Imagen generada con inteligencia artificial.
El Presidente activa otra vez la trituradora de salarios. La lógica del ajuste, dogmas, monopolios y el cerrojo del FMI. ¿Cómo salir del laberinto?
El relato que indica que la licuadora como arma –de destrucción masiva– contra la inflación fue un recurso limitado al inicio de la gestión choca de frente contra la realidad ppura y dura. Javier Milei y Toto Caputo volvieron a encenderpa y meten en ella a prácticamente toda la sociedad.
La persistente evolución a la baja de los ingresos populares es consecuencia de tres factores:
- La imposición de un plan económico congénitamente adverso a la producción.
- El fracaso oficial en cumplir la promesa de llevar a «cero coma…» la inflación a partir de agosto próximo.
- Una política que es una fábrica de aplastamiento salarial.
El salario en la licuadora de Javier Milei
El INDEC está intervenido por el Gobierno, que decidió aplazar sine die la actualización de la canasta con la que mide la inflación para seguir subestimándola. Si hubiese hecho lo que estaba previsto –adecuarla a pautas de consumo más actuales–, por caso el IPC de marzo no habría sido de 3,4%, sino superior al 3,6%. Lo mismo ocurre en cada período de medición.
Además, se prolonga un estado de cosas que viene de la gestión de Marco Lavagna, quien renunció para no convalidar esa dilación, pero cuya gestión, según dijo en febrero Agustín Salvia, estuvo «floja de papeles» en varios otros ítems.
Así, hay que hablar de un índice de salarios que muestra una inconsistencia severa: la evolución de los ingresos de los trabajadores del sector no registrado persistente y drásticamente por encima de la inflación, presunta demostración de que en la Argentina paleolibertaria rinde más vender sándwiches de salame en la calle que trabajar en una fábrica.
Aun aceptando esa distorsión flagrante, el Índice de salarios total aumentó 2,4% nominal en febrero, menos que la inflación de 2,9%. En tanto, los salarios de los trabajadores del sector formal –en blanco– «subieron» sólo 1,8% y quedaron todavía más rezagados.

Salvo un par de episodios en los que los salarios totales superaron al IPC debido a la distorsión señalada anteriormente, la derrota de los ingresos populares en el último semestre es un hecho que no puede negar ni siquiera la creativa narrativa oficial.

Elaboración propia. (Fuente: INDEC).
La tendencia negativa se extiende a las jubilaciones mínimas, que, si bien se indexan de acuerdo con la inflación pasada, se licúan por el mantenimiento sin ajustes del bono que las complementa.
Es el modelo de Milei y Toto Caputo
En una economía que tradicionalmente se explicó en más de dos tercios por el consumo doméstico, no debe sorprender que el crecimiento que generan sectores puntuales (energía y minería, campo, intermediación financiera) tenga un reverso dramático en las actividades que dan cuenta de la mayor parte del trabajo y los medios de vida de la población, como la industria, la construcción y el comercio. No es una mala racha; es el propio modelo.

Lo anterior lleva a una pregunta: ¿el deterioro constante de los ingresos populares es empecinamiento ideológico o un plan frío? La respuesta debe eludir psicologismos –¿qué tiene Milei en la cabeza?– y simplemente señalar la realidad: así seguirán las cosas por el tiempo previsible.
En su porfía por reducir la inflación en base a criterios exclusivamente monetarios y a un ajuste perpetuo que ya cayó en la esperada trampa de austeridad, el Gobierno pretende que el IPC baje a la fuerza. Así, no establece una política de ingresos –populares– que vaya acompañando la reducción de la inflación, sino que se empecina en que esta converja con paritarias a las que se le pone un techo arbitrario en torno del 2%.
Esto supone un problema toda vez que la inflación de este mes se proyecta en 2,5% o, con suerte, en un poco menos, otra vez superior a ese tope. Y la preocupación se extiende al futuro si se tienen en cuenta las proyecciones de las consultoras privadas que nutren mes a mes el Relevamiento de expectativas de mercado del Banco Central.

La reciente reducción de tasas de interés inducida por la autoridad monetaria es un intento heterodoxo –motivo de vergüenza para el Gobierno– para reactivar.
Sin embargo, por su baja participación en el PBI, el crédito tiene un impacto limitado. Ademas, difícilmente traccione inversión privada cuando es más útil apostar a la bicicleta financiera que a la producción y no parece suficiente para estimular la demanda en momentos en que la capacidad de endeudamiento de las familias luce saturada.
La licuadora tritura de nuevo
Como se observa con lo que ocurre con los salarios en el sector público –una verdadera masacre–, es falso que el Gobierno sólo aplique motosierra y que la licuación de gastos sea cosa del pasado. La trituradora gira otra vez para disminuir las erogaciones en sueldos en términos reales.

Fuente: Martín Barrionuevo.
En la concepción de Milei, el ancla descollante para equilibrar la macro es la fiscal, entendida además de modo estático –a cada trance de caída de ingresos debe corresponder una reducción del gasto–. Su sesgo ideológico ignora toda la experiencia internacional –por caso, qué políticas llevaron a la Gran Depresión y cuáles permitieron superarla–, por lo que atrasa 90 años respecto de la evolución de la teoría económica.
Así, si el ajuste se muerde la cola y hay que seguir achicando el gasto, la licuación de ingresos se hace funcional al esquema… y al círculo vicioso de este tiempo.
El panorama empeora por sumar nuevamente licuadora y motosierra:
- La orden de Toto Caputo de recortar 2% más el gasto corriente y 20% el de capital de todas las reparticiones.
- El cover que el Gobierno acaba de realizar al menemismo de los 90 con la decisión de barrer el déficit fiscal del Estado nacional debajo de la alfombra de las provincias. Eso se observó en el decreto 253/2026, que delegó en nueve provincias la concesión de obra pública por peaje en rutas nacionales.
- Asimismo, el dogmatismo se suma a la mala gestión de Berretolandia. La demora en la finalización de la reversión del gasoducto Norte, una obra que demanda una inversión de algo más de 700 millones de dólares, hará que este invierno haga falta importar nuevamente gas natural licuado (GNL) por 1400 millones. Se trata de un insumo de por sí caro, inflado aun más por la guerra en el golfo Pérsico y que, de hecho, el país comenzará a exportar en los próximos años.
La licuadora de Javier Milei, más allá del Estado
Lo dicho deja afuera lo que pasa con los salarios del sector privado. ¿Por qué también deberían caer si no son gasto público y si eso agrava el enfriamiento de la actividad y el desplome de la imagen del Presidente en una medida mayor que la corrupción?
Primero, por lo dicho: sesgo ideológico de ajuste a ultranza. Segundo y no menor, por toda una concepción, también vetusta del dogma anarcocapitalista de Milei, que indica que el mercado es perfecto por definición, que cualquier intervención del Estado, que debe ser destruido, es nociva y que los monopolios u oligopolios son efectos naturales de la dinámica económica que no son malos ni tienen que ser corregidos. ¿Se entiende por qué esta gente no es liberal?
En un interesante artículo publicado en ElDiarioAr, Alejandro Rebossio cita un trabajo del economista Gustavo García Zanotti y el sociólogo Martín Schorr en el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP). Según cuenta, los industriales que surfean el mx de apertura comercial y dólar barato, cierran sus plantas de producción para reciclarse como importadores venden en el país hasta siete veces más caro que lo que pagan afuera.

El dogma mileísta del ajuste perpetuo y la impotencia del Estado es perfectamente paralelo al que rige desde siempre en el Fondo Monetario Internacional (FMI), que acaba de aprobar a nivel de staff la segunda revisión del programa argentino.
El texto saluda las reformas ya concretadas, sobre todo la predemocrática del mercado laboral, y establece, como compromiso a futuro, avanzar en otras «reformas bien secuenciadas de los marcos tributario, previsional y fiscal (que) mejoren aun más la calidad y durabilidad del ancla fiscal».
Subtitulado: reducción de impuestos a las grandes empresas y a los ricos, mayor recorte de las jubilaciones y menor gasto público.
Eterno Toto Caputo
El Fondo contará por muchos años con el poder condicionante que le da ser el acreedor más importante de la Argentina, incluso cuando el poder en el país cambie de manos.
Ese proceso (re)comenzó en 2018 con Toto Caputo y se amplió de nuevo con el Messi de las finanzas el año pasado, con un segundo rescate del FMI antes de las legislativas.

Decir que el organismo es el principal acreedor del Estado argentino implica hablar de monto y también de prioridad de cobro. Lo segundo explica en buena medida que el riesgo país suba y baje entre los 500 y los 600 puntos básicos, sin terminar de perforar a la baja el primero de esos números como para habilitar un retorno al mercado voluntario.
«Hoy los fundamentos económicos de Argentina serían equivalentes a un riesgo país bastante más bajo», le dijo, tal vez acertadamente, el ministro de Economía a Infobae.
«El mercado lo precia más arriba porque tiene en cuenta el pasado argentino, un país que tuvo nueve defaults, le sacó tres ceros a su moneda, tuvo dos hiperinflaciones», añadió. Esto también es cierto, pero más aun lo es que los fondos privados miran más al futuro que al pasado y que, si observan la presencia de un acreedor institucional privilegiado por montos tan altos, es natural que no descarten la eventualidad de una nueva cesación de pagos o de renegociación de vencimientos y se resistan a apostar por deuda soberana argentina.

Toto Caputo y Kristalina Georgieva.
Al final, como se prueba en un año no electoral, el problema no es el «riesgo kuka», por la reestructuración que podría llegar después de 2028, sino el «riesgo Milei» y el «riesgo Caputo», que raspan el fondo de la olla justo antes de cada vencimiento, no pueden prescindir de respiradores artificiales proporcionados por Estados Unidos y, sobre todo, que generaron esta situación.
La salida posible
La asistencia de referentes del peronismo, en especial del gobernador bonaerense, Axel Kicillof, a la Global Progressive Mobilisation (GPM) –cumbre progresista– del sábado en Barcelona debería proveer a la oposición de instrumental programático para lo que viene.

Axel Kicillof en la cumbre progresista de Barcelona.
La mejora de los indicadores de formalización laboral de España en base a la reforma que impuso Pedro Sánchez –el día y la noche respecto de la de Milei–, pero sobre todo por la vigencia de políticas procrecimiento, así como las experiencias de Luiz Inácio Lula da Silva y del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, quien participó de manera virtual, en lo que hace a gravar las más altas rentas –otro contraste con la Argentina– deberían generar en el peronismo más inspiración que debate zonzo en términos de asumirse o no como «progre».
En todo eso –recaudación de aportes patronales que Milei reduce para terminar de liquidar la ANSES y también esfuerzo proporcional de los más ricos– yace la posibilidad conceptual de compatibilizar un equilibrio fiscal que la Argentina necesita por estar privada de crédito con la aplicación de políticas de reparación social y de aliento al consumo popular.
Allí, en el salario licuado y en la inequidad de un ajuste excesivo y pésimamente distribuido en sus cargas, está la posibilidad de cambiar el futuro.
Una política popular bien entendida debe estimular y no entorpecer la inversión, el crecimiento y el desarrollo. Cuando eso ocurra, la Argentina terminará con el placer de arrojarse al vacío.
