A esta hora todas las proyecciones (bocas de urna y conteos rápidos) otorgan la Presidencia de Perú a Ollanta Humala, con una ventaja sobre Keiko Fujimori que oscila entre los dos y los cinco puntos porcentuales. De confirmarse esto, la reacción de los mercados financieros de mañana se espera tormentosa, dada la prédica de la mayor parte de la prensa tradicional y de una porción significativa de los analistas que insiste en vincular a este político nacionalista con posturas chavistas, sin importar lo mucho que el aludido lo haya desmentido.
Humala ya ha dado muestras de pragmatismo. Sus posturas no son las de cinco años atrás, cuando compitió (y perdió) por primera vez. Tampoco son las del rústico militar que se alzó en 2000 contra Alberto Fujimori. El nacionalismo, se sabe, es un patín que permite transitar rápidamente por el espectro político. A juzgar por sus programas, Humala ha virado de posturas radicales a un reformismo suave; el tiempo dirá cuánto habrá en su gestión de reformismo y cuánto de suavidad.
La derecha peruana se quedó sin candidato en la primera vuelta. Mario Vargas Llosa había anticipado que la opción entre Humala y Keiko era como elegir entre «el cáncer y el sida». Él optó y, ya fatigado, acaba de dar por cerrada su faena al proclamar salvada la democracia peruana.
¿Pero por qué los peruanos definieron ese orden en la primera vuelta, que llevó al balotaje de hoy a un nacionalista como Humala y a una conservadora invertebrada, pero con elementos populistas, como Fujimori? Dos datos alcanzan para responder: la minería, responsable del innegable auge económico de los últimos años y base del «modelo», da cuenta del 62% de las exportaciones del país, pero apenas del 1% del empleo.
Si lo que primó en todo el proceso electoral fue una expresión de disconformidad con el «derrame» ínfimo de la economía minera, el aparente resultado final resultaría lógico. El ganador que se proyecta es quien más ha impugnado las bases del mismo y quién más (y más convincentemente) ha prometido remediar sus carencias.
Humala es el aparente ganador, pero no tendrá mayoría en el Congreso. Sabe, además, que llega condicionado por el apoyo relativo de parte del centro-derecha que lo votó tapándose la nariz. También, que la prensa no le dará tregua, que los mercados lo esperan de mal modo y que serán legión los que mañana mismo comenzarán a exigirle «señales», como el nombramiento de su ministro de Economía.
Llega, lo que no es poco, pero sin todas las herramientas de poder que desearía y con fuertes condicionamientos.
Gana Humala. ¿Cómo sigue la película?

