Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro se enfrentan este domingo para llegar al Palacio del Planalto en Brasil.
Al pie de las urnas, la encuesta más esperada paralizó al país: Flávio Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva están empatados. ¿Sale un presidente frágil?
BRASILIA (enviado especial) – La parte de Brasil que está pendiente del balotaje del domingo se estremeció este jueves por la noche. La encuesta más esperada, encargada por Folha de S. Paulo y O Globo, arrojó, a dos días y horas de los comicios, un resultado de alto impacto: Flávio Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva están empatados en 50%.
Esa es la foto estadística de la dimensión electoral de la ciudadanía; el otro plano, el político de fondo, invita a preguntarse si este país se encamina a elegir un presidente frágil para gobernar en un tiempo recio.
De acuerdo con la consultora Datafolha —2154 encuestados entre el 20 y el 22 de octubre, margen de error +/- dos puntos porcentuales y nivel de confianza del 95%—, el senador de extrema derecha encabeza la intención de voto con 47% frente a 46% del mandatario de izquierda. Sin embargo, cuando se proyectan los votos válidos, que excluyen los emitidos en blanco y los anulados, y las respuestas de los indecisos, se llega al mencionado fifty-fifty.

Tres datos anexos resultan de suma importancia.
1) Los indecisos todavía representan un 2%.
2) Entre quienes dicen ya tener candidato, el 6% todavía admite que podría cambiar de opinión.
3) El rechazo a ambos contendientes también arroja empate: 48%.
El desenlace es una moneda que gira en el aire.
«Há cheiro de virada»?
En la campaña bolsonarista fingían calma y recordaban que 15 de las últimas 17 encuestas difundidas arrojan una ventaja para el hijo de Jair Bolsonaro. Sin embargo, el promedio de esos sondeos reduce la ventaja a apenas dos puntos. Empate técnico.
En el bando lulista, en tanto, resaltaban que «há cheiro de virada» («hay olor a remontada»). De acuerdo con la mencionada consultora, en la semana posterior al primer turno, Bolsonaro llevaba una ventaja de cuatro puntos que se derritió.
Para sostener el momentum, Lula asistió al streaming de Janones, un abogado y diputado mineiro que, más allá de esos antecedentes, brilla como influencer a través del canal Ejército de Lula con ocho millones de suscriptores.
Ante semejante escenario, se hicieron trizas las bravuconadas sobre posibles faltazos al debate televisivo final que se realizará en la noche de este viernes en la TV Globo.
Lula había subordinado su presencia a que el rival imitara su gesto de pedirle a la Justicia el levantamiento de los secretos bancario, fiscal y telefónico de sí mismo, de su esposa, Janja, y de su controvertido hijo mayor, Fábio Luís Lula da Silva, «Lulinha». «Yo no debato con ladrones», justificó.
Enfrente, la decisión inicial de ignorar lo que se calificó de «chantaje» mudó a última hora. También en la noche del jueves, seguramente con la encuesta bomba en mano, el equipo de campaña de Bolsonaro reveló que se había llegado a un acuerdo para «presentarse conjuntamente» ante el Tribunal Superior Electoral (TSE) «para informar que han aceptado íntegramente los términos recíprocos del desafío objeto de este proceso y autorizan la apertura total y simultánea de sus respectivos secretos».
Se supone que, del lado de la derecha, en la lista estarán también Jair y Eduardo Bolsonaro, el padre condenado y preso por golpismo y el hermano penado por coacción a la Justicia y que sólo evita la cárcel por estar refugiado en Washington.
Ninguno podía darse el lujo de no exponer sus movimientos de dinero y ninguno podía darse el lujo de aprovechar la chance del debate final.
Un duelo ineludible
Es altamente discutible que los debates presidenciales incidan de modo decisivo en una elección, pero ¿puede afirmarse tal cosa cuando basta con dar vuelta pocas voluntades para hacer la diferencia entre la derrota y la victoria?
Incluso cuando las presencias en la Globo no estaban confirmadas, los dos equipos seguían negociando el formato. El debate anterior, realizado en Bandeirantes, fue apasionante para los amantes del UFC, pero resultó poco esclarecedor para los indecisos por abundar en ataques, insultos y una posibilidad de deambular que los hacía pasar por detrás de quien hablaba haciendo gestos —muchas veces, despectivos— y hasta quedar a veces en un cara a cara que parecía anticipar pugilato.

Este viernes habrá cuatro bloques temáticos, preguntas y réplicas recíprocas, interrogantes de los moderadores y prohibición de circulación.
Lula da Silva, ¿un presidente frágil?
Que todo esté tan apretado merece una lectura. Salvo error fatal y masivo de todas las encuestadoras brasileñas, la diferencia a favor de uno u otro será amarreta. Quien gane se hará con un paquete de, por lo menos, 65 millones de votos, pero deberá lidiar literalmente con medio Brasil que no sólo no le confía, sino que literalmente lo detesta.
Ese es un problema para ambos, pero cada uno cuenta con acechanzas propias.
De imponerse, Lula comenzaría su cuarto mandato con 81 años de edad, con un desgaste grande a cuestas, con el desafío pendiente de dar lugar a una sucesión que esté mínimamente a su altura y con limitaciones evidentes para generar novedades políticas que recreen la esperanza del desarrollo y de una mejora sostenida de las condiciones de vida.
El universo de la informalidad, 37% de la fuerza laboral, apenas si es rozada con la punta de los dedos de las políticas de un Partido de los Trabajadores (PT) que ya desde su nombre parece hablarle un brasileño promedio que no es el que era.
A nivel institucional, chocará con un Congreso dominado ampliamente por las derechas, con presencia muy crecida del bolsonarista Partido Liberal (PL), que Este tendrá 121 bancas sobre un total de 513 en la Cámara de Diputados, aunque podría merodear la mayoría absoluta si consiguiera cerrar acuerdos con bancadas que parecen bastante afines. En el Senado, en tanto, entre propios y aliados contará con una mayoría 49 sobre un total de 81.
El centrão, esa constelación de pequeños partidos conservadores que son dadores interesados de gobernabilidad a diestra y siniestra, quedó disminuido en la votación del domingo 4, y su supervivencia como sector parece pasar por la alianza y no por la confrontación con el PL. Problema para Lula.
Aquellos números auguran un conflicto institucional que será abierto con triunfo de la derecha, pero que no queda descartado en caso de victoria de la izquierda: la prometida embestida contra al menos tres jueces del STF vistos ampliamente como antibolsonaristas, pero, por lo menos, contra el enemigo jurado, Alexandre de Moraes. En la cámara alta hacen falta 54 senadores para aprobar la destitución en un juicio político. ¿Una cifra alcanzable?
Por último queda el factor Donald Trump. El bolsonarismo afirma que reconocerá el resultado de este domingo sea cual sea y, según supo Letra P, se evalúa que no queda lugar para aventuras después de lo que medio Brasil interpreta —con sobrados motivos— como un intento de golpe en 2022-2023.
Sin embargo, ¿no podría orientar el republicano una narrativa de fraude que le resulte funcional en casa cuando pierda las midterms del 3 de noviembre?
Cuando habló de un supuesto fraude lulista, ¿Javier Milei se cortó solo, descontrolado como se lo ve últimamente, o actuó como vocero de instancias superiores?

Ojo con Trump. En Estados Unidos no faltan analistas que esperan de él una actitud institucional e internacional aun más desbocada en caso de que la derrota sea dura.
«Si Lula gana el domingo y no adhiere al Escudo de las Américas, vamos a ver acciones de fuerza en territorio brasileño. No tengo dudas», le dijo a este enviado el capitán retirado de la Armada Alexandre Peres Teixeira, un analista que expresa en buena medida las visiones promedio de las Fuerzas Armadas brasileñas.

Capitán de Mar y Guerra (retirado) Alexandre Peres Teixeira.
¿Cómo? «Con drones. Pienso que puede haber un ataque con drones en la Amazonia por parte de Estados Unidos y, tal vez, en Río de Janeiro»,
Flávio Bolsonaro, ¿un presidente frágil?
¿Y Flávio? El suyo sería, con altísima probabilidad, un gobierno tutelado por su padre Jair, el jefe indiscutido del clan y el hombre que puede acreditarse, con prisión domiciliaria y limitado hasta para ver a su hijo candidato en la campaña, haber diseñado todas las listas «liberales» en los 27 distritos del país, como se dijo, con suceso.
Su hermano Eduardo jura dar pelea a muerte por el puesto de canciller que él ya dijo que no le daría. Ceder y designarlo espantaría al centrão, a los sectores del Círculo Vermelho que no quieren ninguna hostilidad con una China de la que dependen para el comercio y las inversiones y hacer crecer a su sombra un poder —otro poder familiar— demasiado grande.

Eduardo, Jair y Flávio Bolsonaro.
Todo eso, claro, en el contexto adverso del tesouraço radical que promete.
El Congreso sería para Flávio B. un alivio y los juicios políticos a los supremos, una revancha posible, pero la relación con Trump no le resultaría necesariamente un lecho de rosas.
Si ganara, ni bien se sepa, el estadounidense se arrogaría el éxito y pasaría a cobrarse los favores hechos —sanciones a magistrados que incidieron en la condena a Jair Bolsonaro y aranceles punitivos a Brasil—.
No parece tan sencillo que los arquitectos de la eventual política exterior del bolsonarismo 2.0 convenzan a la Casa Blanca y al Departamento de Estado de dejar de lado las imposiciones de la Doctrina Donroe sobre el «patio trasero» y que se avengan a tratar a Brasil como un aliado estratégico dotado de autonomía.
(Nota publicada en Letra P).
