El ascenso de Diego Santilli en el gobierno de Javier Milei vacía más al PRO y bloquea el próximo paso. Resultados matan ideología: ¿fin? La Ciudad laboratorio.

El segundo semestre del año será el laboratorio de las ideas que se verán en la Argentina del 2027 electoral, cuando Javier Milei buscará su reelección y el peronismo ensayará algún tipo de ordenamiento para ser capaz de darle pelea.

En ese escenario, las alternativas pretendidamente centristas pierden terreno una vez más, lo que, a tono con la experiencia internacional reciente, señala un camino de polarización.

El nombramiento de Diego Santilli como jefe de Gabinete parece vaciar aun más de contenido al PRO y cortarle las alas al amague autonomista de Mauricio Macri, quien, alentado hace tres meses por Paolo Rocca, parecía lanzado al armado de una suerte de Juntos por el Cambio 2.0.

Mientras, el peronismo suma a sus reyertas personales potencialmente cismáticas una desorientación programática que apunta en un sentido equivalente.

¿Para ganarle a Milei hay que ocuparle el centro, como dirían los viejos manuales?

Primero lo primero:

¿Por qué Milei llegó al gobierno?

¿Por qué a las alternativas «del medio» les cuesta tanto y tan persistentemente afianzarse como opciones de poder viables?

¿El perfil cada vez más ultra de Jorge Macri representa algo más que una expresión municipal y dice algo sobre la política grande por venir?

El fenómeno Javier Milei, los resultados y sus sesgos

¿Por qué ganó Milei? A esta altura, la ciencia política ha fatigado ciertos casilleros explicativos que ya son parte del paisaje: que el mundo no se hizo de golpe de derecha, sino que asiste a alternancias pendulares –de ida y de vuelta, de Joe Biden a Donald Trump, de Jair Bolsonaro a Luiz Inácio Lula da Silva, de Gustavo Petro a Abelardo de la Espriella…–, y que las redes sociales operan como vectores que validan y congregan comunidades en torno a ideas maximalistas que antes eran marginales. Se tata de diagnósticos conocidos. El error, si es que existe, está en leer esa radicalización como un fenómeno eminentemente doctrinario, cuando la causa subyacente sería más pedestre.

Captura de pantalla 2026-07-02 a la(s) 9.41.58p.m.

Es sabido que la política hace tiempo ha dejado de dar respuestas a inquietudes comunes a muchas sociedades, en especial en sus segmentos medios: la persistente declinación de las condiciones materiales de vida, las modalidades cada vez más precarias del trabajo, el acceso a la vivienda y la calidad de los servicios públicos.

Esa falta de respuestas de la política mainstream llevó a los segmentos oscilantes de los electorados a buscar opciones en los extremos, entendidos como lo nuevo.

No es que Milei haya sido votado porque le gustaba pegarle palazos a maquetas del Banco Central o porque la venta de niños u órganos le parecieran ideas extraordinarias. Con independencia de eso, el hombre prometió una vía diferente para la solución de problemas al parecer irresolubles.

Lo mismo podría decirse de Trump respecto del costo de vida, de Keiko Fujimori ante la ingobernabilidad de Perú, de De la Espriella sobre la seguridad y la persistencia de guerrillas y bandas armadas, o del alcalde socialista Zohran Mamdani bajo el concepto de la asequibilidad de la vida en Nueva York.

El politólogo y especialista en comunicación política Mario Riorda viene trillando esa senda al señalar que lo que prima es la convergencia entre el voto ciudadano y la respuesta política efectiva a situaciones de crisis sostenidas en el tiempo. El electorado busca, ante todo, un resultado.

Sin embargo, que la demanda prioritaria sea de gestión no significa que las ideologías hayan muerto o que sean elementos secundarios. Al contrario: son los envases narrativos que contienen, justifican y dan forma a las promesas de dar soluciones.

Ciertos errores de enfoque parecen vincularse con la insistencia en usar lo ideológico como paquetes cerrados con candados, sin pasarlo por el baño de humildad de asumirlo como un sistema de valores apto para alumbrar soluciones que se reclaman.

Por supuesto que nada gira en el vacío: la tradición de las sociedades capitalistas periféricas está formateada en torno a situaciones en las que los Estados han ido perdiendo posiciones frente a mercados cada vez más informales –incluso clandestinos–, y en las que las ideas de comunidad han ido claudicando ante formas extremas de individualismo.

Si todo, empezando por el trabajo, se ha hecho líquido, ¿por qué no lo serían las opciones políticas? Con todo, eso no mata los sistemas de valores que, dogmas aparte, son la savia de lo ideológico.

El laboratorio de la Ciudad de Buenos Aires

El caso de Jorge Macri es ilustrativo de esta tensión entre la búsqueda de resultados desde una derechización ideológica usada como escudo.

Basta entrar a su cuenta de Twitter para verlo: palmo a palmo con Milei, probablemente no haya otro dirigente en la Argentina actual que desgrane con tanta persistencia un discurso de ultraderecha.

El jefe de Gobierno reacciona a una realidad electoral que ya le demostró que La Libertad Avanza (LLA) le come electorado por derecha. Eso, sumado al ahogo al que Milei somete al PRO de su primo Mauricio, lo ha convencido de ocupar ese lugar extremo.

Los operativos policiales, la detección de extranjeros sin papeles, el tributo continuo a la serie La ley y el orden y el desprecio a todo lo que se vincule con el conurbano bonaerense son sus marcas en el orillo. Es su manera de ofrecer un «resultado» visible y rápido, el orden público, envuelto en un encuadre ideológico explícito.

¿El fin de la ideología?

Este tipo de narrativa excede la mera táctica de cerrar filtraciones de votos por derecha; responde a un modo específico de prometer resultados desde un paquete de valores muy específico.

Antes de ser el «gobernador» porteño, Macri había sido intendente de Vicente López, un partido del conurbano norte acomodado, pero de ninguna manera carente de bolsones de pobreza. Es como si se despegara de ese pasado o, por otra vía, como si buscara en el manodurismo respuestas a los problemas de una metrópoli que, en virtud del modelo económico vigente en la era Milei, también se conurbaniza.

Ahí es donde lo ideológico se vuelve inseparable del resultado: el desmantelamiento de la sensibilidad social se ofrece como un modo de hacer más eficientes los recursos públicos.

La pregunta, entonces, no es si la ideología aún importa, sino qué narrativa progresista o popular en un sentido amplio podría abordar la sed social de soluciones reales, el hartazgo con la «casta» y la percepción de que la política es un lugar de acomodados y de adornis, sin caer en la moderación abstracta de un centro que ya no contiene a nadie.

En ese sentido, tal vez el fracaso persistente de las terceras vías radique en concebir el centro como una referencia programática, de moderación chirle –para peor, fingidamente institucionalistas–, y no como un espacio geográficamente político, habitado por personas de encuadre lábil y ávidas de respuestas a sus problemas existenciales.

El framing de 2027 va tomando forma.

(Nota publicada en Letra P).