Primero, una liviana ensalada de números. Dilma Rousseff venció en la primera vuelta presidencial brasileña a José Serra por 46,91% a 32,61%. La última encuesta para el balotaje del domingo 31 le otorga por ahora la victoria por un margen de 54% a 46%, descontados los supuestos votos nulos y en blanco. Pero ese escenario no es del todo promisorio, ya que indica que el opositor descontó notablemente la desventaja anterior y capta, por el momento, el 51% de los 20 millones de votos que obtuvo el último domingo 3 la ecologista Marina Silva, contra un magro 22% de Rousseff.
La idea del Partido de los Trabajadores es, claro, liquidar el partido y no sufrir en el tiempo de descuento. La cuestión pasa entonces por mejorar el desempeño entre los votantes de Silva, que, a priori, deberían ser más proclives a votar por su candidata.
El problema es que Marina Silva, además de ser una luchadora ecologista, es una evangélica convencida, que, desde esa condición, captó numerosos votos de descontentos del oficialismo en los últimos días de la primera campaña. Es que a Dilma le pasó una pesada factura la polémica por sus dichos sobre el aborto, realizados este año en una entrevista con editores de la revista Istoé (ver video). La sensación inequívoca de escuchar su larga respuesta es que, sin decirlo explícitamente, la ex jefa de gabinete está de acuerdo con despenalizar totalmente la interrupción de los embarazos.
Ahora, el PT, que había incluido el tema en su plataforma electoral, decidió excluirlo de cara a la segunda vuelta. Mientras, la postulante no hace más que multiplicar gestos, desde besar niños a diestra y siniestra hasta declararse creyente y defensora de la vida, pasando por mostrarse en misa en medio de 15 mil fieles en la basílica más importantes de San Pablo (ver foto).
Una encuesta de Datafolha revelada ayer, al calor de una polémica hábilmente explotada por la oposición política y mediática, indicó que el 71% de los brasileños rechaza el aborto. Una amplísima mayoría, evidentemente. Lo curioso es que el tema haya cobrado semejante envergadura, como si fuera la cuestión excluyente que se juega en estos comicios.
Todo esto da para pensar en la lógica de las democracias, cuando la necesidad de captar votos en diferentes nichos de electores da a un grupo acaso pequeño de estos un poder de chantaje desmesurado, capaz de clausurar políticas públicas o, menos aun, propuestas, o incluso debates incipientes.
No se trata sólo del voto religioso en Brasil. También del cubano en un estado como Florida (y, a a su vez, el peso de este a nivel nacional en EE.UU.), el voto judío también en ese país, el ortodoxo en Israel, el agrario en Argentina… y siguen las firmas.
El arte acaso pase por evitar que los temas que movilizan a esos electorados se conviertan en asuntos excluyentes en momentos de campaña electoral, por diversificar la agenda, por movilizar a otros sectores, largamente invisibilizados. Tarea que requiere ingenio y, más difícil, evitar que los medios de comunicación más importantes jueguen de manera concertada.
Dilma, el aborto y las reglas de la democracia

