Javier Milei en el acto por Malvinas de 2025, cuando estuvo a nada de reconocer el derecho a la autodeterminación de los kelpers.
Lanzado a la reelección y flojo en las encuestas, el Presidente se abrazó como nunca antes a la causa popular de las islas. Sin Donald Trump no hay patriotismo.
Bastaron 15 minutos para que Javier Milei ensayara una pirueta impactante: con la fe de los conversos y la urgencia electoral, se abrazó como nunca antes a la causa Malvinas, anunció el rearme de la Argentina, usó un tono casi militarista y dejó flotando preguntas que sólo podrían responderse suponiendo un acuerdo amplio de seguridad y financiamiento con Estados Unidos.
Palabras duras y espaldas prestadas; una apuesta riesgosa.
Si cambiar el eje de una discusión pública basada en las penurias económicas de la mayor parte de la población y del entramado productivo era una de las intenciones, lo consiguió. Por algunos días o semanas, el sorprendente giro nacionalista del Presidente será un tema insoslayable.
Lo anterior, sin embargo, no es lo más importante. Lo dicho por el jefe de Estado debe ser atendido en su contenido y resulta impensable sin el visto bueno de Estados Unidos e, incluso, de Israel.
«Corren vientos de cambio favorables a nuestro reclamo», sentenció el mandatario, confiado en que el futuro le pertenece.
Anuncios e indicios
Extremando los alcances de legislación generada bajo la gestión de Cristina Fernández de Kirchner, Milei anunció un endurecimiento de las sanciones contra las empresas que exploten recursos naturales –sobre todo petróleo– en las aguas que circundan las islas ocupadas y una extensión de las penalizaciones a los accionistas, directivos y compañías que les presten servicios.
La israelí Navitas, socia junto la británica Rockhopper en el emprendimiento petrolero Sea Lion, que se propone extraer crudo a partir de 2028, queda en la mira. En buena hora.

Acertó también el Presidente al poner la mira en la relevancia de la prevista explotación hidrocarburífera, a lo que cabe añadir un dato: un punto débil del lobby kelper en Londres es el costo que supone para los contribuyentes británicos mantener una guarnición militar que alberga casi a tantos soldados como habitantes. Eso, con los recursos del crudo, podría mutar en una situación de autosustentabilidad en materia de seguridad. El reloj vuela.
Por otro lado, Milei habló de la creación por ley de un Consejo de Seguridad Nacional, y, lo crucial, de la construcción de una base naval integrada en Tierra del Fuego que convertiría a la Argentina «en el polo logístico más importante del Atlántico Sur». ¿En soledad? Seguramente no.
Días de conversión
Es imposible por ahora medir cuán consecuente será el presidente anarcocapitalista en su reconversión en un soberanista –o antiglobalista–, a tono con el trumpismo y el bolsonarismo.
Conceptos como seguridad, soberanía y hasta «supervivencia» nacional resultaron desconcertantes para quienes suelen prestarle atención. Por primera vez, el Milei que le habló al país no sonó como la mosca blanca que ha sido hasta ahora en la gran familia de las extremas derechas internacionales.
La influencia ideológica de Santiago Caputo en el discurso asomó con más claridad que nunca.
Entre la voluntad y el voluntarismo
El detalle es que sus palabras lo comprometen, lo mismo que al país, y que serán tomadas muy en serio en Londres. No debería sorprender que pronto se produjera allí algún anuncio para reforzar la base militar en las Islas Malvinas.
Dos definiciones resultan especialmente interesantes.
- «Un país pobre y sin Fuerzas Armadas difícilmente puede avanzar de forma efectiva en sus reclamos soberanos. Debemos entender que la prosperidad es condición necesaria para la seguridad y la seguridad es condición necesaria para la supervivencia», dijo. Ambicioso, prometió reequipar el aparato militar en una medida suficiente no sólo para que la Argentina sea tenida en cuenta en la cuestión Malvinas, sino también para asegurar el despliegue nacional sobre la Antártida.
- «Si evaluamos las condiciones estructurales del Reino Unido (…), ellos se enfrentan múltiples crisis de carácter migratorio, demográfico y económico, que difícilmente tengan solución. Es claro que recorren un camino de declive. Sin embargo, el futuro de Argentina es floreciente y va a prevalecer», añadió.
Sobre la primera de esas frases, cabe preguntarse de dónde saldrán los recursos necesarios en el país del ajuste perpetuo, uno que viene de recortar 10,3% en agosto el gasto primario devengado, uno que no puede ni repavimentar sus rutas y cuyo Estado se apodera de los magros fondos destinados a financiar obras en infraestructura para conseguir un superávit fiscal un tanto voluntarista.
Sobre la segunda, cabe desconfiar de que el Reino Unido esté por convertirse en la ruina que pronosticó y que la Argentina esté tan cerca de devenir en potencia.
Adicionalmente, ¿no le meterá esto ruido a la economía en la precampaña electoral, tanto por el lado del temor de los inversores a un incremento del gasto público como por el ruido de aceros que podría producir? ¿Estará Toto Caputo contento con lo anunciado?
Follow the money: lo dicho lleva a una cuestión fundamental: ¿quién está detrás de la conversión de Milei?
Trump, la equis de la ecuación
Nada de lo dicho cierra sin Estados Unidos o, mejor dicho, sin Donald Trump.
Si es que hay que creer en todo lo escuchado y si ello no derivará en una simple bravata, el financiamiento del reequipamiento militar y el necesario para la construcción de la base integrada sólo podrían provenir de esa fuente.
Es imposible en este punto no evocar la visita de abril de 2024 a Tierra del Fuego de la entonces jefa del Comando Sur de los Estados Unidos, generala Laura Richardson.

La cuestión pasa por si el aparente giro de Trump sobre Malvinas –en el fondo, una ruptura de toda la tradición atlantista de los Estados Unidos– es real y si tiene condiciones de perdurar.
El jefe de la Casa Blanca ratificó este jueves, en una entrevista con la cadena británica GB News, su enojo con el gobierno laborista de Londres.

Consultado sobre sus dichos recientes acerca de una posible revisión de la alegada neutralidad estadounidense en el diferendo en favor de la Argentina, respondió en términos que causaron revuelo en el Reino Unido.

«Yo estaba allí cuando tuvieron la primera guerra. Eso fue hace mucho tiempo y lo observé muy atentamente. Ustedes se comportaron muy bien, las recuperaron con bastante firmeza, pero (las islas) están muy lejos. Es un viaje muy largo», comenzó.
¿Primera guerra? ¿Podría haber una segunda? ¿La lejanía como vulnerabilidad?
Enseguida fue al hueso. «Su país –le dijo a la periodista británica– no está pasando por un buen momento. No olvide que ustedes obtienen un gran porcentaje de su petróleo a través del estrecho de Ormuz y no estuvieron allí para ayudarme. Su país no estuvo allí para ayudarme», reprochó a las administraciones laboristas de Keir Starmer y, desde el 20 de julio, de Andy Burnham.
Debido al rebrote de la violencia en el golfo Pérsico, en los últimos días se volvió a empinar la cotización del petróleo, lo que en Estados Unidos infla el precio de las naftas, recalienta la inflación, aleja la perspectiva de un recorte de las tasas de interés, encarece las hipotecas que pagan millones de familias y reduce el ingreso disponible de la población. Cicuta electoral que Trump se ve obligado a beber sin que los socios tradicionales atiendan sus pedidos de auxilio.

A ese asunto delicado se suman las presiones norteamericanas por un incremento del presupuesto de defensa de todos los miembros de la OTAN a, por lo menos, el 3% de los respectivos PBI, cosa que Burnham amaga con demorar más allá de la promesa de 2030.
Trump, por su parte, pretende mucho más: que los socios se estiren al 5%, de modo de aliviar definitivamente la carga financiera de Estados Unidos en la Alianza Atlántica.
Tienta pensar que se abre una oportunidad para la Argentina.
Palabra de Donald Trump
El republicano es un hombre veleidoso, un mercader consumado que, como escribió Angela Merkel en sus memorias, concibe las negociaciones como juegos de suma cero y aplica una diplomacia crudamente transaccional.
Así, si el Reino Unido –mañana, pasado, en un año…– se allanara a sus reclamos de apoyo en la guerra contra Irán y de asunción de más responsabilidades financieras en la OTAN, ¿habría motivos para suponer que Estados Unidos canjearía la relación más cercana que puedan tener dos países en el mundo por una patriada argentina?
Por otro lado, incluso si Trump estuviera realmente decidido a jugar a favor de nuestro país ante la posibilidad de poner un pie –los dos, bah– en el Atlántico Sur gracias a la prometida base integrada fueguina, algo absolutamente compatible con su leonina Estrategia de Seguridad Nacional y su Doctrina Donroe, después de él, ¿qué?
El hombre no tiene reelección, cuenta con amplias chances de encarar como un pato rengo la segunda mitad de su mandato tras las midterms del 3 de noviembre y es improbable que Estados Unidos –no este gobierno, sino su establishment, sus poderes permanentes– renuncie a la densa trama de intereses comerciales, financieros, militares, estratégicos y hasta culturales que lo vincula con Londres.
La apuesta de Milei parece demasiado grande y realizada con fichas que corren el peligro de agotarse en cualquier momento.
A falta de pan…
Imposibilitado de activar la narrativa económica, central en lo que se supone que es su rol histórico y en su necesidad de reforzar su proyecto de reelección, el Presidente se abraza así, como una alternativa, a esta causa nacional sentida que cobró visibilidad global en el último Mundial de fútbol, cuando jugadores de la Selección exhibieron una bandera alusiva tras el triunfo frente a Inglaterra.

«A todos los argentinos, y en especial a la política, quiero transmitirles lo siguiente: podemos discutir sobre cualquier otra cosa, podemos discutir mis formas, podemos estar en desacuerdo sobre la política fiscal o cambiaria, pero este tema demanda una pausa, demanda que hagamos nuestras armas a un lado y mostremos un frente unido ante el mundo, como nación y como sociedad. Porque hay causas que están por encima de cualquier diferencia política. Malvinas es una de ellas», dijo Milei en su cadena.
Es improbable que la oposición acepte pausar la grieta que él mismo ensancha a cada minuto porque es imposible ignorar el interés de Trump detrás de la movida, así como las contraprestaciones que requeriría un respaldo que, por otra parte, no ofrece garantías de perdurabilidad.
Más allá de que en la cadena no anunció ninguna guerra y de que las diferencias con lo ocurrido en 1982 son abismales, ¿no corre el Presidente el riesgo de recaer en el mal cálculo de Leopoldo Galtieri, quien creyó que el valor de la Argentina como aliada de Washington en la guerra sucia contra las guerrillas centroamericanas aseguraría, al menos, una verdadera neutralidad de Ronald Reagan?

Como sea, de su aparente conversión malvinera y soberanista se derivan dos preguntas.
Una, si las narrativas resultan perfectamente fungibles, esto es si una sugerencia vaporosa acerca de la futura recuperación de las Malvinas con respaldo norteamericano vale tanto como la vinculada a las penurias materiales del día a día.
Dos, si su repentino embanderamiento con esa reivindicación resulta creíble en quien jamás demostró sensibilidad sobre el tema.
Mileísmo y Malvinas, ¿asuntos separados?
Es largo el historial de desencuentros entre Milei y Malvinas.
Ya en la campaña que lo llevó a la Casa Rosada, se confesó fan de Margaret Thatcher y defendió la idea de que la Argentina debía asumir las consecuencias de haber perdido la guerra de 1982.
Luego se rodeó de funcionarios que no aportaron precisamente a la causa: la primera canciller, Diana Mondino; el actual, Pablo Quirno, y hasta el atrevido director de Comunicación Digital –puesto menor–, Juan Pablo Carreira, alias «Juan Doe», quien gustaba de llamar «Falkland» a las islas ocupadas.

El propio Milei llegó a hacer referencias apenas tangenciales a la cuestión en la Asamblea General de la ONU, acierta cuando lee algún texto desganado y ritual en algunos 2 de abril y erra de medio a medio como cuando, en esa fecha del año pasado, quedó a un paso de reconocer el derecho a la autodeterminación de esa población implantada, dislate del que se desdijo este jueves, como si nada hubiese pasado jamás, cuando dijo que «los isleños constituyen una población implantada en un territorio ocupado y no tienen un derecho legítimo a la autodeterminación» y que, «en consecuencia, los referéndums realizados en las Islas no pueden utilizarse para decidir la soberanía sobre el territorio».
Más recientemente, en julio, el HMS Medway, un patrullero de la Royal Navy, navegó sin permiso en aguas argentinas frente a Tierra del Fuego, lo que motivó una protesta tardía y tibiecita de la Cancillería. El mes pasado, en tanto, el buque petrolero británico VS Promise atracó en el puerto de Ushuaia, pero el Gobierno no vio en ello ninguna incorrección.
La indiferencia con la causa Malvinas quedó de golpe en el pasado, pero el futuro es un camino de cornisa.
