Axel Kicillof y otros dirigentes se codearon con el centroizquierda global. Pedro Sánchez, Lula da Silva y más: ¿hay agenda común? ¿Todos contra Donald Trump?
Axel Kicillof y otros referentes de la Argentina acaban de participar en Barcelona en la Global Progressive Mobilisation (GPM), iniciativa que pretende proveer de una brújula a un progresismo apocado ante el vendaval global de la ultraderecha. ¿Le servirá ese dispositivo al peronismo en crisis para mejorar sus chances en las elecciones que lo enfrentarán con Javier Milei?
Esa meta presenta complejidades, tanto de orden internacional como doméstico. Por un lado, el peronismo no termina de encajar, por falta de comprensión europea y por ausencia de vocación de algunas de sus figuras, en el molde del centroizquierda. Por el otro, porque la agenda de la GPM –a la sigla le faltó sólo una letra para terminar de dar la idea de una ruta trazada– es eminentemente global y condicionada por el modo en que Donald Trump está zamarreando el orden mundial conocido con sus guerras, sus aranceles y sus salidas de libreto.
¿En caso de que el electorado decida poner fin a la aventura paleolibertaria, cabría la dependiente Argentina actual en ese esquema alternativo?
Axel Kicillof y el resto (del peronismo)
Además de Kicillof, asistieron a la cumbre progresista el senador Wado De Pedro y los diputados Jorge Taiana, Eduardo Valdés, Nicolás Trotta, Lorena Pokoik, Lucía Cámpora y Roxana Monzón.

Pedro Sánchez, Luiz Inácio Lula da Silva y el líder de los socialistas europeos, Stefan Löfven, algunos de los rostros visibles de la reciente cumbre progresista.
Por peso institucional y figuración en las encuestas, el gobernador bonaerense acudió en carácter de presidenciable y pudo codearse con el local Pedro Sánchez; Luiz Inácio Lula da Silva; Claudia Sheinbaum; Yamandú Orsi; Gustavo Petro; los presidentes de Portugal y Sudáfrica, António Costa y Cyril Ramaphosa; el gobernador demócrata de Minnesota y voz cantante contra los abusos migratorios de Trump Tim Walz, y otras tres mil figuras de un centenar de partidos y de todos los continentes.
La GPM, cita mayor tras una Cumbre en Defensa de la Democracia celebrada también en la capital de Cataluña, se presentó «en un momento en que el mundo se enfrenta a una coyuntura crítica, (como) una alternativa necesaria a las fuerzas conservadoras y de extrema derecha. Esta plataforma tiene como objetivo hacer que las soluciones progresistas sean visibles y creíbles, demostrando que son la clave para la prosperidad de la humanidad. Mediante la unión de regiones y generaciones, defenderemos la democracia y avanzaremos en la justicia social».
El espectro de Donald Trump
La idea –»dos días de paneles, talleres y sesiones plenarias que marcan la agenda progresista»– apuntó a generar consensos en temas que exceden y contradicen largamente a la Argentina empequeñecida de este tiempo de alineamiento automático.
Se trata del modo en que Trump lleva a un terreno peligroso la competencia con China, su tendencia al uso de los aranceles y las guerras como herramienta a mano, su disposición a tomar como patios traseros todas las regiones que percibe en disputa –empezando, en Venezuela y Cuba, por América Latina–, el ataque a Irán que desquició los mercados de la energía y su aparente decisión de romper –al menos de hecho– la OTAN y librar a su suerte a Ucrania en el conflicto con Rusia.
Así las cosas con Estados Unidos –¿definitivamente un exaliado de Europa?– crece el atractivo de China como socio estratégico.
A propósito, ¿cuánto está perdiendo Washington en esa puja al dejar, como lo está haciendo, víctimas –figuradas y reales– por todos lados?
Entre España y Argentina
Convocada formalmente por Stefan Löfven, presidente del Partido de los Socialistas Europeos, la cumbre tuvo como protagonista central al anfitrión: Pedro Sánchez.
El presidente del Gobierno español viene surfeando desde hace tiempo una situación de debilidad política que se profundizó días atrás cuando la Justicia confirmó el procesamiento de su esposa, Begoña Sánchez, por cuatro casos de presunta corrupción, uno de los cuales, el de tráfico de influencias, inevitablemente roza a la administración.
El líder del socialismo español se reveló como la cara visible del rechazo al violentismo de Benjamín Netanyahu –primero en Gaza, luego en Irán y finalmente en el Líbano– y llegó a desafiar a Trump al impedir el uso de las bases de la OTAN en su país para la campaña contra la República Islámica.
Kicillof le tendió a Sánchez una mano en entrevistas en las que, elípticamente, aludió a la puja que se da en España entre el PSOE y Sumar, por un lado, y un Partido Popular cada vez más derechizado por el influjo de los ultras de Vox, por el otro. Milei ha acudido allí cada vez que pudo a respaldar a su amigo Santiago Abascal.

Consultado en una entrevista en Cadena Ser sobre «qué consejo les daría a los gobiernos progresistas, como el de España, que todavía resisten la ola ultra», respondió: «Vengo del futuro y les cuento cómo es cuando la ultraderecha gobierna«, tras lo cual describió el panorama desolador de la Argentina del ajuste perpetuo de Milei.
Embed – Axel Kicillof, sobre Milei: «Todo lo que andaba mal, empeoró; lo que andaba bien, lo está rompiendo»
El modelo de Pedro Sánchez
Si la GPM pretende brindarles una brújula a los progresismos del mundo y si el sanchismo es el corazón de la GPM, cabe destacar que España está, como miembro de la Unión Europea (UE) y de la eurozona, limitada en términos fiscales y monetarios. En ese contexto, registra un déficit fiscal primario de 2,5% del PBI, menor que el tope comunitario del 3% y claramente financiable, y además en baja desde el 10% del Gran Confinamiento y camino a cerrar el año en 2,2%.
En tanto, la economía creció 2,8% el año pasado –más que duplicando la media europea– y la inflación cerró en 3%, también por encima del promedio regional.
Una de sus principales reformas fue la laboral, aprobada en 2021 y vigente desde 2022, que apuntó a lidiar con un problema al que no escapa la Argentina: la precariedad del trabajo.
Para eso limitó los contratos temporales, incentivó los indefinidos, recuperó el poder de negociación de los sindicatos, restableció la ultraactividad de los convenios, limitó la subcontratación y estableció mecanismos de crisis para contener despidos a gran escala. ¿El resultado? Resentimiento empresarial, pero caída de la temporalidad de los contratos de trabajo del 26% del total a menos de 15% y le quitó a España la indeseable distinción de ser uno de los países con mayor precariedad laboral de la UE.
Como Milei, pero exactamente al revés.
Progresismo y peronismo, ¿asuntos separados?
Mientras el Círculo Rojo argentino trata de adivinar si el Kicillof realmente existente se parece al que le gustaría imaginar, cabe recordar algunos de los ejes que priman en el equipo económico bonaerense, aquel proyecta a su aspiración presidencial. ¿Podría ser el kicillofismo una suerte de sanchismo criollo?
Antes de hablar de candidaturas, el gobernador de la Provincia pide establecer una alianza política con un programa coherente, que no implosione en internas como le ocurrió al Frente de Todos. Por eso habla con sectores del empresariado, hace guiños a otros distritos que encuentran por ahora más eco a nivel de intendentes que de gobernadores y también les abre la puerta a experonistas que se pasaron al macrismo y hasta cooperaron con la extrema derecha. Sin embargo, si habrá mesa para negociar y armar, él llegará con sus propias recetas.
Sus objetivos son estabilidad macro, crecimiento, distribución del ingreso y mejora paulatina de las condiciones de vida.
Los mecanismos para alcanzarlos son –keynesiano al fin– la heterodoxia y una prudente desacralización del superávit fiscal, sobre todo cuando hay que sacar a la actividad de un pozo; aumento controlado del gasto público; esquema tributario más progresivo; restauración de derechos laborales; políticas concertadas con el empresariado y el sindicalismo; reducción de las tasas de interés; dólar libre y más alto, y –para hacer espacio fiscal por el lado de la cuenta financiera– renegociación de vencimientos con el FMI y luego con los acreedores privados.
No hay nada allí que contradiga las recetas del progresismo europeo ni del que ha sido exitoso en la región, desde el lulismo a la experiencia del Frente Amplio, entre otros. Tampoco –guerras privadas aparte, claro– nada que vaya contra la vocación de un sector amplio del peronismo, pero lo que marca diferencias son las especificidades argentinas: cierre del financiamiento de mercado, condicionamientos del Fondo Monetario Internacional, dependencia de Estados Unidos y, para el próximo presidente, una convivencia de algo más de un año con Trump.
¿Es posible un progresismo post-Milei?
¿Esa receta será mucho para el Círculo Rojo local, sobre todo el industrial, que confunde al pedir, todo a la vez y sin demasiada conciencia del peligro acaso terminal que corre, hiperajuste y precarización laboral, pero con mayor demanda y reactivación?
La cumbre progresista se lanzó al ruedo en un año delicado para Sudamérica, donde el sector viene de perder en Chile.
Gustavo Petro, que ya le levantó a Kicillof el brazo como candidato anti-Milei –aunque presentándolo como «alcalde» y no como gobernador–, venía mal, pero rebotó en las encuestas cerca del cierre de su mandato gracias a mejoras salariales, ampliación de los programas sociales y devolución del IVA a los más vulnerables, al punto de reforzar a su delfín, Iván Cepeda, ante las elecciones del 31 de mayo en Colombia, aunque sin erigirlo por ahora en claro favorito.
También Brasil estará en juego. Poco después, en octubre, Lula da Silva enfrentará, ya con 81 años, a Flávio Bolsonaro. Será una puja difícil, que las encuestas presentan hoy como un empate técnico.
Todos los progresismos mencionados –los europeos y los latinoamericanos– han sido y serán, más allá de oscilaciones naturales en democracia, proyectos viables. ¿Puede decirse lo mismo de uno argentino?
La respuesta debe ser afirmativa, porque la historia nunca termina, pero no pueden dejar de señalarse condicionantes como el páramo productivo que dejará el mileiato, una pelea por la estabilización de la economía que, probablemente, se extenderá más allá del mandato actual, y un cúmulo de necesidades sociales que debería encarar una administración sin caja, sin crédito y sin espacio político para volver a las andadas fiscales, monetarias e inflacionarias.
Para ese proyecto, seguramente necesario, no sobrarán recursos de ningún tipo.
(Nota publicada en Letra P).
