Luiz Inácio Lula da Silva, figura descollante de la historia política de Brasil.

De la pobreza al sindicalismo y a tres derrotas antes de alcanzar la presidencia, retrato de un incansable. Luces, y también sombras. Cuarta o final.

Brasilia (enviado especial) – El próximo martes, dos días después de la crucial segunda vuelta de este domingo, Luiz Inácio Lula da Silva cumplirá 81 años y ya sabrá si debe prepararse para su última gran pelea política, el cuarto mandato que corone una biografía sin par, o le corresponde empezar a asimilar la salida definitiva de escena.

¿Cómo se reemplaza a alguien irremplazable, a una leyenda? La pregunta explica tanto por qué el Partido de los Trabajadores (PT) tiene como gran cuenta pendiente la búsqueda de un liderazgo nuevo, como la causa que llevó a este luchador a reponerse de mil derrotas y hacer un esfuerzo monumental a esta altura de su vida para impedir la restauración de lo que denomina una extrema derecha golpista en su Brasil.

El inicio de su vida fue una infancia de extrema pobreza en su Pernambuco natal y siguió con la migración en camión, junto a su madre y sus hermanos, a San Pablo.

No hubo para él escuela secundaria, sino trabajo. Logró formarse como tornero mecánico y a los 17 años perdió el meñique de su mano izquierda en un accidente laboral.

De su condición de obrero metalúrgico saltó a la vida sindical. En 1975 consiguió la presidencia del Sindicato de los Metalúrgicos del ABC, el conurbano industrial paulista, posición desde la que se erigió, con sus huelgas y protestas, en uno de los máximos detractores de la dictadura militar y en uno de los padres de la democracia reconquistada en 1985.

Lula da Silva, del sindicalismo a la presidencia, tres veces: este domingo se sabrá si tendrá una cuarta.

Lula da Silva, del sindicalismo a la presidencia, tres veces: este domingo se sabrá si tendrá una cuarta.

Junto a otros sindicalistas, intelectuales y militantes, fundó en 1980 el PT, plataforma de su salto a la política para perder y perder hasta finalmente ganar, mostrando una resiliencia verdaderamente infrecuente.

En 1982 perdió la elección para gobernador de San Paulo. En 1986 fue elegido diputado. Peleó por la presidencia en 1989, en 1994 y en 1998. Siempre perdió.

La cuarta fue la vencida: su triunfo de octubre de 2002 le permitió asumir el poder el 1 de enero de 2003 e iniciar una era de hegemonía política.

El «hambre cero» fue su gran bandera a través del plan asistencial Bolsa Familia. Que cada brasileño tuviera garantizadas tres comidas diarias, su obsesión. En términos generales consiguió todo eso, sacando a Brasil del «mapa del hambre» y también la inscripción de su nombre en la historia grande de este país.

El boom de las materias primas de la primera década del siglo XXI lo ayudó a sacar de la pobreza a más de 30 millones de compatriotas, a promover la educación en todos los niveles y a exhibir un crecimiento económico de «tasas chinas», equivalente en esos años felices a los de vecinos como Argentina, Venezuela y otros. Así, resultó natural que obtuviera la reelección en 2006.

A la izquierda, pero no tanto

El Lula presidente fue un reformista audaz, pero moderado, distante del izquierdista radical de su tiempo de sindicalista. «Yo nunca fui socialista», llegó a declarar una vez. Ya no importaba esa narrativa, sino su obra.

Su prestigio internacional se hizo impresionante y hasta Barack Obama le expresó su admiración. «¡Este es el hombre! Adoro a este tipo», le dijo el 2 de abril de 2009 durante la cumbre del Grupo de los 20 en Londres.

La sombra de la corrupción

Sin embargo, si la élite brasileña jamás lo quiso por su falta de refinamiento, por su ideología y por su praxis, el paso por el poder ayudó al desgaste. Dentro de esto, escándalos de corrupción que no pudo, no supo o no quiso cortar de cuajo.

El primero, sobre el final de su primer mandato, fue el Mensalão, básicamente la compra sistemática, mediante pagos mensuales y con fondos públicos de voluntades en el Congreso, forma de obtener mayorías que las urnas nunca le dieron.

En 2010, impedido de volver a competir, se retiró con una aprobación estrafalaria de más del 80%, lo que lo convirtió en el king maker que encumbró a Dilma Rousseff. La era del PT continuaba.

Mientras él superaba un cáncer de laringe —explicación de su acentuada ronquera actual— Dilma demostraba que el mundo ya no traccionaba la economía, sino todo lo contrario, y que la izquierda se hacía vulnerable.

En 2013 estalló una ola de protestas, expresión de una «irritación difusa» que mezclaba molestia por la corrupción, demandas insatisfechas de segunda generación, quejas por cierto deterioro económico y hasta los gastos faraónicos de la Copa Confederaciones de ese año, del Mundial 2014 y de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro de 2016.

Pese al mal clima, Dilma fue reelecta, siempre con el apoyo de Lula, en 2014, pero un complot que no fue ilegal pero sí muy maloliente la sacó del gobierno con un juicio político basado en el argumento de las «pedaleadas fiscales», esto es la imputación tardía de ciertos gastos para cuadrar las cuentas públicas dentro de los límites del Presupuesto. Todos antes de ella lo habían hecho, pero Dilma pagó y fue destituida en agosto de 2016.

El PT sangraba. En paralelo a ese proceso doloroso avanzó, desde 2014, la operación Lava Jato, que investigó un esquema de corrupción a gran escala en Petrobras. El juez Sergio Moro, hoy gobernador electo de Paraná, fue el ariete de esa ofensiva, de intenciones declaradamente jurídicas y políticas.

Lula da Silva, a la cárcel

Lula fue condenado en tres instancias por haber recibido, supuestamente, un tríplex en el balneario paulista de Guarujá como soborno de parte de un contratista de obra pública.

Fue preso 580 días desde abril de 2018, pero en un momento dado el Supremo Tribunal Federal (STF) cayó en la cuenta de que ninguno de los jueces que intervinieron el expediente logró vincular el caso con el Petrolão, por lo que el mismo debió dirimirse en San Pablo y no en el juzgado de Moro en Curitiba. No hubo juez natural, Moro actuó más como fiscal que como juez de garantías, se constataron otros vicios procesales y Lula fue liberado y rehabilitado.

Mientras eso ocurría, la judicialización de la política lo sacó de la cancha, le abrió el camino al inverosímil Jair Bolsonaro y Brasil debió atravesar, con su irresponsabilidad y su negacionismo, una pandemia que dejó 720.000 muertos. Hasta su hijo Flávio Bolsonaro reconoce que el rechazo a las vacunas, a las recomendaciones de la OMS, a las cuarentenas y, como contrapartida, la promoción de «medicamentos» milagrosos como la cloroquina desde lo más alto del poder fueron «errores» que derivaron en más muertes que las inevitables.

Rehabilitado, desafió a Bolsonaro y lo venció con lo justo: por menos de dos puntos.

Las elecciones de 2022: Lula da Silva vence a Jair Bolsonaro por escado margen y llega por tercera vez a la presidencia de Brasil.

Las elecciones de 2022: Lula da Silva vence a Jair Bolsonaro por escado margen y llega por tercera vez a la presidencia de Brasil.

El que entró en prisión domiciliaria fue el excapitán por haber promovido un intento de golpe desde mediados de 2022, cuando ya temía que podía ser vencido por su enemigo jurado. El 8 de enero de 2023, una semana después de la asunción de Lula para su tercer mandato, la instigación de la narrativa falsa de un fraude, la promoción de manifestaciones en los cuarteles y los preparativos para la declaración de un estado de sitio derivaron en el asalto de una horda bolsonarista a las sedes de los tres poderes en esta ciudad.

Este domingo, Lula va por su última reinvención. Coronará un derrotero inverosímil o pasará a la historia. No habrá términos medios.

(Nota publicada en Letra P).