Lo decíamos ayer: el golpe en Honduras es una realidad lamentablemente consolidada y más temprano que tarde los países que han desconocido el resultado de las elecciones que consagraron al conservador Porfirio Lobo deberán comenzar a recoger el barrilete. Hablamos claro de Brasil, Argentina, Venezuela y compañía.
Pese a la falta de acuerdo en el seno de la decorativa OEA, su secretario general, José Miguel Insulza, dijo ayer que Lobo está en la «mejor posición» para «reiniciar la restauración» de la democracia y «separarse» del golpe del 28-J.
En tanto, Dilma Rousseff, la candidata presidencial de Luiz Inácio Lula da Silva, se distanció de la aparente irreductibilidad de su jefe político al afirmar que «creo que vamos a tener que considerar este nuevo proceso electoral. En Honduras, hubo una elección».
Es difícil desconocer un resultado electoral (en el que la abstención no fue demasiado mayor que la habitual) y la posibilidad de éste de cerrar un período de alteración institucional. Ésa es una enseñanza. Se hizo lo que se pudo para presionar por la restauración de Manuel Zelaya, pero no se lo logró. No caben reproches por haber intentado lo correcto, por más que se haya fracasado.
Y más difícil es si Estados Unidos se consagra al doble discurso y se entrega a las prácticas de siempre. Ésa es otra enseñanza.