Javier Milei observa el intrincado juego electoral y de proyectos entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. ¿Brasil anticipa los dilemas de la Argentina?
El Presidente hincha por Flávio Bolsonaro, pero no lee las lecciones de Brasil. Estabilidad y crecimiento, logros pendientes en casa. ¿Y el desarrollo, cuándo?
La Argentina de Javier Milei sobrevive al ritmo del combate a la inflación, y crecer parece el lujo de un futuro impreciso. Mientras, el Brasil que siempre parece que arranca, pero que no termina de hacerlo y se dispone a optar entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, ofrece claves para pensar la asignatura pendiente del desarrollo.
Desde el éxito del Plan Real, lanzado en 1994 por Fernando Henrique Cardoso como ministro de Hacienda de Itamar Franco, la hiperinflación pasó a ser sólo un mal recuerdo, y el índice de precios de un dígito fue alcanzado en apenas dos años. Cardoso fue electo y reelecto, y la izquierda brasileña entendió que sólo tendría futuro en el marco de una aceptación de la estabilidad como un bien social inalterable.
Así, el temor al Lula da Silva de 2002 llevó ese año el índice al 12,5%, pero el giro al centro que este dio ni bien resultó electo en octubre de ese año encarriló la situación de inmediato.
¿Cómo es posible que Lula deba pelear tan duramente de cara a los próximos comicios con Flávio Bolsonaro cuando gobernó con alto crecimiento entre 2003 y 2010, sacó de la pobreza a casi 30 millones de personas en ese período, consiguió la proeza de las tres comidas diarias para toda la población, cayó en la cárcel y el oprobio y regresó de allí, le puso freno a la extrema derecha bolsonarista hace cuatro años y hasta resistió un intento de golpe postrero de Jair Bolsonaro?

Javier Milei acudió en San Pablo al lanzamiento de la campaña presidencial de Flávio Bolsonaro. Sus ataques a Luiz Inácio Lula da Silva llevaron la relación entre Brasil y la Argentina a su mayor crisis en décadas.
Una respuesta, probablemente, radique en la larga postergación de la promesa del desarrollo, percibida por las grandes mayorías en base a condiciones de vida que se estancan y frustran las expectativas individuales de progreso.
Lula, Bolsonaro y un empate infartante
La última encuesta del instituto Datafolha, uno de los más reputados del país vecino, confirma el escenario de brutal empate estadístico. Lula da Silva 39% y Bolsonaro hijo 36% –el resto de los presidenciables se acomoda mucho más abajo– para el primer turno del 4 de octubre; 46% a 44% para el ballottage del 25/10.
Milei mira, hincha por el ultra y espera un desenlace acaso controvertido.
Las causas para ese estado de cosas son variadas.
Para empezar, los 81 años con los que el actual presidente iniciaría un eventual cuarto mandato.
Además, la fatiga de material de su propia permanencia en la política brasileña, muy anterior al 2002 en el que cortó una racha de tres derrotas, pero decisiva desde esa fecha. Dos mandatos seguidos, apoyo a las dos elecciones de Dilma Rousseff, retorno desde la cárcel e inhabilitación en 2022, vigencia actual…
Como ocurre en el peronismo, a la izquierda brasileña le cuesta renovar un liderazgo histórico. La diferencia es que la sucesión política de Cristina Fernández de Kirchner es una imposición judicial, que se dará más o menos armónicamente, pero ocurrirá.

Luiz Inácio Lula da Silva sigue siendo, a sus 80 años, el líder indiscutible de la izquierda brasileña.
En Brasil, con el presidente en la cancha, no ha aparecido nadie que llene sus zapatos.
Lula 3.0, ¿una receta agotada?
A lo anterior se suma un tercer mandato más bien gris y carente de grandes novedades. La estabilidad se mantiene con una inflación menor al 5% anual y el crecimiento anual promedió el 3%, pero esos números meritorios no significan desarrollo.
La tasa de inversión se ubica en torno al 17% del producto bruto brasileño (PBI), muy lejos del 25% que se estima necesario sostener para la puesta en marcha de un verdadero proceso de desarrollo, en el que el crecimiento debería saltar por encima del 5% de manera sostenida.
La decisión de elevar en 15% los beneficios del programa social estrella del gobierno, el Bolsa Família, da cuenta tanto de sensibilidad social como de un cierto estancamiento de las expectativas.
La ultraderecha cuestionó la medida como un intento de «compra de votos», pero Flávio Bolsonaro siguió la huella de su padre, prometió no revertirla en caso de llegar al Palacio del Planalto y, más aun, darle a la gente mucho más todavía.
Lo que debería llamar la atención es que esas formas de asistencia sigan siendo tan importantes en un país que emprendió hace ya más de 30 años el camino de la estabilidad y cierto crecimiento. Pareciera que se le piden efectos nuevos a la misma receta de siempre.
Lula y el peronismo: ¿juego de espejos?
En más de un sentido, Brasil es un espejo que devuelve un futuro posible de la Argentina.
Por un lado, si el Milei 1.0 no completará la derrota de la inflación, un eventual segundo mandato suyo o el primero de quien lo suceda debería completar esa tarea.
Asimismo, así como el Lula da Silva de 2002-2003 se comprometió con la causa de la estabilidad, el peronismo –hasta donde es posible imaginar, la oposición realmente existente en la actualidad– debería entender también que, si bien la mejora de las condiciones de vida es una urgencia, la visión de una redistribución del ingreso sin consideraciones por la inflación y sin horizonte de crecimiento podría no enamorar a la mayoría que necesita conquistar.
Por último, ¿cómo conseguir el salto que transforme crecimiento –otra deuda que dejará sin saldar el Milei de 2023-2027– en desarrollo?
Una mancha que la redención no borra
El espejo brasileño deja, todavía, una visión más.
Así como es amado por medio Brasil, Lula da Silva también es detestado por la otra mitad. Su retorno a la vida en libertad y la recuperación de sus derechos políticos fue posible en base al reconocimiento –tardío– del Supremo Tribunal Federal (STF) de que la operación Lava Jato había violado su derecho a un juicio justo.
Al revés de lo él que suele afirmar, no fue declarado inocente, sino víctima de una persecución. El resultado es que goza de lo que supo construir desde el poder y en base a una trayectoria ideológicamente coherente, y que sufre las sombras que no pudo, no supo o no quiso evitar a lo largo de su paso por el poder.
De ese modo, neologismos como Mensalão y Petrolão, entre otros, así como denuncias reiteradas contra su hijo Fábio Luís no dejan de pesar sobre su figura, contribuyendo a cierto desgaste.
¿Cuánto limita los proyectos populares la sombra de la corrupción, arma arrojadiza de derechas no más limpias, pero más influyentes en una agenda mediática y judicial? ¿Será, acaso, que el progresismo debe ponerse una vara ética más exigente para volver a ser?
El mal olor vuelve a Brasil
En la actual coyuntura, sufre por los graves coletazos institucionales del escándalo desatado en torno a la quiebra fraudulenta del Banco Master y a quien fuera su dueño, Daniel Vorcaro, ahora preso por fraude. Este aceitó durante años a buena parte del sistema institucional de Brasil mientras realizaba negocios financieros sucios, entre ellos la colocación de activos radiactivos a instituciones públicas.
Su influencia llegó nada menos que al Supremo, que el último martes protagonizó una de las sesiones más escandalosas de su historia al comenzar a tratar, encima en directo por TV, la posibilidad de someter a juicio a su juez más poderoso: Alexandre de Moraes.
Este aparece como destinatario –sin respuestas verificadas– de numerosos mensajes extraídos del teléfono de Vorcaro, los que darían cuenta del traspaso de información privilegiada sobre medidas policiales y procesales en su contra, así como de un contrato de 25 millones de dólares con el estudio de la esposa del magistrado y hasta la extensión de dos tarjetas de crédito corporativas a nombre de los hijos de la pareja.
El martes, De Moraes negó todo, alineó a parte del STF en su defensa y se entregó a un ida y vuelta escandaloso con su colega André Mendonça, quien actuó como instructor del caso Banco Master y que destapó la investigación de la Policía Federal en su contra.
Nominado por el exvice conspirador de Rousseff, Michel Temer, De Moraes ha sido la bestia negra de la extrema derecha, llevado adelante el caso por golpismo que terminó en la condena, encarcelamiento e inhabilitación de Jair Bolsonaro, además de la investigación por la difusión de fake news destinadas a denunciar falsamente un fraude en los comicios de hace cuatro años.
Mendonça, en tanto, es un juez promovido por Bolsonaro padre que supo reunirse con Vorcaro y hasta invitarlos a reuniones de su fundación. Este miércoles el pleno del cuerpo pondrá en la mira a este ministro para definir si lo investiga por su manejo del caso Banco Master.
En medio de la balacera, otros jueces supremos fueron mencionados por relaciones –personales o de familiares suyos– con el banquero radiactivo.
Lo más probable es que nadie salga ileso de esta saga.
Flávio Bolsonaro y un fuego que no lo quema
Vorcaro tuvo contactos directos y públicamente asumidos con Flávio Bolsonaro, a quien le entregó unos 12,5 millones de dólares, presuntamente para el rodaje de una película sobre la vida de papá Bolsonaro –Dark Horse–, pero, según sospecha la Justicia, acaso en concepto de financiación ilegal de campaña y compra de influencia de un hombre que, además de candidato, es senador.
Lo paradójico es que las andanzas del financista le pegan más duramente a la campaña del Partido de los Trabajadores (PT) que a la del bolsonarismo, que, de hecho, recortó cierta desventaja en medio de este clima espeso.
Ocurre que el enfrentamiento agónico de De Moraes con el clan ultraderechista y la asociación que, por esa causa, se hace entre el magistrado y Lula da Silva resultan llamativamente más dañinos para este que para quien recibió, efectivamente, dinero del banquero preso.
La respuesta a esa curiosidad podría radicar en el modo en que está polarizada la sociedad brasileña, en el antagonismo izquierda-ultraderecha que la corta por la mitad, y en la búsqueda de opciones cada vez más maximalistas que prometen traer al presente la siempre esquiva promesa del bienestar. Así en Brasil como, poco antes, en Colombia y en Perú. ¿En un año, también en Argentina?
Lo que las personas de a pie llaman bienestar, en política se denomina desarrollo. Esa es la pieza que le falta al juego regional. Al Brasil de hoy y a la Argentina del mañana.
(Nota publicada en Letra P).
