se explica con facilidad por la recurrencia de los golpes de Estado, esto es la imposición brutal de unos intereses sobre otros, la abolición, el congelamiento, de la política. Hoy, a 25 años de democracia, cuando uno contempla la “burrada” de la pelea por la soja, tiene la impresión de que los conflictos, las brechas sociales, son las mismas de hace 60 años. Y es nuestra responsabilidad superarlas.
Lo que subyace a la tesis doctoral del Pepe Mujica es que la historia argentina es una historia de fracaso, cosa que la mayoría de nosotros también piensa. Y eso sí que es falso. Una cosa es fracaso, otra es decadencia. Lo nuestro es lo segundo.
Para no remontarse tan atrás, y espasmos dictados por la política aparte, hay que decir que la transición democrática argentina ha sabido (gracias a Raúl Alfonsín y a los Kirchner) saldar mejor que las de sus vecinos las cuentas con los estragos de la dictadura, llevando a la justicia a quien corresponde. Chile, Brasil y Uruguay han amnistiado a sus represores y todavía debaten qué hacer al respecto. También eso es institucionalidad, y vale bastante más que “un carajo”.
En alguna medida, los países mencionados registran un grado menor de conflictividad social, pero eso suscita un par de preguntas que son honestas, no retóricas: ¿la imposición más exitosa de un modelo de acumulación responde al consenso libre o, justamente, a la imposición de la visión de una clase, de un sector social? ¿Tendrá esto relación con lo anterior, con las características pactadas de las transiciones de los tres países aludidos y, en paralelo, con una tarea de sumisión que, al menos a nivel de las ideas prevalecientes, en la Argentina no ha sido completa, mal que le pese a Menem?
Ahora sí, yendo más hacia el pasado, hay que afirmar más enfáticamente que la historia argentina, vista bajo la lupa de procesos más largos, no ha sido un fracaso. Ha sido un éxito rutilante, emocionante, abatido es cierto, nunca perdido ni recuperado del todo, de equidad social. Una clase media extendida, escasas diferencias de ingresos, trabajadores capaces de vivir con dignidad, analfabetismo cero, excelente educación y salud públicas, un ideal alcanzado en el pasado y que aún (solamente aún) no terminamos de recuperar. Y que aquellos países que no están poblados de “burros” como nosotros todavía están lejos de tan siquiera soñar.
Si Mujica, errado o no, nos permite pensar, vale. No sumemos más enojos absurdos con un pueblo tan cercano y entrañable.