Toda Europa aplica políticas de ajuste, generando fuertes protestas sociales que ayer tuvieron su última muestra en Gran Bretaña, donde decenas de miles de estudiantes y docentes repudiaron en las calles la suba de los aranceles y el recorte del presupuesto, y donde cientos de exaltados destrozaron la sede principal del gobernante Partido Conservador (foto), un hecho más que inusual en ese país.
Sin embargo, esto no debe mover a confusión: ante la falta de propuestas políticas e intelectuales alternativas, las protestas tienden a diluirse y el ajuste, a profundizarse.
Pese a la ola de huelgas y piquetes, y al desabastecimiento de combustibles que generaron, Nicolas Sarkozy promulgó la reforma jubilatoria, que eleva de 60 a 62 años la edad mínima de retiro y de 65 a 67 la establecida para optar por una pensión completa.
En España, los paros generales convocados con morosidad por las centrales sindicales no detuvieron la flexibilización laboral, el recorte del 5% de los salarios de los empleados públicos ni el congelamiento de las jubilaciones.
En Grecia, el gobierno socialista de Yorgos Papandréu se impuso el domingo en los comicios municipales, aunque esto debe entenderse más en términos de resignación de la población que de apoyo al brutal ajuste en marcha: la abstención superó el 50%.
A no ser que la crisis experimente una recaída que refuerce la lógica del ajuste, y que esto provoque una oleada de protestas aun más fuertes, el mundo parece asistir más al comienzo de un cambio de época de tono económico regresivo que a un mero accidente. Algo que, a falta de caminos alternativos sólidamente presentados, suele generar más resignación social que contestación, como comprobamos en la Argentina hasta la crisis de 2001.
En Europa, el ajuste se impone a las protestas

