Barack Obama le envió una carta a Luiz Inácio Lula da Silva en la que repasa (amablemente, como es su estilo) todas las diferencias que han surgido en la relación bilateral: reconocer o no las elecciones de Honduras, la visita del iraní Mahmud Ahmadineyad a Brasilia, el problema de las bases en Colombia, el cambio climático. Cuestión de interpretaciones, La Nación dice hoy que la misiva «ratifica la apuesta por Brasil» (y no por Argentina, cabría añadir) del norteamericano; Ámbito Financiero, por su parte, titula que la relación bilateral está «en su peor momento». Por obvias razones, me quedo con la segunda tesitura.
La disputa de enfoques se da también en la prensa brasileña, donde un mismo diario, Folha de Sao Paulo, dice que «la cosa va mal , y rápido», mientras que en otra nota señala que «se está lejos de un conflicto, como parte de los medios dieron a entender».
Un dato a tener en cuenta es la tensión permanente que implica para la política exterior brasileña la existencia de dos cabezas: Celso Amorim, el canciller, hombre de carrera de Itamaraty que recién ahora se afilia al Partido de los Trabajadores con la esperanza de permanecer en un eventual gobierno de Dilma Rousseff, la elegida de Lula, y Marco Aurélio Garcia, el asesor especial del Presidente. El segundo es un hombre del aparato partidario, su radio de acción es básicamente Sudamérica y sus opiniones suelen ser más fuertes e ideológicas que las del primero.
Lo cierto es que Barack Obama decidió reconocer el proceso electoral hondureño, desosyendo un pedido de Brasil de negociar una suspensión de la elección del domingo. Además, la Corte Suprema acaba de dar a conocer el dictamen que usará el Congreso para decidir si restituye o no por cinco minutos a Manuel Zelaya. Obvio: es negativo; Brasil (y la democracia hondureña) queda en un callejó sin salida al que Washington no es ajeno. Mientras, Lula da Silva mantiene al presidente depuesto en su embajada en Tegucigalpa y, junto con Argentina y el resto de la región, impugna una votación que será corolario de una campaña nacida de un golpe de Estado y desarrollada en medio de estado de sitio, toque de queda, cierre de medios y represión.
Obama amenaza con nuevas sanciones a Irán ante la falta de respuestas a la oferta internacional de enriquecimiento del uranio iraní fuera de sus fronteras, pero Lula recibe al irritante Ahmadineyad, lo rescata del aislamiento, reivindica su plan nuclear y busca sacar ventaja para sus empresas ante la veda que rige y regirá para sus contrapartes estadounidenses.
Brasil también le reprocha al norteamericano su avaricia a la hora de negociar un recorte de emisiones de efecto invernadero, lo que pone en jaque a la próxima cumbre de Copenhague.
Y no olvidemos el primero de los diferendos, el uso por parte de soldados de EE.UU. de siete bases en Colombia, tema por el cual Lula, aliado a Hugo Chávez, le pidió públicamente una reunión a Obama que éste, meses después, sigue sin conceder.
En cambio, el norteamericano le faxeó una carta. Para algunos eso indica un trato deferente. Con todo, hay en ella un párrafo sugestivo, en el que el demócrata afirma haber querido llamar a su colega por teléfono, pero le aclara que no ha tenido tiempo. Mientras, incluso después de la llegada del fax al Planalto el domingo, Garcia y Lula siguieron lanzando duras críticas en público a Obama.
Una crisis no es una guerra, qué duda cabe. Pero si esto no es una crisis, no sé cómo llamarlo. El problema es que quienes han deseado ver en Lula da Silva a un campeón del mundo libre no saben cómo describir este inesperado géiser diplomático.