Me levanté temprano, como siempre, para preparar mi salida en radio El Mundo. Había tema seguir: sabía que a las 7 se anunciaría el Premio Nobel de la Paz y tenía la esperanza de que recayera por fin en las Abuelas de Plaza de Mayo.
¿Qué podría ser más justo?, me preguntaba con el corazón, aun sabiendo que hay, lamentablemente, muchas causas en el mundo tan encomiables como la de ellas y que las filtraciones sobre los favoritos no las incluían, precisamente.
Al premiar al disidente chino Liu Xiaobo, para más encarcelado, el Comité Nobel buscó darle eco internacional a una pelea actual contra el autoritarismo. Y, corazón aparte, hay que decir que está muy bien.
El disidente cumple una condena a once años de cárcel por subversión. Esta última (pero no única) condena impuesta a este profesor de Literatura de 54 años que ha dedicado su vida a la democratización de China se produjo después de que firmara junto a otros intelectuales y activistas la Carta 08, una proclama democrática que irritó profundamente al régimen, más allá de su contenido, por haber aprovechado la atención mundial por los Juegos Olímpicos de Pekín.
Participante de las manifestaciones de Tiananmen en 1989, intentó entonces persuadir a los estudiantes para que se marcharan cuando la represión, que se probó sangrienta, era inminente. Esta actitud y su incansable prédica en pos de un cambio no violento y basado en el aprovechamiento de las hendijas que deja el actual orden legal chino le han valido el rechazo de otros activistas más radicales. Según se comenta, sus planteos son bien vistos incluso por los sectores del Partido Comunista que alientan, por ahora en secreto, una apertura política gradual.
La prensa internacional destaca hoy una frase de Liu que pinta de cuerpo entero sus convicciones y también las polémicas que lo rodean: «El orden de un mal gobierno es preferible al caos o a la anarquía». Esa controversia, en todo caso, nos es ajena desde tan lejos.
La posibilidad de que se otorgara el Nobel a Liu, que ha pasado en varias ocasiones por cárceles, campos de reeducación y todo tipo de persecuciones, enardeció al régimen de Pekín. Para este la situación era peor que el premio entregado en 1989 al Dalai Lama: se pasó de galardonar (y dar visibilidad internacional) a un exiliado para hacerlo directamente con un “subversivo” preso. Las presiones internacionales por su liberación ya arrecian y lo seguirán haciendo por un buen tiempo, para incomodidad extrema de los dictadores.
Existen, como dijimos al principio, muchas otras causas que merecen respaldo y la de los derechos humanos en Argentina ya fue premiada en 1980, cuando la represión arreciaba, en la persona de Adolfo Pérez Esquivel. Eso debe haber pesado, más cuando nuestro país, afortunadamente, vive hoy una democracia plena que permite terminar de esclarecer el pasado ominoso.
La de las Abuelas es, acaso, la bandera más entrañable para una mayoría de los argentinos. Porque han sostenido una intachable conducta pacifista, porque no sólo hablan del pasado (lo que de por sí estaría muy bien) sino que buscar restaurar justicia e identidades que todavía hoy siguen negadas, y porque son un símbolo muy querido.
Un premio a ellas, además, habría tenido, puertas adentro, un significado político muy especial, dada la pelea por la identidad de los hermanos Noble Herrera y su alineamiento con la “ley de medios” y la política oficial de derechos humanos. Ya no vale especular con cuál habría sido el impacto de que el reconocimiento hubiese recaído en ellas.
Igual nada de eso importa ya. Vaya nuestro aplauso por el luchador chino por la democracia y los derechos humanos. Y otro, incansable, agradecido y emocionado, a nuestras queridas Abuelas.

