Flávio Bolsonaro, el muleto de papá Jair, el jefe de un clan que quiere volver al poder.

Hijo mayor de Jair, el expresidente preso e inhabilitado lo puso al frente. Mano dura y tijeretazo, con pose de moderación. Fiestas y relaciones peligrosas.

BRASILIA (enviado especial) Flávio Bolsonaro es el hijo mayor del jefe del clan, Jair Bolsonaro, y quien tiene con él un mayor parecido físico. Verdaderamente devoto de su padre, fue entronizado por el expresidente desde su prisión domiciliaria como su representante en las urnas por encima de otros pretendientes, desde el poderoso gobernador de San Pablo, Tarcísio de Freitas —más bien un aliado conservador con juego propio— hasta la ex primera dama Michelle, quien terminó ganando una banca para el Senado por el Distrito Federal.

Flávio tiene 45 años y es oriundo de Resende, estado de Río de Janeiro, el gran bastión del bolsonarismo. Es abogado y su vida transcurrió entre la política y los negocios.

No puede ser considerado un outsider ni con mucha voluntad.

Ultracasta

Entre 2003 —tenía 21 años— y 2019 cumplió cuatro mandatos consecutivos como diputado estadual en Río de Janeiro y luego fue senador federal por ese distrito.

Conservador, evangélico, obediente a los lineamientos de su padre y —dicen— menos radicalizado que él y que sus hermanos menores Eduardo y Carlos, su discurso tiene un fuerte anclaje en la seguridad. Incluso con algunos matices sombríos.

Su participación en la Asamblea Legislativa fluminense giró en torno a proyectos destinados a endurecer la política de seguridad y a otorgar beneficios a los policías estaduales.

Los dos Flávio Bolsonaro

El récord de su participación es poco elogiable. En 2009 votó contra un proyecto para ampliar las licencias por maternidad, cosa de la que se disculpó en el debate del viernes último. «Era muy joven. Ahora que soy padre conozco el valor de la familia», explicó.

Además, todavía se le reprocha haber avalado un proyecto para limarle toda marca identificatoria a las balas de los agentes de la policía. ¿Para qué? ¿Para entorpecer la investigación de casos de gatillo fácil? Nunca lo explicó.

Flávio Bolsonaro participó desde aquellos tiempos en actos de reconocimiento a efectivos que, se comprobó más tarde, estaban vinculados a las milicias parapoliciales que, con impronta mafiosa, les disputan territorios y negocios —tráfico, «protección»— a organizaciones criminales como el Comando Vermelho en las favelas.

Entre esos casos, uno lo dejó marcado para siempre: el del excapitán de la Policía Militar de Río Adriano da Nóbrega. El entonces diputado local lo homenajeó en la propia legislatura, en 2003, y hasta pidió condecorarlo con la Medalla Tiradentes dos años después. Con el tiempo se supo que el Ministerio Público lo consideraba un miliciano.

Sus fuegos se apagaron en 2020, cuando murió en Bahía durante un operativo. La polémica en torno a Flávio B. perdura hasta hoy.

El mote de «miliciano», que le adjudicó Luiz Inácio Lula da Silva una y otra vez durante la campaña, tiene otros hitos.

La madre y la esposa de Adriano trabajaron en la oficina de Bolsonaro, y se denunciaron movimientos de dinero y otros vínculos con ese submundo. Nada le fue probado y por eso él puede negar esos vínculos que sus rivales se empeñan en recordar.

Más relaciones peligrosas

Otro precedente que pesa en su CV es el haber actuado como abogado defensor del policía militar Bruno Dias Delaroli, responsable de la muerte de Ana Clara Gomes Machado, una niña de cinco años que fue alcanzada por un disparo de fusil lanzado por el acusado el 2 de febrero de 2021, cuando jugaba frente a su casa en la comunidad de Monan Pequeno (Niterói) y se desarrollaba un operativo de la Policía Militar. Ese tema también salió en el debate de la TV Globo, y la dura reacción de la madre a sus torpes explicaciones dio mucho de qué hablar en los medios el fin de semana.

Tras una candidatura —muy— fallida a alcalde carioca en 2016, en 2018, el año del gran despegue nacional del bolsonarismo, fue elegido senador. La influencia que le dieron ese cargo y la presencia de su padre en el Palacio del Planalto le dieron gran notoriedad.

La notoriedad, sin embargo, es una moneda de dos caras, porque también supone que ciertas lupas se posen en lugares que antes ni frecuentaban.

A fines de 2018 se convirtió en uno de los innumerables políticos acusados de rachadinhas, una práctica que consiste en la entrega de parte de sus sueldos de los empleados de un legislador a cambio de su permanencia en el Estado. Esa práctica, muy difundida, suele ser investigada como malversación de fondos públicos.

En el caso de Flávio, los movimientos de dinero registrados en cuentas de Fabrício Queiroz, quien fuera su jefe de Gabinete, ascendieron a 1,2 millones de reales solamente entre 2016 y 2017, alrededor de 350.000 dólares de la época.

Después de muchas idas y vueltas, la causa contra Flávio Bolsonaro y Queiroz fue archivada.

Flávio Bolsonaro, favorito para la segunda vuelta en Brasil, armó la fiesta para la ultraderecha regional.

Flávio Bolsonaro, favorito para la segunda vuelta en Brasil, armó la fiesta para la ultraderecha regional.

Sin embargo, los escándalos parecen pegársele. En la actual campaña mucho se habló —y poco se esclareció— sobre sus relaciones con el banquero Daniel Vorcaro, ceo del Banco Master, que cayó en medio de una quiebra fraudulenta, y hoy preso.

De película

Vorcaro parece haber corrompido a medio Brasil, incluidos jueces del Supremo Tribunal Federal (STF). A Flávio Bolsonaro le transfirió reales equivalentes a unos 12,5 millones de dólares para la supuesta filmación de Dark Horse, una película sobre Jair Bolsonaro que no ha visto la luz. ¿Fue un proyecto artístico fallido, una operación de financiación ilegal o un pago por favores e influencias?

Por si eso fuera poco, días antes de la primera vuelta del domingo 4 estalló en sus manos un escándalo derivado de la filtración de comunicaciones telefónicas de un exsocio, Alexandre Santini, en un emprendimiento de comercialización de chocolates. Al parecer, Bolsonaro le quedó debiendo plata, el hombre lo extorsionó y empezó a hacer circular material que probaría pagos por tráfico de influencias y hasta participación de ambos en fiestas privadas con garotas de programa —prostitutas— en hoteles de lujo.

Santini hasta le llevó las pruebas del delito —de adulterio— a Fernanda, la esposa de Flávio, lo que produjo una crisis en la pareja que terminó zanjándose con un cristiano perdón y un arrepentimiento del presidenciable.

Hoy, lo jura, es un hombre de Dios y familia. Por un tiempo lo había olvidado.

(Nota publicada en Letra P).